Después de muchas horas de intentos fallidos, por fin he logrado "normalizar" la página principal de esta bitácora . Al menos ahora abre donde tiene que ser. ¡Y todo era tan sencillo!
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
domingo, septiembre 11, 2011
sábado, septiembre 10, 2011
Escena de metro - Línea azul
23:15
9 de septiembre
9 de septiembre
Barcelona
Cuando se abren
las puertas del metro, una niña de unos ocho años corre veloz hacia un asiento desocupado pero no
logra alcanzarlo porque una mujer treintañera ya se ha apropiado de él. La chica le pregunta con una sonrisa si quiere sentarse. La chiquilla responde que sí. El hombre que la acompaña y que va sentado a su
lado, la mira con rabia y luego le dice:
“Per què has de deixar-li el seient a la nena? si fos una persona major, una dona embarassada, però és una nena. No t'aixequis. No t'aixequis”, le ordena, mientras la coge del brazo para que no se levante del asiento. Su tono
de voz sube. Las personas que van en los asientos frontales lo miran con
reprobación.
La madre de la nena le dice a la mujer que su hija no se quiere sentar,
que muchas gracias por su gesto pero que ella seguirá de pie. El hombre, sin
bajar el tono de la voz, continúa diciendo, en catalán, que no tiene por qué ceder
su asiento, que ¡joder! no entiende por qué
diablos tiene que levantarse, que es una tonta, que… No habla, impone. La chica
lo mira con rabia y haciendo caso omiso se levanta con rapidez. La madre de la
nena, advierte la reacción del hombre y
mirándolo a los ojos le dice “señor, no se enfade que la niña no se
quiere sentar”.
Los tres hombres y la mujer que van en el asiento de enfrente miran la
escena. Y yo también.
Pero ya es demasiado tarde. La chica está de pie y la nena sentada. ¿Cómo te llamas? La niña dice un nombre que no
alcanzo a escuchar. “Bonito nombre”. El
hombre mira a la mujer y luego a la nena, con rabia. Y yo me pregunto si la mira de esa forma
porque su tez es morena y tiene rasgos de chola o porque no merece ir sentada por ser
una cría, o porque lo ha separado de su “amada” o simplemente porque es un fill de puta. Y me fijo en él. Debe estar llegando a los 40.
Y tiene cara de cerdo. Es un cerdo.
Tres estaciones más tarde, cuando parece que todo se ha calmado, el
hombre vuelve a subir el tono de la voz. La chica le dije algo que no alcanzo a
percibir. Está muy enfadada. Yo también. Miro con asco al hombre. El no se entera.
Busco los ojos de la chica (unos ojos grandes de unas pestañas largas y
rizadas) para sonreírle y demostrarle mi solidaridad, pero ella rehúye la mirada. Se desplaza hacia la puerta del vagón. En la
estación Diagonal, baja. Él la sigue.
Madre e hija van juntas en el mismo asiento. Juegan con las manos. El cretino va por el
pasillo…
domingo, septiembre 04, 2011
domingo, agosto 28, 2011
miércoles, agosto 24, 2011
"Astronomía de Bolsillo", poemas de William Fernando Torres
William Fernando Torres fue mi profesor cuando yo estudiaba Lingüística y Literatura en la Universidad Surcolombiana. Una época magnífica llena de despertares, proyectos, canciones, vinos, viajes... Bajo su influencia, quienes tuvimos la suerte de ser sus alumnas y alumnos, recorrimos caminos más allá de las cuatro paredes del aula. Nos adentramos en los intersticios de la creación y la vida. ¡Todo a la vez!
Con él navegamos por las aguas de la poesía, la música, el teatro, el quehacer pedagógico con el placer de la palabra y la acción y el gusto por explorar nuevos senderos.
Pero WF además de ser profesor, investigador, trabajador cultural incansable, narrador de altos vuelos también es un poeta consumado. Uno de esos cantores sutiles y profundos que hacen de la palabra un arte de depuración y sensibilidad.
Hace algunos días me envió algunas de sus creaciones; hoy quiero compartirlas con todas las personas que leen esta bitácora.
