martes, julio 29, 2014

La calles y sus fronteras (in)visibles


Me place compartir  la ponencia La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios  públicos de Bogotá, presentada en el  XI Congreso Latinoamericano de Humanidades, Interculturalidad e Inclusión en la época de la Globalización. Este evento se llevó a cabo  en abril del año en curso y fue organizado por la Universidad Santo Tomás -Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia VUAD- de Bogotá.

Lo podéis leer aquí




viernes, julio 25, 2014

Salvaje Bogotá: crónica de un asalto

La tarde se antojaba estupenda después de una mañana gris, pasada por una llovizna menuda y tonta.  Y luego de una jornada laboral de reuniones y  lecturas en inglés y catalán sobre la vida urbana (Setha Low y Manuel Delgado) para la ponencia que llevaré a Córdoba –Argentina- en octubre, me pareció magnífica la idea de salir  con mi hermana y mi cuñado a una reunión en el centro de la ciudad.    Lo acompañaríamos a un encuentro con algunas personas de una comunidad indígena.  Nos sentíamos estupendamente pese a que justo cuando llevábamos cinco minutos en el coche, otro conductor nos advirtió de que íbamos “pinchados”.  Así que la única solución fue detenernos y buscar un hombre para que cambiara la rueda. El asunto duró 10 minutos pero  la cita era a las 6 de la tarde, eso significaba que íbamos con retraso. Llegamos al Centro Internacional a las 6:20.  Habíamos quedado en el café Oma, un sitio precioso con vistas al espléndido Cerro de Monserrate. Todo parecía perfecto, incluso mi familia comentó sobre las transformaciones de esa zona de Bogotá, antaño insegura, fea, desangelada. Y yo me sentía  casi feliz, incluso reconciliada con esta ciudad canalla.  Acabada la reunión, el delicioso café, el batizado de arequipe, la limonada de coco…  salimos a por el coche y mientras, hablamos de cenar en uno de los restaurantes de los alrededores. Mi cuñado dijo que esa zona se llamaba el punto G, cuestión que me hizo mucha gracia, pregunté por qué y mi hermana dijo “G de gasto, todo aquí es muy costoso”. Así que decidimos tomar  la avenida circunvalar pero antes  de llegar allí  pasamos por la otrora plaza de toros Santamaría. Pregunté qué se haría con ella ahora que no cumplía con su función primera. “Será un espacio cultural”,  dijo mi cuñado, a lo que yo comenté el caso de la Plaza de toros Las Arenas de Barcelona, ahora convertida en un magnífico, espléndido, inmarcesible, templo del consumo: un centro comercial.  Seguimos por la misma vía hasta alcanzar la calle 32 – el café donde estábamos está situado en la calle 23- . Pregunté en qué sector estábamos y mi hermana dijo en la Perseverancia “mejor dicho persecución”.  La verdad en pocos minutos habíamos pasado de una ciudad espléndida a otra sórdida y ruin.  Solo nueve calles bastaron para dejar el “primer mundo”  y entrar al “cuarto mundo”.  El paisaje urbano había cambiado de manera radical. ¿Estás seguro que por aquí se llega a la circunvalar? Pregunté. “Si, si, por aquí es”, respondió mi cuñado. Llegamos a la esquina justo antes de tomar la calle 32. Se debía doblar a la derecha para alcanzar la avenida circunvalar.  Nos enfilamos hacia ella y justo cuando el coche empezaba la  cuesta un hombre salido de la nada  se para al frente, abre sus brazos y se abalanza sobre el capó. Acto seguido aparecen otros dos hombres que se ponen  al lado del conductor y en la ventanilla trasera justo donde voy yo. Éste último es rubio y lleva una barba hirsuta, golpea el cristal con las manos unidas, mira mi bolso, me mira… grito, mi hermana y yo gritamos. El cristal de seguridad empieza a dibujar fractales. Siento un miedo nítido, inmenso; siento terror.  “Vámonos de aquí”, gritamos.  Estamos en una cuesta. Tres hombres salvajes rodeándonos. La gente pasa, mira y no hace nada. El coche no tiene la suficiente potencia para enfilarse cuesta arriba y llevarse al atacante.  “Vámonos de aquí”. El hombre sigue golpeando los cristales. Pasan unos segundos interminables. Mi cuñado da reversa. El vehículo rueda hacia abajo. Tengo miedo de que estos malandros nos sigan pero no es así.  El coche sigue rodando una calle, dos, vemos tres policías, paramos, los llamamos, acuden, contamos todo, los cristales fractalizados, cae una llovizna, hace frío, mis piernas tiemblan, siento impotencia, rabia; me siento vulnerada; pienso en un arma ¡pienso en un arma!, si tuviésemos una abriríamos la ventanilla y ¡zas! No puede ser. Esto es salvaje. Esta puta ciudad es salvaje. 
Los policías –tres hombres muy  jóvenes-  toman los datos y nos dicen  que, efectivamente, tienen conocimiento de que en esa calle pasa esa clase de cosas. ¡Y no hacen nada!  ¡Nos han asaltado a media calle de un CAI (Centro de Atención Inmediata de la Policía Nacional)! Después de todo este procedimiento nos advierten que debemos ir a otro CAI para ver las fotos de los posibles atacantes. Vamos allí aún con el miedo en el cuerpo. En el trayecto hablamos sobre la escoria de la sociedad, sobre cómo una sociedad tan desigual como ésta propicia este tipo de comportamientos delictivos; hablamos sobre lo desprotegidos/as que estamos la gente de a pie; hablamos sobre la necesidad de tener un arma, algo que permita defendernos; hablamos sobre la mentira de esta ciudad, de este país; y si, hablamos sobre “limpieza social” y todas esas cosas que suenan tan terriblemente fascistas y oscuras.   Llegamos al CAI, hablamos con los polis, vemos las fotos. Todas las imágenes, efectivamente, son de tipos horribles, inmundos, feos. Es como si la actividad a la que se dedican hubiese marcado sus rostros de manera permanente para convertirlos en inmediatos sospechosos de lo peor. Y más allá, esos rostros feos, deformes, asimétricos también reflejan la huella de la exclusión, la rabia, el descontento, el abandono.  Son los deshechos de una sociedad afincada sobre la injusticia, la desigualdad, la violencia, la desidia.  Vemos las fotos y todos podrían ser. Todos. Hasta cuando llegamos a un rostro moreno y enjuto, con ojos de loco. “Este se puso delante del coche”.  Sí, allí estaba él, mirando de frente a la cámara, con los ojos desorbitados. Después de unas cuantas fotos más, llegamos a la imagen del rubio, el que golpeó los cristales con un punzón hasta fracturarlos. Faltó muy poco para que lograra su cometido, para que metiera sus manos y se llevara mi bolso y para que, quizá, nos amenazara con un cuchillo…  Era él aunque no tenía barba, ni hirsuta ni frondosa. Pero era él, Samuel, Pedro, Alexander, José, cualquiera de esos hombres con rostro marcado por la delincuencia, podría ser…  Regresamos a casa ¡por la circunvalar! El miedo en el cuerpo, la impotencia, la rabia, el asco. El miedo. El miedo. No volveré a llevar mis documentos en el bolso, no portaré mis gafas RB, ni las tarjetas... no estaré tranquila nunca más. ¡El miedo! ¡El miedo! ¡El miedo! ¡Esta ciudad es una mierda!

lunes, junio 23, 2014

Conferencia "Género, educación y medios de comunicación" en el Centre d'Estudis de L'Hospitalet

Como parte de mi periplo poético-académico por Barcelona y L'Hospitalet, este miércoles 25 de junio ofreceré la conferencia "Género, educación y medios de  comunicación" en el Centre d'Estudis de L'Hospitalet.  La realización de esta actividad será posible gracias a la iniciativa de Manuel López Domínguez, Presidente del CEL'H.
El texto completo de dicha comunicación la podéis ver aquí.

