jueves, diciembre 30, 2010

Tiempo de balances*

Cuando llega el fin de año  muchas personas acostumbramos elaborar pequeños ejercicios de arqueo vital o, lo que es lo mismo, balances más o menos objetivos de lo que ha sido nuestra existencia durante esos doce meses anteriores. Así vamos apuntando aquellas cosas –pequeñas o grandes- que nos han alegrado, o no,  la vida.  Aunque a decir verdad algunos seres piensan que la felicidad reposa solamente en la concreción absoluta de esa tríada paradigmática: salud, dinero y amor.  Y cuando no tienen alguna de ellas sienten que todo ha sido en vano, que se ha perdido el tiempo de manera irremediable.

Esos arqueos vitales se convierten en elementos que en sí mismos metaforizan todo un ciclo vital de antes y después, de lo que fue o pudo haber sido en el pasado próximo y de lo que será en uno inmediato.  Los balances sirven para reflexionar sobre las acciones que de un modo u otro nos marcaron, de aquellas dinámicas existenciales que nos procuraron  experiencias de diversos matices. Pero hay algo más profundo en ese hacer cuentas: constituye una suerte de catarsis personal que exorciza el infortunio, la desesperanza, la pérdida. Cuando hacemos balances saldamos cuentas con nuestro propio devenir.  Pero no nos quedamos ahí sino que con base en los puntos que hemos sacado en claro podemos proyectarnos hacia un mañana con la confianza de que todo será mejor. Por eso, en la noche del 31 quemamos esas cosas que nos amargaron la vida y que tan bien  simboliza aquel muñeco de trapos viejos relleno de pólvora que aún se enciende en algunas regiones colombianas.  El fuego no sólo quema trapos ajados: calcina los sinsabores que nos han perturbado la existencia.
Y ese es el poder de los balances: nos permite asumir el pasado para hacer frente a lo que vendrá. Un mañana incierto en el que sin embargo proyectamos nuestros mejores deseos con la fe absoluta de que esta vez sí se conseguirá aquel trabajo soñado,  se encontrará el amor de la vida,  se hará más ejercicio,  se  visitará a la familia más a menudo, se  reirá con más ganas, se sufrirá menos por nimiedades… Propósitos, planes, objetivos que en algunos casos nunca se realizan.  Pero allí radica la magia: en plantearnos unos fines que nos proporcionen nuevos bríos para proseguir  tejiendo los hilos de la vida en medio de crisis, injusticias, violencias, sinrazones y azares. Yo, por lo pronto, ya estoy haciendo el mío aunque temo que el saldo de este año es un poco negativo. Pero no importa: el año que viene será mejor.
*Artículo publicado en El Líder, diario del departamento del Caquetá, Colombia.
Publicar un comentario