ASTRONOMÍA DE BOLSILLO
William Fernando Torres
Para
Hildita
I
Somos
pedazos de estrellas, luciérnagas, me digo en los caminos oscuros, cuando
ladran los perros de las constelaciones.
Me
guía el aroma del pan recién hecho en tu casa y la Cruz de Mayo.
II
Sigo
tus caminos. Son de barro y piedra. Has puesto tapias de adobe para el que te
busque. Huyes en la luz. Te llamo con mi cuerno de caza y sólo responden las
luciérnagas. Eres montaña o nube. Neblina que oculta a los ganados. Un río que
se agazapa en el valle. Allí me sumerjo para encontrar los guijarros más
blancos. Los que pones detrás de tus puertas turquesas bajo las matas de
sábila. Vuelvo con iluminadas puntas de estrellas en las manos.
Pero
de ti sólo quedan leves huellas en el cuarto de baño, la salvia junto al hilo
de sol en la ventana.
III
Navego
con los ojos abiertos bajo el agua del amanecer, pero no encuentro tus caminos.
Tus riveras me acogen como a un viajero perdido.
En
cuanto duermo mi desventura, tu mano viene a cubrirme con una colcha de retazos
celestes.
Al
amanecer tu cocina huele a aguadepanela y anís.
Sobre
tu mesa amarilla hay mangos, mameyes, marañones.
Y
una ramita de yerbabuena.
IV
Único
mandamiento: no matar al niño que llevo dentro. No ahogarle su locura.
Sólo
esto lo dejará llegar ebrio a tu casa bajo los aguaceros de la madrugada.
Entonces te contará de perlas lunares y pescados de colores que trae en los
bolsillos. Tu correrás a buscar toallas y mientras lo secas exclamas: “Pero
¡cómo te has empapado! Mira las luciérnagas que traes en el cabello!”
Luego
saludas al amanecer y tejes una larga conversación en la cocina con el café de
otros tiempos.
V
Tu
cuerpo es un mapa de mirtos y guayabas maduras. Para recorrerlo no basta una
lámpara con todos sus aceites. Nuestras iluminadas yemas de los dedos perciben
sombras, ásperos trazos del desierto. Mas cuando pasan las caravanas de las
constelaciones, ellas son destellos de estrellas.
En
las floraciones de la madrugada, entro en tu río coronado de luces.
VI
En
la Maito tragué agua por primera vez. Por la Careperro perseguí pájaros aguas
arriba. Recorrí la Cucaracha buscando tilapias con mis amigos de cuadra. Mi
familia hizo amorosos sancochos en las orillas de la Jagua, mientras padre
pintaba los domingos y madre cantaba dulces canciones antiguas.
En
las desesperadas aguas de la Yaguilga una mujer sumergió mi infancia. En las tibias aguas de Cuisinde conocí el
amor.
Por
Navidad, con mis tíos, secamos un brazo de la Jacué para llevar bocachicos a
todos los vecinos. Por San Juan a muchas de ellas les canté serenatas con mi
voz de carbonero. He caminado la Tortuga, la Caraguaja, la Arenosa, cuando se
salen de madre, pidiéndoles perdón.
A
la mansedumbre de la Albadán vuelvo siempre. A veces me baño solitario en
quebradas sin nombre y guardo sus hojas y arenas para ver si me vuelvo
filósofo.
Cada
día oro a la Chaquira: le pido que me deje vivir junto a sus torrentes.
Pero
ninguna. Ninguna de ellas, es como el río tranquilo de tu cuerpo durmiendo
desnudo bajo las sábanas.
VII
En
la noche cerrada se abre la tormenta. Con pasos sonámbulos te levantas a
trancar puertas y ventanas para conjurar a los relámpagos. Para que la
hojarasca que llevan los ríos no inunde nuestros sueños. Las cortinas se baten
como grandes pájaros en el zaguán de tu casa. Coronada de lluvia vuelves al
lecho. Tomándome las manos me salvas de todos los naufragios bajo tu colcha de
retazos celestes.
Todas
las tormentas, mis quebradas, las constelaciones, destejen entonces los
caminos.
Y
llega el canto de las mirlas.
