miércoles, junio 04, 2008

La mirada

Una de las cosas más interesantes con las que una se puede encontrar al estudiar el espacio urbano - o sólo al trasegarlo- es la gestión de la mirada. Si, la manera como la administramos para orientarnos y para emitir señales que permitan los tránsitos fluidos de los/as copresentes en un espacio dado. Gestionarla de modo tal que se convierta en un mecanismo de comunicación básico y no en lo contrario, esto es, en un marco de ambigüedades. Goffman llamaba muy lúcidamente a esa capacidad de gestión que todas las personas tenemos "inatención civil", que no es otra cosa que utilizar la mirada cómo una prótesis para la convivencia. Mirar de manera educada y correcta para no incomodar a quien se tiene delante cuando se cruza una calle, cuando se va en el metro o se comparte un banco, etc.
Pero la línea de la inatención civil es muy fácil de cruzar. Para el caso quiero hablar sobre una experiencia personal.
Esta mañana, tuve que desplazarme hasta una calle céntrica de Barcelona para realizar algunas gestiones de cara a mi próximo viaje a América, gestiones que por otra parte no pude realizar por el entramado burocrático terrible que se vive aquí -bueno y en otros territorios también-, así que cogí el metro. Un medio de transporte eficaz y rápido que no me agrada mucho: detesto los olores que a veces suelen acompañar los recorridos y la congestión de cuerpos que según qué horas se torna casi insoportable. Por suerte no iba muy lleno. Me pude sentar tranquilamente y quise sacar del bolso un libro de Benedetti que he recuperado estos días, pero inexplicablemente no lo llevaba, así que me dediqué a uno de los oficios que más me gusta: mirar -una pasión de antropologas/os y otros especímenes. Y en ello estaba cuando un hombre que acababa de subir al metro se sentó justo en el asiento de enfrente. Así que quedamos cara a cara. Me fijé en él muy sutilmente, esto es, haciendo gala de una inatención civil, mirar sin obstruir: era grande, tenía una panza prominente e iba vestido con una camisa hawaiyana. Llevaba gafas y parecía no tener más de 40 años. Yo le miraba de reojo cuando en un instante nuestros ojos se cruzaron. Así que desvié la mirada hacia la ventana. Y ahí empezó mi calvario. A partir de ese momento el buda tropical, como le bauticé, no dejaba de mirarme. Sentía sus ojos interfiriendo en mi campo de visión. Y yo no sabía dónde mirar, ni qué hacer. "Plaza de Sants" decía la grabación que anuncia las estaciones y el hombre seguía ahí mirándome de frente, incomodándome. Y tuve ganas de decirle "¿qué miras?" o simplemente de mirarle sostenidamente con rabia pero no pude hacerlo. Fui incapaz. Sólo esperaba que se quedase en alguna estación para liberarme de sus ojos de ratón. Cuando escuché "Diagonal" sentí un alivio porque era la estación donde me quedaba. En el momento de levantarme dirigí la mirada hacia el hombre y ahí estaba con una media sonrisa, como despidiéndose, después de haberme arruinado el viaje.
Y entonces reflexioné sobre lo dificil que es gestionar la mirada en según qué espacios. El hombre seguramente pensó que le estaba mirando con algún interés, supongo que no antropológico, y por ello se dedicó a buscar mis ojos, a fijarse en mi cara. En este caso la inatención de urbanidad o inatención civil simplemente no llegó a cristalizarse. Fue simplemente eso: una retórica de aquellos que nos dedicamos a observar lo que sucede, lo que pasa, en el espacio público.
Foto: Ojos de Luna (Martha C. Cedeño P.)

domingo, junio 01, 2008

Maravilla del primer día de junio

De repente una palabra
lúcida, transparente
y eterna.
Infinita como los recuerdos
que se agolpan esta mañana de junio.
Profundos lazos se avizoran
en la lluvia tímida que cae sobre los tejados.
Pequeñas gotas de agua
se deslizan por la memoria:
Hay una sonrisa transparente
y una cruz enorme sobre la ciudad
esquiva y enamorada a la vez.
hay pétalos en mis manos
Y 18 años.
Hay un recorrido de besos
Y placeres negados…

Tus palabras han excitado mi alma
me he quedado sin voz,
sin aliento
la memoria toda se llena de ti.

miércoles, mayo 28, 2008

Indicios

Hay una huella más allá del tiempo
y una ventana que mira a la mar
con su azul ausente
y su ojo cuadrado.

De la ciudad a tus manos
sólo hay cuerpos
en agitación perpetua
y ojos buscándose.


