lunes, enero 08, 2007

¡Se acabaron las fiestas!

¡Por fin se acabaron las fiestas!. Fueron más de 15 días de ires y venires, de comidas y compras descomunales. Días de consumo, como lo digo en una de las entradas anteriores. Días en que la felicidad parece medirse por cuánto tienes, cúanto das, cuánto adquieres, cúanto comes, cuánto...
Es como si esta sociedad en la que vivo ahora quisiera olvidar para siempre los días terribles de la pobreza y la miseria, días aún cercanos, por cierto. De ahí, talvez, ese afán por llenar las barrigas y las tiendas.
Y ese espíritu compulsivo también parece contagiar a quienes vienen de lejos. Según una encuesta los extranjeros, principalmente los latinoamericanos, son unos de los nuevos protagonistas de esta orgía de la adquisición. Televisores de plasma, mp4 y móviles para sus hijos pequeños y toda una serie de artículos la mayoría de ellos, innecesarios pero que parecen "igualar" en gustos y comportamientos. Y toda esa feria cansa. Cansa la superficialidad, las luces impostadas, los abarrotamientos de la calle, las comilonas; cansa tanta fiesta, tanta superficialidad.
¡Se acabaron las fiestas! ¡qué bien! Aunque debo decir que en mi caso personal estas fiestas fueron una de las mejores que he pasado aquí. La presencia de mi hermana Lina y la posibilidad de volver a la infancia a través de nuestra memoria conjunta, los recuerdos de padre y madre, de hermanos, de música. Volvimos a recuperar las canciones que escuchábamos en navidad cuando éramos adolescentes, preparamos la comida que nos hacía madre, y debo decir, que muchas veces lloramos trayendo a la memoria esos viejos tiempos, "aquellos diciembres que nunca volverán". Así estos días se convirtieron ante todo en días de recuerdos, de intimidad, de compañía, de familia, de reflexión, de volver a las raíces, a los olores y sonidos de la infancia y la primera juventud. Se acabaron las fiestas nos quedan las palabras y la memoria que tanta falta parecen hacer hoy.
P.D: que este nuevo año sea mucho mejor en todos los sentidos para la gente que llevo en el corazón, para mis amigas que no olvido. Para las que están aquí junto al mediterráneo y para las que están al otro lado del Atlántico: Gabriela, Pilar O., Pilar L., Helena, Lucía, Claudia...

jueves, diciembre 14, 2006

Que no descanses en paz, Pinochet!

Tenía que escribirlo. Tenía que decir que experimento cierto alivio por la muerte de uno de los hombres más sanguinarios de América Latina. Lástima grande que no haya sido juzgado como se debiera cuando su cuerpo decrépito aún sentía... Es una pena que la justicia internacional fuese burlada y que la justicia de su país no hubiese sido lo suficientemente prístina y valiente para castigar a ese monstruo.
Ahora ya es tarde, el tirano es polvo. Y como no existe el infierno ese hombrecito sanguinario se fue con las manos manchadas de sangre y seguramente con un rictus de felicidad en la cara. Ahora nadie podrá encarcelarlo. Y ¿quién responderá por todos sus crímenes, por las desapariciones, las torturas... por toda la ignominia que creó? ¿Quién responderá por todo el dolor y el sufrimiento que ocasionó al pueblo de Chile? y ¿Quién responde por las víctimas de dictaduras similares y ciertas "democracias" fascistas en América y el mundo?
Ha muerto un personaje oscuro de Chile y América. Ahora sí deseo que exista aquel infierno del que me hablaba mi abuela con sus calderas al rojo vivo donde los malos pagan sus culpas eternamente y donde el diablo se ocupa en avivar el fuego para que nunca les falte el ardor en la piel.
Que no descanses en paz, Pinochet!

domingo, diciembre 10, 2006

El Consumo

Es diciembre. Desde hace varias semanas lo es, sobre todo aquí, en Barcelona. El calendario así lo refleja y las luces que estallan en la calle desde la última semana de noviembre, también, y la marabunta que dócil se apresta al derroche más placentero del año. Diciembre es la apoteosis de la sociedad de consumo.

Hace dos días los periódicos regionales hacían eco del temporal que afectó este largo puente de la Inmaculada y de cómo la gente lo aprovechó para abarrotar las grandes superficies comerciales. Al mal tiempo buena compra, parece ser el lema de una gran mayoría de seres marcados por ese ímpetu casi salvaje que los lleva irremediablemente de tienda en tienda.

Ciencias como la antropología deberían ocuparse más a menudo de esa especie tan común en el primer mundo que tiene comportamientos similares y que acude en masa a desocupar sus bolsillos. Aquí va un ejercicio simple de etnografía callejera:

