domingo, septiembre 21, 2008

Último día de verano

Hoy domingo 21 de septiembre es, astronómicamente, el último día de verano. El cielo ceniza sobre los tejados y la línea borrada del mar así lo confirman. Se acaba el calor y con él las piel desnuda, las terrazas de los bares abarrotadas, el murmullo de gente en la calle en la última hora de la tarde. Se acaban los días interminables en que todo parecía posible... Pero también se acaban las noches insoportables con la humedad en el cuerpo y la canícula del medio día que nos condena a quedarnos en casa o bajo una sombra protectora. Y me gusta que se termine el verano porque empieza un ciclo nuevo con su cielo y sus colores intensos. Es como regresar a la tranquilidad de las horas. A los tiempos lentos de la lectura, a los paseos tranquilos por los parques y las calles, a las confidencias de las palabras, al hechizo de la noche que se hace más larga y misteriosa. El otoño es una manta caliente y un café y un poema de Vallejo. Otoño es la complicidad con las cosas esenciales. Me gusta el otoño aunque a veces escriba cosas como éstas:

OTOÑO

Murmullo de hojas
secas
y pájaros enlutados
en un fondo siempre azul.
Luz blanca y negra
en su concha de plata,
leve presagio de la muerte
callada.
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