martes, julio 29, 2008

Volver con lluvia en los ojos

Llegó el día del regreso y como sucede en estos casos, la tristeza se convierte en una compañera permanente. Dejar los amores familiares, los afectos filiales, los amigos y las amigas, las calles abarrotadas con el mismo acento, las montañas azules, las palabras nuevas y altas como las cumbres andinas, la ilusión de los amaneceres a orillas del Magdalena... Dejar los recuerdos incrustados en el alma y regresar a este viejo mundo salpicado de casas añejas y calles limpias y atardeceres mediterráneos. Y lejanía. Y ausencia. Y entonces te preguntas si vale la pena estar tan lejos de aquellos lugares que están más allá de las palabras, más allá de los deseos. Lugares donde transita tu infancia, tu juventud y tus sueños y todo aquello que un día fue mágico y nuevo y latente.
Y vuelves los ojos a la realidad y descubres tan pocas salidas que te acostumbras a la tranquilidad de los parques y la calle, al placer de una tarde desde la terraza de un bar mientras tomas una cañita y observas a la gente que viene y va con sus carnes tostadas y sus trajes de verano. Entonces piensas "si allí la cosa fuese otra, si no existiera la sinrazón, si mi hija pudiese jugar tranquila en el parque, si la muerte no rondara las esquinas..." Tal vez no estaría aquí escribiendo estas tristes palabras mientras pienso en mis viejos y en el tiempo que teje depresiones en sus rostros y en el mío. Si la realidad fuese otra, estaría allí y tendría una casa con antejardín y un perro y un gato y un bosque para que Luna buscase bichos y pájaros y flores. Un bosque sonoro y verde con río incluido donde el tiempo no pasase y sólo fuese marcado por los ojos del sol. Un tiempo infinito con arcoiris y lluvia y montañas inmensas y colores desaforados y armonía... (Mientras tanto me conformo con mirar por enésima vez aquellas imágenes más plenas que nunca quizá porque ahora hacen parte de la memoria inmediata, de lo vivido, del espacio íntimo del recuerdo.)
Foto: Atardecer en Neiva (Martha C. Cedeño p.)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ojalá tengas algún día esa casa con antejardín -me encanta eso de antejardín-,aunque eso signifique que la lejanía nos empapará con la melancolía de tu ausencia.!Bienvenidos!.

María Isabel Gómez Castillo dijo...

Amiga mía, sin duda eres una romántica infalible, pero aquí, En Barcelona nos haz robado el corazón a otras personas: tus amigos, que quienes cómo yo conocemos a tu Juanca y Luna, junto contigo nos dejais embelezados. Somos tu consuelo¡Animo!
Isabel

Martha Cecilia Cedeño-Pérez dijo...

Casi siempre cuando se regresa de cualquier paraíso se experimenta esa nostalgia, esa orfandad como diría Vallejo. Pero ya véis, aquí estamos, nuevamente en la lucha, con el empeño suficiente para alcanzar los sueños (¡Hay tantos alicientes para ello, aquí y allende los mares!).
Besos para vosotras, amigas.
Os quiero,
Martha

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