Amaranta Güell, Barcelona 2006.

lunes, mayo 12, 2008

La antropología y el gallo (Parte II)

El canto del gallo duró poco. A los cuatro días de haber colgado la nota anterior dejé de sentir esa voz de tenor aviar. Y experimenté un poco de tristeza porque de alguna manera me parecía extraordinario que en esta veciendad se pudiese escuchar ese eco del pasado. Eco, que según me contaban algunos vecinos inmigrantes andaluces y almeriences que vinieron en la década de los 60 y 70 a esta ciudad, era muy común entonces. Me decían que, tal como ocurre en Colombia y otros países latinoamericanos, los recién llegados cargaban con el perro y las gallinas y que muchos tenían hasta cerdos en sus patios. Llegaban con el campo a cuestas, con sus costumbres, con sus estilos de vida. Pero la ciudad se verticalizó y sus habitantes se hacinaron en edificaciones sin patios y sin árboles. Los niños dejaron de jugar en la calle y los coches ocuparon los espacios...
Fueron quizá 10 o 15 días. Un breve lapso en que el canto del gallo nos provocó una sonrisa de incredulidad y sorpresa y también de alegría. Era reconfortante tender la ropa en el balcón y escuchar esa preciosa voz animando el día. Pero de repente, así como había llegado, se esfumó. Dejamos de escucharlo y nos preguntamos por qué motivos se había silenciado. Nos planteamos varias hipótesis.
1. El gallo era un inmigrante y los vecinos nativos fastidiados con su canto llamaron a la Guardia Urbana para que lo encerrera. O mejor para que lo repatriara. Estaba perturbando la paz pública.
2. Era un regalo que unos payeses (campesinos) habían hecho a una familia y ésta ni corta ni perezosa lo había engordado para celebrar el día de la madre (aquí se hace el primer domingo de mayo).
3. Fue una simple alucinación auditiva que experimentamos en casa durante casi 15 días.
Sea como fuere. El pobre gallo no está aquí. Quizá ha vuelto a su patria. Como tantos seres que llevados por circunstancias vitales se encuentran dispersos por el mundo, emitiendo un canto que no es el suyo. Seres de aquí y allá cuya voz y figura no encajan en una sociedad que a veces se antoja demasiado cuadriculada, demasiado cerrada hacia otros cantos, otras presencias, otras percepciones...

miércoles, abril 30, 2008

La antropología y el gallo (Parte I)

Aquel tópico que habla sobre las mujeres y las dificultades que tienen para conciliar vida familiar-laboral-creativa casi siempre se cumple. Quizá por ello muchas pensadoras, literatas, científicas, etc. nunca tuvieron hijos ni una carga familiar asfixiante. Y las que se decidieron por la maternidad por lo general eran féminas acomodadas que podían pagar a otras mujeres para que ayudasen en el cuidado de los hijos y para que realizacen los desagradecidos y aburridores trabajos domésticos.
No es mi caso, por supuesto, ni el de miles de mujeres que hacen malabares para ejercer su autonomía personal y profesional a la vez que son madres. Por ello quizá, muchas de nosotras tenemos que recurrir a aquellos intersticios que se producen entre actividad y actividad. O simplemente le robamos horas al sueño para poder escribir, leer o realizar cualquier otra tarea intelectual. No es lo más adecuado para, por ejemplo, dedicarse a la escritura de aquella novela comenzada hace años o al tallereo de poemas o a la escritura de textos antropológicos o de cualquier otro orden. Y no es lo más adecuado porque una vez se está inmersa en la tarea hay que suspenderla para realizar aquellas otras relacionadas con el trabajo o la familia.
Por ese motivo, en mi caso personal, siempre aprovecho las primeras horas de la mañana para escribir. Ahora por ejemplo estoy preparando justamente un texto sobre ciudad y género, un tema interesante y que también se relaciona con lo que planteo arriba. Pero levantarse a las 5 y media o 6 de la mañana no es fácil, sobre todo en invierno (aunque debo decir que he contemplado los mejores amaneceres desde mi ventana justo en esa época del año). Durante las últimas semanas además de ser testigo del amanecer he sentido con sorpresa la aparición de un elemento nuevo en el paisaje acústico de la ciudad. Tengo el don (o el defecto) de hacer o estar pendiente de varias cosas a la vez. Así mientras escribo percibo la luz del sol que se filtra por la ventana, el canto de los pájaros de mis vecinos o de las golondrinas que por fin han llegado, la respiración de mi hija en la habitación contigua...
Pues bien, hace unos días, como en un eco del pasado, justo antes de las 6, escuché el primer canto de un gallo en esta ciudad. Al principio, pensé que era eso: un eco de mi pasado, uno de esos flash backs que a veces, de manera inconsciente, se nos presentan como una premonición o como un golpe de saudade. Así que al principio no le di mayor importancia y seguí con mi tarea. Sin embargo, a los pocos minutos volví a escuchar la voz del gallo, era una voz grave (de gallo ronco le diría después a Juanca). Y sin pensarlo dos veces salí al balcón primero para confirmar efectivamente que se trataba del animal en cuestión y segundo para descubrir de dónde venía ese insólito canto. Estuve unos momentos a la espera, expectante. Pero el gallo, como si presintiera mi presencia inquisidora, no volvió a emitir ningún sonido. Pensé que yo había tenido una suerte alucinación auditiva. Y justo, cuando iba a entrar nuevamente a casa lo volví a escuchar. Lo sentí nítido y pleno. Era el gallo dis-fónico. Aquel cantaor recién llegado al barrio que me/nos estaba saludando. Me pareció una maravilla volver a escuchar aquella voz animal que, de manera impetuosa, como en un soplo, trajo a mi memoria los días felices de la infancia.
Pero ¿qué hace un gallo en esta ciudad de humos?

