Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
martes, diciembre 15, 2009
A Mis lectoras y lectores
jueves, diciembre 10, 2009
Exilios, Desexilios y Resistencias
3ª Muestra de Observatorio Sur“EXILIOS, DESEXILIOS Y RESISTENCIAS”
Documental independiente y video arte
Barcelona, 15 y 16 de diciembre
:: Buenos Aires: 9, 10 y 11/12, Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires.
:: Córdoba: 16/12, Archivo Provincial de la Memoria.
:: Barcelona: 15 y 16/12, CSIC – Residencia de investigadores y Auditorio del CERC.
Tres recorridos sugeridos:
:: Huyendo del franquismo: exilio republicano desde el fin de la Guerra Civil.
:: Dictadura militar en los 70s: exilios y resistencias en Latinoamérica.
:: Migraciones forzosas contemporáneas: conflictos fronterizos, drama económico, genocidio e inmigración.
:: Barcelona:
MARTES 15 DE DICIEMBRE 19 A 21:45 H.
Auditorio del CERC, C/ Montalegre, 7 • Barcelona
19hs.
La Tierra de la Madre, Marcelo Expósito, Joseantonio Hergueta, España, 1993 – 1994, 20’.
Sinopsis: Esta pieza está llena de fragmentos impactantes como la escena que muestra la destrucción de Guernica (del film Guernika de Nemesio Sobrevila, 1937). Cierra un círculo histórico con una alusión a la caída de los regímenes socialistas del Este europeo. La guerra, no es ni nostalgia del pasado, ni un accidente fotogénico con el que decorar nuestras buenas conciencias presentes. La guerra, esta guerra, nuestra guerra, nos acompaña.
19:30hs.
La Segunda patria, Pallares David, Mèxico – España, 2006, 60`
Sinopsis: Homenaje a los republicanos catalanes exiliados en México, gracias a la mediación del entonces presidente Lázaro Cárdenas. Josep M. Soler i Sabater, Josep M. Figueras, Maria Lluïsa Companys, Josep M. Murià, Claudi Esteva, Dolors Pla y Elisabet Aiguadé viajan al pasado y recuperan trayectorias del exilio. Reflexionan sobre la transición democrática y plantean interrogantes después de 70 años del éxodo sin poder regresar por una de las dictaduras más largas de la historia.
MIERCOLES 16 DE DICIEMBRE de 11 a 14 y de 16 a 21h.
CSIC – Residencia de investigadores
C/Hospital, 64 • Barcelona
11hs.
Las AAA son las tres armas, del Grupo de Cine de la Base, 1974, 20’.
Sinópsis: La primera actividad de Cine de la Base en el exilio fue generar este documental, estructurado a partir de la carta enviada a la Junta Militar por el escritor y periodista Rodolfo Walsh quien fue también secuestrado y desaparecido. El film se organiza a partir de la lectura de la carta por parte de los exiliados reunidos en Perú. Con un hábil montaje de imágenes de archivo se sintetizan los mecanismos de la represión a través de la desaparición forzada y el contexto por el cual la dictadura toma cuerpo para defender los intereses de la clase capitalista. La claridad conceptual del film realizado artesanalmente en la clandestinidad durante 1977 contrasta con el papel de los medios masivos que silenciaron la información adscribiéndose a los designios de la dictadura. Es el primer film realizado por este grupo después de la desaparició de Raymundo Gleyzer.
11:30hs.
Cuarentena, exilio y regreso Osvaldo Bayer, Carlos Echeverría, Alemania /Argentina,1983, 85’.
Sinopsis: Documental que registra los días que corrieron entre el fin de la dictadura militar y el comienzo del período constitucional a partir de 1983: debates políticos en las calles y las reuniones de las Madres de Plaza de Mayo, que entonces estaban a la expectativa de cuál sería el rol que jugaría cada partido político para reclamar por los detenidos desaparecidos. El hilo conductor es la vida en el exilio del escritor Osvaldo Bayer, que retorna al país una semana antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983.
13hs.
