martes, febrero 24, 2009

Región y Cultura

Desde hace más de una década, Luis Ernesto Lasso, profesor de la Universidad Surcolombiana, con la colaboración de un grupo de jóvenes estudiantes ha editado no sin dificultades la revista Región y Cultura. Una publicación que surgió en el marco del Encuentro Nacional de Escritores, idea estupenda que Luis Ernesto pudo materializar durante varios años y en la que tuve la fortuna de colaborar hasta 1999, antes de mi partida hacia tierras lejanas.
Pues bien, este hermoso sueño que llevó la poesía, la novela, el ensayo, es decir, la palabra en todo su significado, a las escuelas de los barrios deprimidos y a los pueblos cercanos, acabó cuando entraron en juego las motivaciones de un grupo de personas interesadas en apropiarse de una idea que llevaba luz a la canícula triste e inerte. Así que borraron la labor de Luis Ernesto e implantaron otro encuentro que ha pasado sin pena ni gloria. De aquel Encuentro estupendo en el que pudimos conocer y compartir con creadores colombianos y de otras latitudes, queda la revista como una voz crítica y lúcida que aborda sin miramientos los temas afines a la región y su marcha lenta y también aquellos más amplios relacionados no sólo con la literatura sino también con tópicos sociales y políticos nacionales y globales.
Para quienes participamos en el Encuentro que organizaba Luis Ernesto, fue una experiencia única que nos permitió llevar nuestra poesía, nuestra palabra, a la gente de a pie, a los niños y niñas, a los/as jóvenes de los colegios. A nivel personal también nos brindó la oportunidad de conocer y compartir con gente estupenda –críticos, narradores/as, poetas, pintores/as, ensayistas y artistas en general-. Con algunos de ellos aún mantengo contacto (por ejemplo con Isaías Peña, César Valencia, el mismo Luis Ernesto, y otras personas hermosas que aún recuerdo).
Pues bien, el maestro Lasso me ha hecho llegar el no. 22 de la revista Región y Cultura, bien editada y con textos que no pasan desapercibidos y que van del ensayo a la poesía, pasando por la crónica y el cuento. Así encontramos, por ejemplo, el de Ernesto Cardenal “Presentando la poesía gringa”; la crónica de Luis Ernesto sobre su viaje a Santiago de Cuba en el marco del XXVII Festival del Caribe y Congreso Mundial de Culturas (en el que estuve también en julio de 1995); el de Gustavo Bríñez Villa “Apuntes para la elaboración de un plan cultural en el Departamento del Huila”, entre otros. Encontramos también el ensayo de Lorena Mendoza sobre la obra “Los caprichos” de Francisco de Goya y Lucientes, y poesía de Yinet Angulo, Gonzalo Rojas, Coss Causse, Ana Patricia Collazos, María Antonia Castro, Frank Chipasula, Zolani Mkiva, Yolande Mukasagana, Margo Tamez, Reinaldo García Blanco, Freedom Nyamubaya y quien esto escribe. También encontramos cuentos de Augusto Monterosso y de David Elí Salazar.
Enhorabuena a Luis Ernesto y su equipo por esta revista que permanece en el tiempo con la misma tesitura crítica y reveladora, que ya reflejaba en sus comienzos. Quedamos a la espera del número 23 de Región y cultura.

domingo, febrero 22, 2009

Machado, 70 años

El 27 de enero abandona su patria, tras la caída de la República española. Triste y abatido emprende el camino del exilio hasta morir en Coulliure, Francia, el 22 de febrero. Y justo en ese año fatídico también cae Barcelona mientras Francia e Inglaterra reconocen oficialmente el gobierno de Franco. Y termina la guerra civil con la rendición de Madrid. Y Alemania e Italia firman la alianza militar. Y se inicia la Segunda guerra mundial con la invasión de Polonia por Hitler. Es ese el desalentador panorama de un año oscuro en que la muerte sobrevuela España, Europa, el mundo.
El poeta muere en el destierro y en los bolsillos de su gabán reposan sus últimos versos. Palabras diáfanas, plenas y profundas que trascienden el tiempo. Su poesía es música y canción y sencillez y hondura. Tesituras hechas de lo cotidiano. De los campos, del limonero, del río, de la mar, del otoño... de la vida que transita por múltiples senderos.

Sol de invierno

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
"¡El sol, esta hermosura
de sol!..." Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.
(De Galerías, Poesías Completas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, pág. 161)
.............

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos años que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corte las viejas rosas del huerdo de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.