miércoles, abril 09, 2008

Crónica de un viaje en AVE

El tren partió justo a las 7:30 de la mañana de aquel lunes de principios de abril. Con la expectación normal por mi primer viaje en AVE me acomodé en el asiento mientras hacía un recorrido visual por el espacio y sus ocupantes. Considerable distancia entre los asientos, suelo tapizado y una pantalla general justo al frente que permite observar la hora, el tiempo y la velocidad que poco a poco se aproxima a los 300 kilómetros por hora. Es como si voláramos. Le dije a Bety mi amiga y compañera de asiento que también se bautizaba en este tipo de transporte.

En cuanto a la gente, mi primer análisis global -fijándome en las apariencias y en las conversaciones- me permitió hacer una clasificación a priori: algunos políticos que hablaban del congreso de diputados y sus "majestades", una mujer mayor que minutos antes había llegado acompañada a la estación por un hombre joven, algunas mujeres de mediana edad solas (por su fachada parecían ejecutivas que viajaban a Madrid por razones de trabajo o algo similar), hombres trajeados, una pareja de mediana edad y ningún niño o niña ... En términos generales apariencias que corresponden a una clase media y media-alta, blanca y nativa. Funcionarios y funcionarias y yuppies. Afortunados (en todo el sentido de la palabra) que pueden costearse un viaje en este medio que aún es un poco caro. Claro, y nosotras, Betty y yo, que seguramente desde afuera desentonábamos un poco, quizá no por nuestra presencia sino por nuestros acentos y nuestras palabras. Extranjeras del sur que-viajan-por-primera-vez-en AVE. Aunque claro a nivel académico-cultural estoy segura que nuestro listón quedaba muy muy alto. Pero esas cosas cuando se habla de las apariencias importan poco...

A la media hora de viaje el tren de alta velocidad ya casi sobrepasaba los 300 kilómetros por hora y debo confesar que sentía un cosquilleo en la espalda, un poco de aprehensión, ya se sabe, una especie de susto por semejante acelere. ¿Y que pasaría si...? No debo pensar en tonterías. Los trenes más veloces del mundo son los japoneses y después le siguen, le siguen... ¡Ostras! El tipo de tren en el que viajé es el segundo más veloz del mundo (lo supe tres días después de mi viaje). Y es que cuando se sobrepasan los 302 kilómetros por hora no se siente nada, es como si se levitase. Y efectivamente estos aparatos se alzan algunos milimétros sobre los rieles. De ahí la ligereza que se experimenta, la suavidad, el total estado de quietud. Y no pude dejar de pensar en Einstein. Y sí, ¡el paisaje se puede ver! (Presento las fotos tomadas en el viaje de ida y regreso, Luna quería que testimoniara efectivamente que no se ven solamente rayas a través de las ventanas del AVE).

A las 2 horas y 40 minutos estábamos en Madrid. Descansadas y frescas para nuestro encuentro de mujeres, sobre el cual escribiré después una pequeña reseña.


Fotos: Martha C. Cedeño (vistas desde el AVE).

martes, marzo 25, 2008

Anuncio de buen tiempo


Es un día para salir de casa
Tomar el metro y bajar
En cualquier esquina
Sin pensarlo
Sólo por un golpe de azar.

Oler las calles en salmuera
Y mirar el cielo oxidado
Y adivinar su azul dormido
En el horizonte.
Observar como al descuido
La gente que pasa
Con sus incógnitas en la piel.

Es un día para ser gusano
Cuerpo transparente
Con sus sentidos excitados.

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Marzo de 2008.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...