El largo exilio de Ariel Dorfman: Una voz contra el olvido, Peter Raymont
Canadá, 2007, 91`
Una Promesa a los Muertos: El Viaje de Exilio de Ariel Dorfman es una exploración de exilio, memoria, añorando la democracia por las palabras y las memorias del dramaturgo / autor / activista, Ariel Dorfman (“La muerte y la doncella”, “Cómo leer al Pato Donald”, “Otros septiembres”). El documental fue filmado en los EE.UU., Argentina y Chile a finales de 2006 en coincidencia con la muerte del ex dictador
chileno, Augusto Pinochet
RECESO DE 14 A 16HS.
16hs.
Literaturas del exilio de Joaquim Jordá, 2005, 120’
Sinopsis: Trabajo sobre el exilio republicano en Francia, que formó parte de la exposición con el mismo título en el CCCB. El cineasta visita los lugares del exilio republicano de 1939 – la Cataluña norte, Paris, México y Santiago de Chile- utilizando como hilo conductor las memorias y los textos de ficción de los escritores de la diáspora.
18hs.
Choque de civilizaciones, Prodein, España, 2005, 35′.
SINOPSIS: La Asociación Pro Derechos de la Infancia de Melilla documenta la difícil situación de los inmigrantes subsaharianos que intentan cruzar la frontera de África con Europa, buscando una vida mejor. “Asesinatos” es la mejor definición de las muertes que tuvieron y que siguen teniendo lugar en la frontera de Melilla y Ceuta. Los fusilamientos sumarios de cualquier inmigrante que se suba a la valla…”cuando está de espaldas e indefenso, sin detención previa, sin procedimiento administrativo ni judicial” solo se puede calificar de “Asesinato”.
18:30hs.
El exterior, Sergio Criscolo, (Argentina/Catalunya ) 2006, 117’
Sinopsis: Sergio decide regresar a Buenos Aires tras vivir 6 años en España. Antes de volver captura diversos momentos de la vida cotidiana de siete de los argentinos con los cuales se ha cruzado durante su estadía en Barcelona. Con ellos, el director también comparte impresiones sobre el que es ser un inmigrante, qué significa la patria en la cual se nace y como ven ellos su propio futuro.
SI ALCANZA EL TIEMPO
La Sandía, Chile & Suecia 2006, Director: Gorki Glaser-Müller, 10`.
Suecia, 1978: un chileno, padre de familia, gasta su último dinero en una sandía para sorprender a los suyos. Pero, la excitación es breve, siendo que la sandía no cumple con las expectativas. La paz familiar deshecha, su mundo se vuelve cabeza abajo, en esta historia absurda y tragicómica.
domingo, noviembre 29, 2009
Miguel Ángel cumple 92 años
El abuelo acaba de cumplir 92 años y la última vez que lo vi fue hace tres veranos. Estaba ingresado en el hospital porque tenía un ataque de amebas. Una disentería atroz que no pudo acabar con sus huesos cosidos con hierro, ni con su lucidez mental, ni con sus enormes ganas de ver los amaneceres. Me susurró que era la última vez que nos veíamos porque sólo era un viejo terco cuyo tiempo se había agotado hacía mucho. Estoy viviendo de más. No supe qué decirle, ni siquiera una de aquellas cosas repetidas y comunes que anuncian palabras casi siempre huecas. Así que me senté junto a él y le miré a los ojos. Creo que los míos estaban nublados como una tarde de octubre cargada de lluvia (soy una llorona compulsiva), y le dije, haciendo un esfuerzo enorme por mantener la voz firme, que siempre le querría y le llevaría muy dentro de mí, en ese rincón inmenso de los amores profundos. ¿Cómo olvidar aquellas madrugadas de la infancia con el olor dulce de la molienda de caña que el abuelo y sus hijos habían levantado con sus manos? O los libros que él leía en las tardes, echado en la hamaca y que luego guardaba con sigilo debajo del colchón sin enterarse de que en las mañanas, mientras salía a hacer la faena del campo, yo me escabullía de los ojos de madre para sacarlos de su escondite. Así pude leer los primeros libros que no eran precisamente para niños y yo sólo tenía 7 años. Al abuelo también le debo los grandes interrogatorios para comprobar el estado de mis conocimientos. ¿En qué año se proclamó la independencia de Estados Unidos? ¿Quién compuso la Marsellesa? ¿Cuántos presidentes ha tenido Colombia? ¿Quién fue José Martí? ¿Qué diferencia hay entre la palabras cocer y coser? ¿Quién escribió Mi delirio sobre el Chimborazo y en qué año? Y así una y mil preguntas más que a veces me cogían desprevenida.
