Entre tu tiempo
y el mío
habita el recuerdo,
efigie muda
de lo que pudo
ser.
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
miércoles, marzo 11, 2009
martes, marzo 10, 2009
¿Día de la mujer?
El 8 de marzo recibí varios mensajes. No de aquellas personas cercanas que saben de mi hostilidad hacia según qué tipo de textos en los que se aprecia cierta nostalgia patriarcal hacia aquella mujer perfecta que siempre está dispuesta a ayudar, a sonreír pese a las penas; que no le importa dejar todo de lado por ayudar a construir el sueño de su hombre; que siempre está inmaculada, en todos los sentidos, y no siente mayor placer que cuidar de su gran mundo doméstico. Esa que todo lo aguanta y lo soporta de manera abnegada, esa mujer sin sueños, sin emociones, sin ambigüedades, sin tentaciones, sin palabras que muchos – y muchas- se empeñan en conservar, ya no existe. No debe existir.Y por ello me chocan profundamente las felicitaciones por el 8 de marzo. No hay nada qué celebrar. O al menos no de aquella forma casi cursi en que se envían mensajes rosa exaltando nuestras grandes cualidades femeninas mientras en el mundo somos vejadas, discriminadas, maltratadas sistemáticamente. Mientras en muchas regiones mutilan nuestro cuerpo, nuestros sueños, nuestra esperanza. Somos las más pobres entre los pobres y, junto con los niños, las más vulnerables, las víctimas de todos los conflictos de la tierra. Cada día muchas morimos a manos de aquellos a quienes amamos o hemos amado, casi siempre hombres. Miles de nosotras no podemos ni siquiera escoger a la persona con la que cual compartir nuestra vida y otras tantas caminamos tapadas sin poder mirar a los ojos, sin que nos miren a los ojos. Y casi siempre nos pagan menos que nuestros compañeros masculinos. Y las ciudades y sus espacios no están diseñados ni planeados para nosotras. Y, y, y…
Así pues, continuamos siendo, en muchas partes de este amplio y enajenado mundo, animales de carga. Seres invisibles, silenciados, ausentes de la historia, de la vida pública... ¿Hay algo qué celebrar?
Foto: dibujo hecho por mi hija Luna del Mar cuando tenía 6 años.
lunes, marzo 02, 2009
Hope there´s someone de Anthony and the Johnsons
La primera vez que escuché Hope there´s someone, fue en la estupenda película "La historia secreta de las palabras” de la genial Isabel Coixet, directora catalana que me encanta y que sigo desde aquella "Cosas que nunca te dije", película a la que Manuel Delgado siempre aludía en sus clases de doctorado, por allá a finales del siglo pasado y comienzos de éste... A propósito: el próximo 17 de marzo ella, Isabel, estará en la Biblioteca Fuster de Barcelona a donde iré a verla. Luego volví a escuchar el mismo tema en un comercial de televisión bastante prosaico, que por fortuna no acabó con mi admiración por quien lo interpreta. Después buceando en Youtube encontré el vídeo que ahora comparto con vosotras/os. Aquí, pues, esta voz singular de Anthony and the Johnsons.
sábado, febrero 28, 2009
Sobre el ejercicio de la palabra
"El escritor siempre está escribiendo. En eso consiste en realidad la gracia de ser novelista: en el torrente de palabras que bulle constantemente en el cerebro. He redactado muchos párrafos, innumerables páginas, incontables artículos, mientras saco a pasear a mis perros, por ejemplo: dentro de mi cabeza voy moviendo las comas, cambiando un verbo por otro, afinando un adjetivo. En ocasiones redacto mentalmente la frase perfecta, y a lo peor, si no la apunto a tiempo, luego se me escapa de la memoria. He refunfuñado y me he desesperado muchísimas veces intentando recuperar esas palabras exactas que iluminaron por un momento el interior de mi cráneo, para luego volver a sumergirse en la oscuridad. La palabras son como peces abisales que sólo te enseñan un destello de escamas entre las aguas negras. Si se desenganchan del anzuelo, lo más probable es que no puedas volverlas a pescar. Son mañosas las palabras, y rebeldes, y huidizas. No les gusta ser domesticadas. Domar una palabra (convertirla en un tópico) es acabar con ella."