Y cuando llegué el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

(De Campos de Castilla, Poesías Completas, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, pág. 166)

(En 1995 deambulando por la Ciudad de la Habana encontré este libro con la poesía completa de Machado. Desde entonces me acompaña. Recuerdo aquel viaje que realicé hace un par de años a Castilla y León. En tren desde Barcelona son muchas horas pero se hicieron cortas porque pude contemplar aquellos campos castellanos a los que tan bien cantase Machado y los que ya presentía cuando era una tímida estudiante de secundaria: Allá, en las tierras altas,/por donde canta el Duero/su curva de ballesta/en torno a Soria, entre plomizos cerros/y manchas de raidos encinares,/mi corazón está vagando, en sueños...)

miércoles, febrero 18, 2009

Gabriel García Márquez y yo

Era martes 17 de marzo de 1998. Estaba en el muelle internacional del Aeropuerto el Dorado de Bogotá, donde esperaba abordar el avión que me llevaría a una hermosa isla caribeña (iba de viaje de novios con mi recién estrenado marido) y entonces lo vi. Divisé su figura mayor que se aproximaba lentamente por el brillante pasillo. Le observé anonadada y con un nudo en la garganta, hasta que pude gritar su nombre más coloquial: Gabo, Gabo, Gabo. El hombre paró y entonces escribí el texto que reproduzco a continuación y que fue publicado en el periódico regional Diario del Huila. De esa experiencia, además del mencionado artículo y una preciosa foto que guardo como un tesoro, quedó un comentario-chiste que hacíamos a las personas más allegadas: “lo mejor de la luna de miel fue el encuentro con Gabriel, Gabriel García Márquez, por supuesto.”
Isa: esta entrada la he hecho por tí.

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Mi encuentro con el Nobel
Por Martha Cecilia Cedeño Pérez
Especial, Diario del Huila

Había soñado muchas veces con él. Había imaginado ese instante en el que pudiera mirarlo y por qué no, hablarle así la lengua se me durmiera de la emoción. Y, sin embargo, siempre llegaba a la conclusión de que era algo casi imposible para una persona como yo anclada en esta provincia oxidada de sol y de musgo endémico.
Recuerdo todavía los primeros cuentos que leí al filo de mi niñez con ojos devoradores y sorprendidos, queriendo beberme la vida en un sorbo tan grande como aquel ahogado hermoso que un día apareció en un pueblo solitario. Vinieron luego los libros del colegio –obligados- que para mi fueron el faro anunciador de muchas historias que perfilaron mi época de estudiante universitaria. De Ahí que haya recorrido casi todos sus libros no con el interés de la intelectual escrutadora sino con el ánimo de maravillarme con sus historias espléndidas.
Y de pronto él estaba ahí, a dos metros. ¡No podía creerlo! Gabriel García Márquez estaba al frente mío con su rostro tantas veces visto, tantas veces manoseado por los medios. En ese momento todo lo imaginado con respecto a él se eclipsó. La emoción y el terror se apoderó de mis manos, mi voz sólo alcanzó a decir “Gabo, Gabo,Gabo”, ante la que él volteó la mirada aún vital y ensortijada, pero con la displicencia que da la costumbre de ser siempre saludado por hombres y mujeres maravillados y medio torpes, como yo.
Era un martes 17 de marzo. Bogotá había amanecido radiante ese día. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, los viajeros esperaban con cara de incertidumbre el anuncio de sus respectivos vuelos, casi siempre retardados. Eran las diez de la mañana. Justo el instante en que alcancé a divisar por el rabillo del ojo la figura mediana, envuelta en una chaqueta negra que hacía resaltar su cabello y bigote casi blancos. Ahí estaba el Nobel como cualquier mortal, frente a nuestros ojos, con su inseparable y estoica Mercedes, que al vernos se fue adelante, ya acostumbrada a estas faenas de un personaje que es invitado por Clinton a la Casa Blanca y a la vez es amigo íntimo de Castro.
Fueron cinco o quizá diez minutos. Lapso en el que, mientras le acompañábamos hasta la salita de espera donde había cola para abordar el vuelo hacía Ciudad de México, intercambiamos algunas palabras (aunque, para ser sincera, la única que habló fui yo). Al menos Gabo escuchó que aquí, en Neiva, hace un año se le hizo un homenaje en el marco del VI Encuentro Nacional de Escritores y que existimos jóvenes que bien o mal nos hemos encaminado por el sendero de las letras. Sus palabras fueron cortas y lacónicas. Aquello de que Gabo es un prepotente puede ser cierto, pero a mi no me importa: tuve la fortuna de ver su sonrisa franca, de escuchar su voz a pocos centímetros de mi rostro, de sentirlo rodeado por mis brazos como cualquier persona de músculos y nervios. Después de todo el encuentro con un Nobel ya es una maravilla y eso lo supera todo.