Cuando me despedí sentí una honda tristeza. Dejaba a mi abuelo sentado en la cama de hospital con su figura alta a punto de doblegarse. Yo me iba con la incertidumbre de un próximo encuentro y con la certeza de haber desaprovechado muchas oportunidades para estar cerca suyo, para compartir sus historias y relatos que hablan de gestas y colonizaciones y sueños abiertos a destajo. Sin embargo, espero volver verlo el año que viene. Lo buscaré en las puertas de la selva. Me sentaré con él debajo de un árbol, o en la orilla del río y entonces le haré muchas preguntas, tantas como para que el tiempo se detenga y yo pueda decirle que le quiero mientras escucho que antes, cuando yo aún no había nacido, un hombre, una mujer y sus siete hijos emprendieron el camino de la manigua...
martes, noviembre 24, 2009
El poeta del consultorio
No he cedido a la tentación de buscar a este hombre en Google (tengo su nombre y apellidos completos) porque quiero pensar, en efecto, que es un poeta prodigioso que una tarde de noviembre apareció en un consultorio médico casi como un milagro para despertarnos la sonrisa y la esperanza.
jueves, noviembre 19, 2009
Mi viejo, la selva y yo
y mi padre, junto con un pequeño grupo de jóvenes desheradados, se acogió a los planes creados por el gobierno a través del entonces Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (INCORA) para formar una empresa comunitaria. Para ello se adentró en un territorio cercano a las riveras del río Caquetá, más allá del caserío de Curillo, un lugar del piedemonte amazónico al que entonces no llegaba ni Dios. Eran 11 familias formadas por hombres, mujeres y niños pequeños que después de 4 días de travesía por ríos y trochas intransitables de barro, llegaron a un claro en medio de la selva abierto previamente por los hombres. Allí habían construido 11 casas exactamente iguales: se alzaban sobre pilares de madera para evadir bichos peligrosos; tenían un salón principal, dos habitaciones y una cocina, sin paredes, casi a la intemperie. La conformación del conjunto era sencillo: dos hileras de casas enfrentadas y separadas por un camino real, una especie de calle en la que se desarrollaba la vida social. Allí los niños jugaban mientras las mujeres se reunían, en sus pocos momentos de ocio, para hablar de los pormenores de una vida marcada por los ojos de la manigua y por una precariedad que parecía tejida con hierro. También era el lugar en el que se realizaban las reuniones generales para discutir asuntos relacionados con la supervivencia o para la repartición de los productos alimenticios. Todo se dividía en partes iguales para las once familias: el producto de la caza, los cultivos y los sacos de harina y de leche en polvo, CARE, que donaba el gobierno estadounidense y que hacía parte del programa Alianza para el Progreso que había implementado el gobierno de Kennedy a comienzos de los 60. No era fácil allí la vida pues a las inclemencias de la selva había que sumarle la falta de centros de salud o de educación cercanos, la carencia de agua potable, de caminos, la presencia de animales peligrosos… Todo era una tenaz lucha cotidiana. Las mujeres se encargaban de la intendencia de la casa y la prole, de mantener la productividad de los hombres. Recuerdo que madre y otras mujeres limpiaban la ropa en un un río de aguas negras (en la selva las aguas de los ríos, aunque son límpias, se ven oscuras) en el que habían hecho unos lavaderos esculpidos en madera. Mientras ella hacían sus oficio rodeadas de selva y ruidos misteriosos los niños y niñas nos bañábamos hasta que la piel nos quedaba arrugada y desteñida.