Rosa Montero, La loca de la casa, Santillana, Madrid, 2003, página 17.
Rosa Montero, La loca de la casa, Santillana, Madrid, 2003, página 17.
martes, febrero 24, 2009
Región y Cultura
Desde hace más de una década, Luis Ernesto Lasso, profesor de la Universidad Surcolombiana, con la colaboración de un grupo de jóvenes estudiantes ha editado no sin dificultades la revista Región y Cultura. Una publicación que surgió en el marco del Encuentro Nacional de Escritores, idea estupenda que Luis Ernesto pudo materializar durante varios años y en la que tuve la fortuna de colaborar hasta 1999, antes de mi partida hacia tierras lejanas.Pues bien, este hermoso sueño que llevó la poesía, la novela, el ensayo, es decir, la palabra en todo su significado, a las escuelas de los barrios deprimidos y a los pueblos cercanos, acabó cuando entraron en juego las motivaciones de un grupo de personas interesadas en apropiarse de una idea que llevaba luz a la canícula triste e inerte. Así que borraron la labor de Luis Ernesto e implantaron otro encuentro que ha pasado sin pena ni gloria. De aquel Encuentro estupendo en el que pudimos conocer y compartir con creadores colombianos y de otras latitudes, queda la revista como una voz crítica y lúcida que aborda sin miramientos los temas afines a la región y su marcha lenta y también aquellos más amplios relacionados no sólo con la literatura sino también con tópicos sociales y políticos nacionales y globales.

Para quienes participamos en el Encuentro que organizaba Luis Ernesto, fue una experiencia única que nos permitió llevar nuestra poesía, nuestra palabra, a la gente de a pie, a los niños y niñas, a los/as jóvenes de los colegios. A nivel personal también nos brindó la oportunidad de conocer y compartir con gente estupenda –críticos, narradores/as, poetas, pintores/as, ensayistas y artistas en general-. Con algunos de ellos aún mantengo contacto (por ejemplo con Isaías Peña, César Valencia, el mismo Luis Ernesto, y otras personas hermosas que aún recuerdo).
Pues bien, el maestro Lasso me ha hecho llegar el no. 22 de la revista Región y Cultura, bien editada y con textos que no pasan desapercibidos y que van del ensayo a la poesía, pasando por la crónica y el cuento. Así encontramos, por ejemplo, el de Ernesto Cardenal “Presentando la poesía gringa”; la crónica de Luis Ernesto sobre su viaje a Santiago de Cuba en el marco del XXVII Festival del Caribe y Congreso Mundial de Culturas (en el que estuve también en julio de 1995); el de Gustavo Bríñez Villa “Apuntes para la elaboración de un plan cultural en el Departamento del Huila”, entre otros. Encontramos también el ensayo de Lorena Mendoza sobre la obra “Los caprichos” de Francisco de Goya y Lucientes, y poesía de Yinet Angulo, Gonzalo Rojas, Coss Causse, Ana Patricia Collazos, María Antonia Castro, Frank Chipasula, Zolani Mkiva, Yolande Mukasagana, Margo Tamez, Reinaldo García Blanco, Freedom Nyamubaya y quien esto escribe. También encontramos cuentos de Augusto Monterosso y de David Elí Salazar.
Enhorabuena a Luis Ernesto y su equipo por esta revista que permanece en el tiempo con la misma tesitura crítica y reveladora, que ya reflejaba en sus comienzos. Quedamos a la espera del número 23 de Región y cultura.
domingo, febrero 22, 2009
Machado, 70 años
El 27 de enero abandona su patria, tras la caída de la República española. Triste y abatido emprende el camino del exilio hasta morir en Coulliure, Francia, el 22 de febrero. Y justo en ese año fatídico también cae Barcelona mientras Francia e Inglaterra reconocen oficialmente el gobierno de Franco. Y termina la guerra civil con la rendición de Madrid. Y Alemania e Italia firman la alianza militar. Y se inicia la Segunda guerra mundial con la invasión de Polonia por Hitler. Es ese el desalentador panorama de un año oscuro en que la muerte sobrevuela España, Europa, el mundo.