Neiva, domingo 24 de mayo de 1998


jueves, febrero 12, 2009

Interseccionalidad de Género

El pasado 12 de febrero asistí a un seminario muy interesante: "Interseccionalitat: el gènere com element transversal", organizado por l'Area d'Igualtat i Ciudadania de la Diputació de Barcelona en el Espai Francesca Bonnemaison. Un tema novedoso, al menos para mí, que intenta abordar el problema de la desigualdad de la mujer no desde una perspectiva única sino a partir del análisis e interacción de otras variables fundamentales. Así por ejemplo no basta con considerar la diversidad y heterogeneidad de las mujeres sino que se ha de tener en cuenta factores como la etnicidad, la clase, la edad.


El seminario abrió con la conferencia "Intersectionality: Gender as a Red Thread" de Judith Squires, profesora de la Universidad de Bristol. Ella hizo una revisión interesante sobre las distintas fases de las políticas de igualdad de género en Europa y Reino Unido. Apuntó entre otras cosas que la interseccionalidad de género no se debe confundir con la noción de desigualdades múltiples, pues si ésta última reconoce la inequidad y la discriminación acumulativa, la primera analiza las desigualdades para reconocer las complejas formas de relación entre los factores de opresión.

Así mismo Barbara Bagilhole, profesora de la universidad de Loughborouh, en su ponencia definió la transversalidad de género como "el proceso de asignar las implicaciones que tiene una acción tanto para las mujeres como para los hombres, incluyéndolas en la legislación, las políticas o programas, en todas las áreas y a todos los niveles. Es una estrategia para integrar los problemas y las experiencias de las mujeres en el diseño, implementación, desarrollo y evaluación de las políticas y programas en la esfera política, económica y social, para que las donas se benefien y la desigualdad no se perpetue. El objetivo es conseguir la igualdad de género".
Las otras exponentes invitadas (Lydia la Rivière Zijdel, consultora internacional sobre género y diversidad en organizaciones no gubernamentales europeas; Gloria Wekker, profesora de la universidad de Utrecht; Martha Franken, directora de Igualdad y Oportunidades en Flandes; Marúa Bustelo, profesora de la universidad Computence de Madrid; Johanna Kantola, profesora universidad de Helsinsky; y Pilar Díaz, alcaldesa y regidora de mujeres y usos del tiempo del Ayuntamiento de Esplugues de Llobregat), ahondaron sobre el concepto de la interseccionalidad y sobre las oportunidades y amenazas que implica en la política.
Nos quedó claro a las asistentes a dicho seminario que en España, al contrario de lo que sucede en otros países de Europa, la noción de interseccionalidad es aún poco utilizada. Ello no implica que no hayan políticas de igualdad que desde el Estado se están implementando, sino que esas políticas no han tenido en cuenta una visión interactiva de los factores de esta inequidad.
Fotos: María Isabel Gómez Castillo