Allí, en la manigua, había un horizonte extrañamente cercano y verde que estaba poblado por figuras malévolas alucinantes. En una de esas noches en las que el cielo embravecido escupía agua y fuego y el viento parecía arrancar los cimientes de la casa, Eolo me llevó en volandas hasta la copa de un árbol que se balanceaba con furia. Allí pasé la noche agarrada a una rama, sintiendo el horror de estar a la intemperie, muda ante una naturaleza salvaje e inhumana. La negrura de la selva embravecida, las ramas crujientes de los árboles, el silbido ensordecedor del viento entre las hojas, los miles de sonidos opacados por un temporal de terror, aún habitan los profundos resquicios de la memoria. En mis recuerdos todo es bárbaro y alucinante como aquel extraño sonido que procedía de las entrañas de la selva. Es el tigre, decían los hombres. Los niños buscábamos protección en los brazos de las madres mientras los hombres hacían hogueras inmensas en los alrededores del caserío. Con la luz del sol todo era distinto. Los niños y niñas olvidábamos el miedo y nos dedicábamos a nuestra tarea de exploradores y exploradoras. “Que llueva, que llueva, la vieja está en cueva…” cantábamos cuando de repente se desplomaba sin piedad una mata de agua y entonces bajabamos a la calle a mojarnos y a revolcarnos en el barro colorado y pegajoso, mientras las madres nos amenazaban con seres terribles: “si no hacen caso la Madremonte se los llevará para la selva y nunca podrán salir de allí”. Pero también mentaban a la Pata Sola, la Llorona, el Hojarasquín del Monte, el Diablo o Coco, todo una pléyada de seres mitológicos que la modernización ha desterrado sin contemplación.
Siempre tengo la sensación clara y nítida de esa noche inclemente en que dormí en los brazos de la selva, tan nítida como aquella imagen de una mujer sujetando a un pequeño niño de las piernas para que éste escupiese una moneda que se había tragado. Aún tengo la visión exacta de la moneda babosa sobre la tierra y el fragor de la lluvia en mi cuerpo de niña. Pero no todo era malo en la selva. Recuerdo que algunas veces acompañaba a mi madre cuando iba a dejarle el almuerzo a mi padre, casi siempre internado en la selva cortando árboles. Los derribaba con un hacha y luego los aserraba para sacar tablones, unas franjas finas de madera que servían para hacer casas y mesas y camas. Pero a veces no sacaba esos tablones sino trozos más pequeños con los que se techaban las casas. La selva olía a madera cortada. Algunas veces los árboles lloraban y sobre el corte se formaba una costra transparente. Eran lágrimas de árbol petrificadas. Tenían un olor dulce y yo no resistía la tentación de probarlas. Mi padre me hacía columpios con las lianas y yo allí me mecía una y otra vez mientras él comía y mi madre lo esperaba sentada en un tronco con su cara de niña. Una vez me caí del columpio y me fracturé un brazo. Sólo recuerdo el dolor y la cara de un viejo que me dio un tirón fuerte para acomodar el hueso. Tenía cuatro años y en medio de la selva fue casi un milagro que no me quedase el brazo descompuesto. El sobador encajó el hueso a la perfección y lo demás lo hizo la naturaleza.