"Sábado 9 de diciembre. 6:00 de la tarde. Entrada del Centro Comercial La Farga, L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Hace frío. Parece que por fin, después de un otoño más caluroso de lo normal arriban los primeros vientos del invierno. Desde los bancos de la entrada del centro comercial se puede divisar la calle y el semáforo que está justo al frente, donde hay muchísima gente esperando que se ponga verde. Todas las personas que esperan de este lado de la calle llevan varias bolsas de compra identificadas con marcas populares (aquí no vemos a Valentino, ni a Carolina Herrera, ni a Chanel... esta ciudad todavía parece una urbe obrera pese a estar en las goteras de Barcelona). Se les ve felices: ríen, hablan, fuman y cuando cambia el semáforo cruzan rápidamente la calle. Las bolsas de Zara se contonean alegres como sus dueños/as. Las personas que esperan del otro lado se apresuran a cruzar la calle. Hombres y mujeres jóvenes y mayores se preparan para dar el salto a la felicidad. Entran al centro comercial dispuesto para la ceremonia del consumo: luces navideñas por doquier coronadas por un arbol gigante parpadeante, escaparates dispuestos para el ojo con maniquis espléndidos que muestran las últimas tendencias de una moda accesequible a una gran mayoría que seguramente no gana más de 100 euros al mes. Todo absolutamente todo en un sólo lugar. Y por supuesto no faltan las caras de arrobamiento. El detenerse frente al escaparate, dar un pequeño rodeo para comprobar detalles y finalmente entrar a la tienda. Mirar el género, los jerseys -ahora que llega el frío porque los de la temporada pasada ya no me van... y salir con la expresión del deber cumplido. Y desde el banco se observan los cuerpos en movimiento que se cruzan en los pasillos, sus bolsas que se tocan, los ojos que brillan. Cuerpos de hombres y mujeres que parecen interactuar en una armonía asombrosa en mismo espacio/tiempo. Aquí no hay conflicto ni diferencia. Los extranjeros se confunden con los nativos -llevan las mismas bolsas de compra-, los padres dialogan con sus hijos, los maridos con las mujeres, las mujeres con los niños, los novios se besan mientras compran, los ancianos observan desde los bancos ¿recordarán aquel tiempo no muy lejano de precariedad? Estoy segura que sí..."

Esto es diciembre en el primer mundo donde cosas tan elementales como solidaridad, compañía, familia, justicia, reponsabilidad... parecen reposar justo en el fondo de la bolsa de la compra.

miércoles, noviembre 29, 2006

Un poema de Emily Dickinson

¡Las noches tempestuosas, las noches tempestuosas!
Si estuviera contigo,
nuestro lujo serían
las noches tempestuosas.

Los vientos qué le importan
al corazón llegado a puerto,
qué le importa la carta
ni la brújula.

Ya en el Edén remando.
¡Ah, el mar!
Que pueda yo esta noche
morar en ti.


Tomado de Poemas de Emily Dickinson, Integraf editores, Medellín, 1994, pág. 37.

sábado, noviembre 25, 2006

Exilios

A Luna del Mar, para que sus ojos siempre miren más allá...

Como decía el gran César Vallejo partir es volver dos veces, es alejarse de esas patrias cotidianas, inmensas y simples que conforman nuestro trasegar. Pero partir también es quedarse infinitamente porque allá donde se vaya siempre nos sorprenderá la certeza de lo que se deja atrás - nos habitan, sin tregua, los ecos de la memoria y las texturas de lo vivido. Partir es abandonar las aguas de lo conocido para ir hacia los territorios insospechados de la incertidumbre. La certeza de la partida es el regreso, así éste no sea más que una utopía, un sueño acariciado que a veces suele confundirse con la nostalgia o, mejor, con esa larga pena del exilio que siempre nos suele colocar en un instersticio de espacio/tiempo.

Pero hay partidas de partidas. Desde aquellas voluntarias donde el peso de la decisión recae en el deseo de buscar nuevos horizontes como producto de una reflexión libre, hasta aquellas provocadas por la perversidad humana. Por las guerras que talan vidas como árboles y que siempre responden a unos intereses políticos y económicos. En este caso no sólo la nostalgia habita la vida cotidiana sino la indefensión, la vulnerabilidad, la miseria, la desesperanza.

En el mundo hay millones de personas que son obligadas a dejar sus tierras, sus cosechas, sus casas, sus sueños; el horizonte sin límites donde al menos se sabe dueño del día y la noche. Millones de mujeres, niños y hombres condenados a la errancia por decisión ajena, por la imposición, casi siempre con sangre, de unos pocos poderosos que se creen dueños de sus destinos, de su fuerza, de su vida. Unas cuantas manos que dirigen la orquesta del dolor, de la muerte, de la ignominia, en un mundo donde la injustica y la pobreza se globalizan y la justicia y la riqueza se privatizan, se concentran en un puñado de privilegiados.

Millones de seres humanos que son el rostro de un mundo carcomido por la perversidad. Desplazados, refugiados, exiliados, expulsados... migrantes eternos, parias en una sociedad del bienestar que vuelve sus ojos hacia otro lado. Rostros envejecidos por el dolor y la iniquidad. Rostros opacos que resisten porque saben que si Dios ha muerto la lucha por la dignidad, por la vida, no.

Cacarica es un canto,
un río plateado de bordes verdes
donde cantan las guacamayas
y los árboles suben al cielo,
mientras abajo
las metrallas repican
y un ojo amarillo
planea los días.

Martha Cecilia Cedeño Pérez
L'Hospitalet - Barcelona

martes, noviembre 21, 2006

Rutinas

A veces cuesta levantarse a las 6:00 para leer aquellos textos pendientes o escribir palabras ya escritas en hojas recicladas. Cuesta salir de la tibieza de las mantas que a veces quisiéramos eternas. Cuesta no dejarse vencer por la certeza de un día anónimo, un día sin pena ni gloria entre trabajos mediocres y quehaceres rutinarios. Días como truenos que van pasando impunemente, soterradamente, y que perfectamente podrían ir de la ducha matutina al sofá verde donde se quisiera descansar a gusto de una jornada sin tropiezos mayores pero agudizada por el peso aplastante de lo cotidiano.
Cuesta dejarse llevar, entregarse al placer onánico (no sé si esa palabra existe pero ahora, justo ahora, ha salido) de la contemplación, de la serenidad que produce admirar un amanecer como éste que ahora estalla en rojos y naranjas desde mi ventana y que de repente, despeja por completo ese cielo nublado, plagado de horas que vienen y van, de platos y polvo, de calles ruidosas donde el frío no es tan frío pero el pavimento siempre es gris...

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...