martes, enero 04, 2011

La Alhambra

Hablar de la belleza de la Alhambra es casi un pleonasmo. Esta maravilla en sí misma tiene un valor estético e histórico inmenso. Aquí las palabras sobran, se convierten en muletillas inútiles, en artilugios incapaces de describir al menos un poco su  magnífico perfil y las formas que la llenan.  
Es una pena que se deba visitar tan deprisa, sin tiempo para detenerse en sus magníficos detalles, en la conformación de sus espacios y los objetos que lo llenan, en la placidez del agua con sus múltiples formas y  en los olores que embriagan los sentidos. Allí en medio de turistas hambrientos de imágenes fáciles me sentí desbordada por el reloj que anunciaba la entrada al palacio de los Nazaríes a las tres de la tarde. Me sentí acosada por los recorridos enmarcados dentro de tiempos veloces en los que apenas queda un momento para fijarse en las cosas triviales.  Pese a ello intenté aproximarme a aquellos resquicios en los que la belleza trasciende las fronteras de la vulgaridad, los entresijos perversos del tiempo. Me gustaría que algo de ello se pudiese ver en estas fotos... 










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