Os comparto la invitación:

Us convidem a la conferència

Género, educación y medios de comunicación”,
que farà la doctora en Antropologia Social i Cultural i professora a la Universitat Santo Tomás,
Bogotá (Colòmbia)

Martha Cecilia Cedeño Pérez.

El proper dimecres 25 de juny  a les 19.00 hores al Centre Cultural Metropolità Tecla Sala.
(Av. Josep Tarradellas i Joan, 44, l’Hospitalet).

L’acte serà presentat per Manuel Domínguez, president del CEL’H.

jueves, junio 12, 2014

RECITAL POÉTICO A CUATRO VOCES

Volveré a Barcelona dentro de poco no sólo para encontrarme con gente a la que extraño mucho sino también para ofrecer un par de recitales y una conferencia sobre género, educación y mass media. El primer recital será este jueves 19 de junio en la Biblioteca la Bòbila de L'Hospitalet de Llobregat. Allí estaremos la poeta Pilar Osorio Morán y los poetas Josep Anton Soldevila , Antonio María Flórez y quien esto escribe. ¡Será estupendo compartir versos y abrazos con estas personas, creadoras espléndidas!

Espero que mis amigas/os, conocidas/os, gente de poesía, de arte, de palabra nos acompañen en este recital organizado bajo la complicidad d Jordi Canal, director de la Biblioteca.   Os dejo aquí la invitación:


El otro recital será el viernes 27 de junio en el Ateneo de Barcelona. Este acto será posible gracias al excelente poeta y mejor persona  Felipe Sérvulo, director de la asociación Cultural el Laberinto de Ariadna. Será un placer volver a compartir con la gente magnífica del Laberinto versos, abrazos y alguna cañita.   En el siguiente link se puede acceder a toda la información sobre este evento:


Y, por último, el 25 de junio ofreceré la conferencia "Género, Educación y Medios de Comunicación" en el Centre d'Estudis de L'Hospitalet.  Esta actividad se realizará gracias a su director  Manuel Dominguez.  Ya os daré los datos específicos sobre este evento.

Me siento honrada de poder participar en todas estas actividades y sobre todo, tener a esos estupendos cómplices que han hecho posible el regreso a casa, así sea por un par de semanas. La vuelta definitiva será el próximo año, en el verano.
¡Os espero a todas y todos!

miércoles, abril 23, 2014

lunes, abril 21, 2014

En el Habana Riviera "Me alquilo para soñar"

"A  las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral".
Así comienza el cuento "Me alquilo para soñar" que hace parte del libro Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez y lo traigo a colación porque una de mis pasiones es visitar, cuando puedo, los lugares que se mencionan en algunas obras  literarias emblemáticas. Así lo hice, por ejemplo, con Sostiene Pereira, recorriendo aquellas melancólicas calles de Lisboa que tan bien describe Tabucci -incluso probando la omelette a las finas hierbas con la cual desayunaba el protagonista-; o con La sombra del viento de Ruiz Zafón, que leí de un tirón en el verano de 2009  y me llevó a recorrer en solitario esas magníficas calles barcelonesas en las que transcurren algunas de las acciones más memorables de dicha novela. 
Y esa pasión comenzó con el cuento "Me alquilo para soñar".  
Corría el año 1995  y en lo mejor de mis veinte, decidí con una amiga viajar a la Ciudad de la Habana para asistir a un encuentro de educadores Latinoamericanos. Y para ello nos hospedamos en el emblemático hotel Habana Riviera.  En su terraza,  habitada en las tarde-noche por turistas europeos enrojecidos y ávidos de sexo,  leí una y otra vez  ese cuento mientras observaba el plácido mar Caribe a través de los ventanales. Tenía miedo de que en cualquier momento  un "maretazo colosal" me arrojara contra los muros del malecón, contra la calle plena de sol y me perdiera para siempre...  Y allí, en esa misma terraza, los turistas me miraban con ojos devoradores. Me confundían con alguna prostituta  cubana, de aquellas que se apostaban en los vestíbulos de los grandes hoteles habaneros.   
Y en esa misma terraza tuve unas conversaciones estupendas con una artista cubana que pintaba en lienzo los mejores cielos de la isla y,  mientras desayunaba,  me deslumbraron unos ojos tan profundos como el mar que saltaba por la ventana.  
Desde la habitación 403 del Habana  Riviera pude tener solo para mi  la intensidad del mar Caribe; todos los aromas, todas las visiones, todos los sueños que prosiguen. ¡Todas las palabras! 