De la selva recuerdo también aquella travesía de la partida. El rio estaba casi rojo y las ramas de los árboles tocaban el agua. Veníamos mis padres, mis dos hermanitos y yo en una canoa con todos los enseres. Mi padre había dejado definitivamente la empresa comunitaria después de haberse peleado con uno de los integrantes. Por poco llegan a las manos. Todo empezó por un malentendido en la repartición de unos alimentos y porque el hombre en cuestión era un egoísta y quería el poder. Decía que mi padre hacía un reparto desigual y en vez de hablarlo directamente con él, lo decía en voz baja con los otros vecinos. Hasta que papá se enteró. Discutieron y mi padre sacó el machete. El otro supo que iba en serio y desistió. Se arrugó. Pero mi padre tenía claro que no podía seguir allí, así que después de un año de trabajos a destajo tuvo que abandonarlo todo y salir como había llegado: con un saco en el que cabían sus enseres. Y allí íbamos en la canoa que se balanceaba sobre unas aguas tranquilas y extrañas. No sé cuánto tiempo estuvimos río arriba. Sólo recuerdo que llegamos a un lugar donde el río formaba un lago. Era inmenso y allí en un costado había una casa flotante en la que nos quedamos una noche. Yo estaba maravillada: no podía creer que hubiese una casa que no se hundía nunca, así creciera el río. Una casa sobre unos inmensos bidones vacíos que se mecía con la corriente y desde la que se podía ver los peces y las ramas de los árboles y las espumas pasajeras. ¡Una casa mágica!
En mis recuerdos de esa travesía por la selva y el río, padre era mi héroe. Entonces no tenía más de 28 años. Era alto, moreno y muy guapo. Tenía unos dientes preciosos y una sonrisa a juego. Pero además era fuerte, con un carácter indómito y sincero que le hacía adorable (o lo contrario). Un luchador persitente. Un alma libertaria con nobles ideales. Una suerte de judío errante cuyas ideas y compromiso modelaron el ánima de sus hijos e hijas, modelaron mi visión de la vida.
martes, noviembre 17, 2009
Sobre la palabra y un poema de José Eustasio Rivera
EN LA ESTRELLADA NOCHE...
En la estrellada noche de vibración tranquila
descorre ante mis ojos sus velos el arcano,
y al giro de los orbes en el cenit lejano
ante mi absorto espíritu la eternidad desfila.
Ávido de la pléyade que en el azul rutila,
sube con ala enorme mi Numen soberano,
y alta de ensueño, y libre del horizonte humano,
mi sien, como una torre, la inmensidad vigila.
Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:
cuando en la paz sin límites al Cosmos interpelo,
lo que los astros callan mi corazón lo sabe;
y luego una recóndita nostalgia me consterna
al ver que ese infinito, que en mis pupilas cabe,
es insondable al vuelo de mi ambición eterna.
sábado, noviembre 07, 2009
Diez años en la periferia
Sábado 7 de noviembre de 2009. Han transcurrido diez años. Una década a la que a veces atribuyo el papel de un embaucador venido a menos. Diez años que debieron ser sólo dos, los suficientes para hacer un doctorado, recorrer la vieja España con su historia y sus ojos de matrona añeja. Para visitar aquellos lugares europeos, comarcas comunes en las que se mezcla, la historia, la cultura y el afán mercantilista. Pero ha pasado el tiempo perverso y hoy me he levantado con diez años más. Y peor aún: con la extraña sensación de que los días han pasado sin tregua y apenas he hecho un par de cosas. Podría, sin embargo decir que el balance ha sido positivo en lo personal, como en efecto lo es: una hija estupenda, un compañero cómplice que entiende mis ratos de silencio y lejanía, mis cambios de humor y esta suerte de enfermedad que me hace perder las horas en palabras sin sentido, en textos que me hablan desde la certeza del naufragio. También podría decir que he cumplido con los objetivos previstos: una tesis doctoral cum laude olvidada en un cajón, tres libros inéditos de poesía (empiezo a hacer gestiones para publicarlos ¿Quién se apunta?), un ensayo en ciernes del que ya tengo el título, no sé cuántas historias comenzadas mil veces y mil veces abandonadas, cadáveres aún no nacidos. He viajado por rincones insospechados y olido el aroma de paisajes antiguos y nuevos. He conocido gente de aquí y de allá: elemental, sencilla, genial, coherente, luminosa, intelectual, escéptica, vital… He sentido músicas en las calles y en los libros y en los teatros y en las olas mediterráneas y en la risa diáfana de mi hija… Así que en principio no me podría quejar.
Llueve en el teclado.
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