VIII
Navegamos
en la vieja casa de los libros. Es imposible recorrerla porque es enorme y
laberíntica. Tiene una vieja ceiba en el solar y pájaros peregrinos que vienen
de todos los ponientes. En las habitaciones del fondo se escucha el rumor de
una quebrada subterránea. Hay nubes detenidas sobre antiguas voces y se
escuchan fragmentos de cantos dulcísimos cuando cambia la luz.
También
moran en ella ahorcados de otros siglos.
Aquí
se viene para arrojarse de bruces a los límites.
Sin
embargo, hay instantes felices.
Bajo
las palabras se percibe la palpitación del universo. A veces de pronto fulgura
la súbita comprensión de ciertos misterios.
Después
quedamos ciegos: hemos descubierto lo indescifrable y lo no sabemos contar.
A
tientas volvemos a nuestros balbuceos.
IX
Ahora
aprendo a morir. Muy pocas cosas me son necesarias.
Tal
vez conversar con alguno de mis hermanos bajo la ceiba del patio o atender las
asombradas preguntas de mis hijos.
Pero
siempre me falta la luna clara de tu sueño.
domingo, agosto 21, 2011
Insomnio*
Martha
Cecilia Cedeño Pérez
Poeta
y antropóloga
“De
fierro,
De
encorvados tirantes de enorme fierro, tiene que ser la noche,
Para
que no la revienten y la desfonden
Las
muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
Las
duras cosas que insoportable la pueblan…”
Con estos versos empieza un
excelente poema del maestro Borges cuyo título es toda una revelación: la
insondable presencia de la vigilia cuyo abrazo letal nos confina en un mar de
pensamientos, de sensaciones y de angustias.
La imposibilidad de dejarnos caer en las profundidades del sueño para
escapar de esa realidad abarrotada de murmullos casi siempre opacos. La presencia de un Dios perverso que nos
priva de las bondades del inconsciente.
¡Máximo castigo que nos quiebra los ojos y la razón!
Cuando el insomnio nos
abraza, Cronos se alarga de manera desmesurada con sus segundos, sus minutos,
sus horas transformadas en siglos o en instantes eternos de angustia. Y mirar
el reloj sobre la mesita de noche es una tortura o, peor, un acto de
masoquismo. La constancia absoluta de
que estamos pagando una condena que no nos merecemos. ¿Qué he hecho yo para
estar despierta a estas horas de la madrugada? Pregunta de claro tinte
judeocristiano de pecado-castigo que, sin embargo, permite rebelarnos contra lo
inasible.
Hay una cosa aún más grave:
en la vigilia los pensamientos se arremolinan en la nuca y en el entrecejo. Se
apropian de nuestra cabeza y nuestro ser. Nos arañan con sus garras para
expropiar recuerdos. Nos extorsionan con
sus imágenes reiterativas que vienen y van. Invaden cada uno de nuestros espacios y tensan
nuestros nervios en cada giro, en cada postura sobre la almohada convertida en
una roca movediza.
Y de nada sirve ejercitar la
respiración, asomarse al balcón, leer un libro o ver una vieja película:
Insomnio sigue allí despierto. Achacamos su contundencia a la luna llena. O al café de la tarde, a los golpes de la
cotidianidad, al fragor del clima. A cualquier cosa que justifique nuestra
inoperancia en las artes del buen dormir.
A veces Insomnio es buen
consejero y mientras nos acompaña podemos crear mundos, versos, músicas,
amores… forjar lo inimaginable. Aunque siempre hay una realidad: los ojos
marchitos con sus sombras oscuras en el rostro.
Insomnio es, según Borges, “temer y contar en la alta
noche las duras campanas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración
regular, es la carga de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es
apretar los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es
la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace muchos años, es
saberse culpable de velar cuando los otros duermen, es querer hundirse en
el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y seguir siendo,
es el alba dudosa”.
lunes, agosto 15, 2011
Cuestión de violencia.
Mi columna semanal en el diario El Líder se puede leer aquí:
http://www.ellider.com.co/2011/08/14/martha-cecilia-cedeno-perez-11/
http://www.ellider.com.co/2011/08/14/martha-cecilia-cedeno-perez-11/
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