miércoles, abril 09, 2014

¿Espacio Público en Bogotá?

En el marco del XI Congreso Latinoamericano de humanidades, Inteculturalidad y Exclusión en la Época de la Globalización, organizado por la Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia -VUAD- de la Universidad Santo Tomás, presenté la ponencia "La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios urbanos de Bogotá".  Comparto  en esta bitácora el resumen de dicho trabajo de investigación:



                                                                               Resumen

En teoría, los espacios públicos urbanos son comarcas abiertas en donde es posible disfrutar del derecho de acceso universal al estilo kantiano y más allá, territorios de franca democracia en los cuales se ejerce una ciudadanía sin cortapisas. En ellos, supuestamente,  todas las personas somos iguales y por lo tanto podemos trasegarlos, ocuparlos, recorrerlos, vivirlos como nos apetezca. Sin embargo no siempre es así. O al menos no en el caso colombiano. Si bien es cierto que en Europa existe una noción de espacio público muy ligada a esa primera acepción de lugar de tránsito, de recorridos, de encuentros, es decir, lugar de apertura en todos los sentidos y por ello mismo  diseñado y acondicionado para dichos fines, en el contexto nuestro la realidad es otra. Ello se refleja  por un lado en la  poca importancia que se da a la construcción y mantenimiento de comarcas públicas para el acceso y disfrute de la ciudadanía y en aspectos como la falta de adaptación de los espacios urbanos a la variedad poblacional, esto es, a la singularidad de quienes practican y usan la ciudad: calles con aceras estrechas o sin rampas que permitan el acceso de personas mayores o con dificultades de movilidad, falta de cebras en cruces estratégicos, baches o agujeros en los espacios destinados a los tránsitos peatonales, suciedad, ausencia de bancos, etc.  

Pero existen otros factores aún más preocupantes. Uno de ellos es que  los territorios urbanos abiertos de nuestras ciudades parecen diseñados para una clase media general -blanca, joven, sana, masculina-; y otro, es que el espacio público en nuestro contexto es un elemento en construcción, esto es, un objeto amorfo al cual la polis no le ha dado la importancia que se merece. Y sumado a lo anterior hay otro aspecto no menos importante que no sólo condiciona el disfrute de los espacios abiertos sino que constituye en sí mismo una barrera casi insuperable: la sensación de que el espacio público está signado –irremediablemente- por el miedo, por  la idea real o infundada del peligro y la inseguridad.

Este trabajo es una primera aproximación a ciertos espacios públicos urbanos de Bogotá en los que se observa verdaderos obstáculos para los tránsitos, los encuentros, las esperas, las derivas de los y las urbanitas. Allí se evidencia, por ejemplo, cómo las personas mayores, las mujeres con niños pequeños, los individuos con alguna discapacidad física se ven en verdaderos aprietos para cruzar una calle, para subir a una cera, para acceder de manera fluida al sistema de transporte público. Y allí también se pone de manifiesto como en el reino de los vehículos los/as transeúntes son seres frágiles en sus trayectorias y recorridos urbanos. En este sentido la ciudad se convierte en un espacio de exclusión cuyas fronteras –algunas invisibles- impiden el acceso y el disfrute de esas comarcas urbanas de aparente democracia e igualdad.

Fotos: Marthacé

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...