martes, febrero 10, 2009

Las rutas femeninas

Hacía algunos días no actualizaba este blog por un factor simple: tenía el ordenador estropeado. Creo que le entró uno de esos virus que dejan a estas máquinas tan modernas en jaque. Y a mi también. Es increíble cómo llegamos a depender de un artilugio de éstos, especialmente aquellas personas que nos dedicamos a chapucear las palabras. Así que fueron unos días de ayuno creativo. Pero hoy no quiero hablar de este tema sino de uno que siempre me ha interesado y en el que me faltó ahondar en la tesis doctoral: la relación de las mujeres con el espacio público. Relación que va más allá del hecho de salir y disfrutar de la calle. Concierne a otros factores que tienen que ver con la situación de subordinación e indefensión de las féminas desde tiempos inmemoriales. Y ello alude a los mecanismos de socialización y educación en los que se van definiendo los roles de género. Allí se modelan los patrones de feminidad y masculinidad. Se trazan las líneas generales que caracterizan el devenir de unas y otros y su nexo con lo exterior, con la calle. Así, a las mujeres se nos relaciona con lo interior, con lo íntimo, con lo privado y a los hombres con lo exterior, con lo público, lo que va más allá de las paredes de la casa. Ella se dedica a las tareas reproductivas (sí, ahora también a las productivas pero sin abandonar las primeras) y él a las productivas (las cosas no han cambiado mucho, nos basta con echar una mirada a las estadísticas y hablar con la vecina de al lado que tiene dos hijos, trabaja fuera y dentro de la casa…).
Y esa situación, como no podía ser de otra manera, también se evidencia a nivel general en la vida urbana. No es que las mujeres no ocupemos la calle, sí que lo hacemos, pero casi siempre es para continuar con nuestra labor doméstica. Así que las rutas femeninas casi siempre son circulares y responde a las necesidades interiores o privadas. Podríamos hablar de la ruta del colegio, la ruta de la compra, la ruta del médico… aunque se podría hablar también de la ruta del parque y la ruta del trabajo “productivo” para aquellas féminas que laboran fuera de casa. ¿Existe la ruta del placer callejero o, mejor, la de la diversión? Aquella que nos permite usar nuestro tiempo propio (¿tenemos, acaso, tiempo propio?) como se nos venga en gana, lejos de las cuatro paredes de la casa. La ruta de la deriva (suena a paradoja pero no lo es), aquella en la que podemos disfrutar de la calle por el simple placer de hacerlo, dejándonos llevar por ésta sin prisas ni aprehensiones? ¿Existe la ruta de lo público como construcción social que habla de igualdad, de equilibrio, de participación veraz de las mujeres en todas las esferas de la vida cotidiana?
(Bueno, quería escribir una entrada sobre una ruta que hice la semana pasada por el barrio de la Barceloneta, en el marco del curso "Planificació urbanistica amb perspectiva de gènere" que estoy haciendo en el Espai Francesca Bonnemaison, pero como veis ha salido otra reflexión. En todo caso, queda pendiente …)
Foto: pintura "Intersticios urbanos" de Lina María Cedeño Pérez

sábado, enero 31, 2009

La película

Eran las 9 de la mañana de un día cualquiera de noviembre. Hacía frío pero la calle estaba iluminada por un sol espléndido que levantaba los espíritus dormidos o tristes. Llevaba a mi Luna al cole muy de prisa (como siempre). Parecía una jornada repetitiva y sosa pero algo nos llamó la atención: justo la calle de en frente del colegio estaba precintada. Pensé que había sucedido alguna desgracia y que, por ese motivo, los Mosos d'Esquadra habían tomado esa medida. No obstante pudimos advertir que en los bordes de la calle había una cantidad inusitada de furgonetas blancas que hasta ese momento nunca habíamos visto por esos lares. Una de ellas estaba con las puertas traseras abiertas de par en par. Nos detuvimos un momento para observar lo que había dentro: escaleras metálicas, focos de iluminación, cables, cajas de herramientas, cuerdas, cascos, rollos de papel higiénico, chubasqueros... Parece una ferretería, comentó Luna. Estábamos intrigadas porque queríamos saber qué pasaba o había pasado, qué emergencia había brotado, y lo más importante: qué nuevas cosas podían pasar. Y luego, observamos atónitas cómo, casi en la puerta del colegio, una de estas furgonetas se había convertido en un kiosco: uno de los techos laterales estaba subido lo que dejaba al descubierto una especie de mostrador con diversos productos: zumos, bocadillos, agua... Y dentro había un hombre con un delantal blanco preparando alguna cosa que no alcancé a distinguir. Pero no habían clientes. Nadie compraba. Y ¿ahora que pasa aquí? La nena subió a su salón mientras yo me detenía en el entorno buscando pistas para entender ese evento que intuía fuera de lo común aunque todo pareciera normal. Y entonces divisé una furgoneta con un letrero "grabaciones xy".
Cuando volví a la una de la tarde por la nena, está me comentó emocionada: "Mamá están grabando una película aquí en el cole y en el kiosco dan bocadillos gratis; la peli se llama Las Pelotas". Pero mi hija y yo no éramos las únicas intrigadas con los extraños movimientos y objetos que habían en esa calle. Mientras esperaba que ella saliera, las otras madres y padres comentaban todo tipo de cosas: "He visto al Bayona, que estaba por aquí"; "Están grabando una pelí"; No, es una serie de televisión que dan por la TDT", "Han cogío al cole para hacé una grabación", dice una de las personas mayores.
Pasaron unos días y de un modo u otro todas y todos nos acostumbramos un poco a ver las furgonetas, el kiosco en la puerta del cole, los hombres que llevaban cables. Pero no veíamos a los actores ni a gente que estuviese por allí en la grabación. "Mama: graban en el patio del cole cuando nos vamos todos los niños y niñas pero hoy he visto por la ventana de mi clase cómo lo hacían. Había una cámaray un micrófono con un palo muy largo y unas personas que corrían. Y hay un coche donde hay ropa y maquillaje. Es una pasada". Pero de un momento a otro todo volvió a la normalidad. Bueno, hasta la semana pasada.
El lunes la calle estaba nuevamente precintada con sus furgonetas blancas. En lugar del kiosco habían puesto una serie de toldos en la calle peatonal contigua al colegio con mesas y asientos para un montón de personas. Ni qué decir de la expectación que esto causaba en los transeúntes cotidianos y esporádicos, ni en quienes todos los días estamos allí por nuestros hijos. "Están montando un comedor para los de la peli"; "Aquí se van a reunir todos los actores", "Se están despidiéndo porque acaban la película". A las tres de la tarde todos los asientos estaban ocupados y un murmullo de voces y risas brotaba del comedor provisional. Hasta la acera del cole llegaba el aroma de los platos que, desde afuera, se intuían generosos y sabrosos. "Marc, que no te asomes ahí que están comiendo y a tí te gusta gastar bromas", "Pues debe ser una película muy importante", "Qué morro, mami ¿ les dan comida gratis?".
El martes la misma historia con un matiz. Justo a las 12:55 un grupo de músicos empezó a tocar. Cuatro hombres y una chica vestidos de charros. Los violines sonaban asombrados mientras tejían los acordes de "si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida, si nos dejan..." . Los ojos y oídos atentos. Fueron pocos minutos de fiesta, no porque dejasen de tocar sino porque debíamos ir a casa.
Al final armé una historia hecha de fragmentos que no me he preocupado por confirmar: están haciendo una serie de televisión que se llama Las Pelotas (me parece un nombre poco probable pero...). Uno de los escenarios es, efectivamente, el patio del cole de mi hija que se utiliza después de las cinco de la tarde. Sin embargo, el escenario principal es una casa que está en una calle próxima. La serie habla sobre un grupo de chavales que va al instituto y...
Lo importante no es lo que "de verdad" ocurre sino la historia que cada una de las personas, que de una forma u otra hemos tenido un contacto tangencial con aquello, nos hemos montado. Lo básico es, en efecto, lo que parece. La emergencia, los sobresaltos, la expectación, la sorpresa que ese hecho ha despartado. En este caso la calle se ha convertido en escenario no sólo de una serie de televisión sino de varias historias yuxtapuestas pero también complementarias. Relatos que hacen parte de la historia que hila la existencia cotidiana y que habla del panorama infinito de posibilidades y especulaciones que se nutren y visibilizan en el espacio público.