El poeta muere en el destierro y en los bolsillos de su gabán reposan sus últimos versos. Palabras diáfanas, plenas y profundas que trascienden el tiempo. Su poesía es música y canción y sencillez y hondura. Tesituras hechas de lo cotidiano. De los campos, del limonero, del río, de la mar, del otoño... de la vida que transita por múltiples senderos.
Sol de invierno
Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
"¡El sol, esta hermosura
de sol!..." Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.
(De Galerías, Poesías Completas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, pág. 161)
.............
Retrato
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos años que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corte las viejas rosas del huerdo de Ronsard;mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.
Y cuando llegué el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
(De Campos de Castilla, Poesías Completas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, pág. 166)
(En 1995 deambulando por la Ciudad de la Habana encontré este libro con la poesía completa de Machado. Desde entonces me acompaña. Recuerdo aquel viaje que realicé hace un par de años a Castilla y León. En tren desde Barcelona son muchas horas pero se hicieron cortas porque pude contemplar aquellos campos castellanos a los que tan bien cantase Machado y los que ya presentía cuando era una tímida estudiante de secundaria: Allá, en las tierras altas,/por donde canta el Duero/su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/y manchas de raidos encinares,/mi corazón está vagando, en sueños...)miércoles, febrero 18, 2009
Gabriel García Márquez y yo
Era martes 17 de marzo de 1998. Estaba en el muelle internacional del Aeropuerto el Dorado de Bogotá, donde esperaba abordar el avión que me llevaría a una hermosa isla caribeña (iba de viaje de novios con mi recién estrenado marido) y entonces lo vi. Divisé su figura mayor que se aproximaba lentamente por el brillante pasillo. Le observé anonadada y con un nudo en la garganta, hasta que pude gritar su nombre más coloquial: Gabo, Gabo, Gabo. El hombre paró y entonces escribí el texto que reproduzco a continuación y que fue publicado en el periódico regional Diario del Huila. De esa experiencia, además del mencionado artículo y una preciosa foto que guardo como un tesoro, quedó un comentario-chiste que hacíamos a las personas más allegadas: “lo mejor de la luna de miel fue el encuentro con Gabriel, Gabriel García Márquez, por supuesto.” .........
Mi encuentro con el Nobel
Por Martha Cecilia Cedeño Pérez
Especial, Diario del Huila
Había soñado muchas veces con él. Había imaginado ese instante en el que pudiera mirarlo y por qué no, hablarle así la lengua se me durmiera de la emoción. Y, sin embargo, siempre llegaba a la conclusión de que era algo casi imposible para una persona como yo anclada en esta provincia oxidada de sol y de musgo endémico.
Recuerdo todavía los primeros cuentos que leí al filo de mi niñez con ojos devoradores y sorprendidos, queriendo beberme la vida en un sorbo tan grande como aquel ahogado hermoso que un día apareció en un pueblo solitario. Vinieron luego los libros del colegio –obligados- que para mi fueron el faro anunciador de muchas historias que perfilaron mi época de estudiante universitaria. De Ahí que haya recorrido casi todos sus libros no con el interés de la intelectual escrutadora sino con el ánimo de maravillarme con sus historias espléndidas.
Y de pronto él estaba ahí, a dos metros. ¡No podía creerlo! Gabriel García Márquez estaba al frente mío con su rostro tantas veces visto, tantas veces manoseado por los medios. En ese momento todo lo imaginado con respecto a él se eclipsó. La emoción y el terror se apoderó de mis manos, mi voz sólo alcanzó a decir “Gabo, Gabo,Gabo”, ante la que él volteó la mirada aún vital y ensortijada, pero con la displicencia que da la costumbre de ser siempre saludado por hombres y mujeres maravillados y medio torpes, como yo.
Era un martes 17 de marzo. Bogotá había amanecido radiante ese día. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, los viajeros esperaban con cara de incertidumbre el anuncio de sus respectivos vuelos, casi siempre retardados. Eran las diez de la mañana. Justo el instante en que alcancé a divisar por el rabillo del ojo la figura mediana, envuelta en una chaqueta negra que hacía resaltar su cabello y bigote casi blancos. Ahí estaba el Nobel como cualquier mortal, frente a nuestros ojos, con su inseparable y estoica Mercedes, que al vernos se fue adelante, ya acostumbrada a estas faenas de un personaje que es invitado por Clinton a la Casa Blanca y a la vez es amigo íntimo de Castro.
Fueron cinco o quizá diez minutos. Lapso en el que, mientras le acompañábamos hasta la salita de espera donde había cola para abordar el vuelo hacía Ciudad de México, intercambiamos algunas palabras (aunque, para ser sincera, la única que habló fui yo). Al menos Gabo escuchó que aquí, en Neiva, hace un año se le hizo un homenaje en el marco del VI Encuentro Nacional de Escritores y que existimos jóvenes que bien o mal nos hemos encaminado por el sendero de las letras. Sus palabras fueron cortas y lacónicas. Aquello de que Gabo es un prepotente puede ser cierto, pero a mi no me importa: tuve la fortuna de ver su sonrisa franca, de escuchar su voz a pocos centímetros de mi rostro, de sentirlo rodeado por mis brazos como cualquier persona de músculos y nervios. Después de todo el encuentro con un Nobel ya es una maravilla y eso lo supera todo.
Había soñado muchas veces con él. Había imaginado ese instante en el que pudiera mirarlo y por qué no, hablarle así la lengua se me durmiera de la emoción. Y, sin embargo, siempre llegaba a la conclusión de que era algo casi imposible para una persona como yo anclada en esta provincia oxidada de sol y de musgo endémico.
Recuerdo todavía los primeros cuentos que leí al filo de mi niñez con ojos devoradores y sorprendidos, queriendo beberme la vida en un sorbo tan grande como aquel ahogado hermoso que un día apareció en un pueblo solitario. Vinieron luego los libros del colegio –obligados- que para mi fueron el faro anunciador de muchas historias que perfilaron mi época de estudiante universitaria. De Ahí que haya recorrido casi todos sus libros no con el interés de la intelectual escrutadora sino con el ánimo de maravillarme con sus historias espléndidas.
Y de pronto él estaba ahí, a dos metros. ¡No podía creerlo! Gabriel García Márquez estaba al frente mío con su rostro tantas veces visto, tantas veces manoseado por los medios. En ese momento todo lo imaginado con respecto a él se eclipsó. La emoción y el terror se apoderó de mis manos, mi voz sólo alcanzó a decir “Gabo, Gabo,Gabo”, ante la que él volteó la mirada aún vital y ensortijada, pero con la displicencia que da la costumbre de ser siempre saludado por hombres y mujeres maravillados y medio torpes, como yo.
Era un martes 17 de marzo. Bogotá había amanecido radiante ese día. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, los viajeros esperaban con cara de incertidumbre el anuncio de sus respectivos vuelos, casi siempre retardados. Eran las diez de la mañana. Justo el instante en que alcancé a divisar por el rabillo del ojo la figura mediana, envuelta en una chaqueta negra que hacía resaltar su cabello y bigote casi blancos. Ahí estaba el Nobel como cualquier mortal, frente a nuestros ojos, con su inseparable y estoica Mercedes, que al vernos se fue adelante, ya acostumbrada a estas faenas de un personaje que es invitado por Clinton a la Casa Blanca y a la vez es amigo íntimo de Castro.
Fueron cinco o quizá diez minutos. Lapso en el que, mientras le acompañábamos hasta la salita de espera donde había cola para abordar el vuelo hacía Ciudad de México, intercambiamos algunas palabras (aunque, para ser sincera, la única que habló fui yo). Al menos Gabo escuchó que aquí, en Neiva, hace un año se le hizo un homenaje en el marco del VI Encuentro Nacional de Escritores y que existimos jóvenes que bien o mal nos hemos encaminado por el sendero de las letras. Sus palabras fueron cortas y lacónicas. Aquello de que Gabo es un prepotente puede ser cierto, pero a mi no me importa: tuve la fortuna de ver su sonrisa franca, de escuchar su voz a pocos centímetros de mi rostro, de sentirlo rodeado por mis brazos como cualquier persona de músculos y nervios. Después de todo el encuentro con un Nobel ya es una maravilla y eso lo supera todo.
Neiva, domingo 24 de mayo de 1998
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Experiencias OVNI (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...