miércoles, enero 28, 2009

Vendaval

Sábado 10 de la mañana. Salón de casa. El sofá y un libro: Diario de una buena vecina de Doris Lessing. El rugido del viento quiebra las palabras y hago una pausa para mirar a través de la puerta acristalada. Un cielo azul y Eolo, furioso, gritando entre los edificios, las cornisas, los árboles de la calle, las persianas. Tira cosas en los balcones vecinos. Dobla el firmamento de antenas de los terrados. Desata la ropa de los tendederos: vuelan sábanas, toallas, pantalones, calcetines. Una camiseta roja llega hasta el tejado próximo, aquel donde cada domingo un hombre tiende la ropa mientras habla por el móvil. No había visto nada igual aquí. Cierro el libro, abro la puerta transparente, me asomo al balcón: tengo miedo. Y llega un recuerdo.
Tenía 9 o 10 años. Vivía en una finca con unas vistas estupendas sobre un valle robado a la selva. Una construcción levantada sobre columnas de madera y un balcón mirador con plantas colgadas que caían en cascada encima de la baranda. Eran las seis de la tarde y acabábamos de cenar. Ya estaba oscuro. De repente se desató un aguacero torrencial. Rayos y truenos. Los pequeños nos encerramos en la habitación. El viento abría y cerraba puertas, rugía con violencia entre los árboles, las tejas de barro. Era un monstruo cruel que en cualquier momento nos podría dejar a la intemperie. Me imaginaba aferrada a un árbol en plena oscuridad mientras luchaba por no dejarme llevar por la corriente descontrolada de aire. Lloraba. Llorábamos. De repente ví a la abuela. Se había puesto un trapo blanco en la cabeza y tenía una vela encendida en la mano. "Santa Bárbara bendita", exclamaba. "Hay que quemar ramo bendito para que cese la tempestad", decía. Y sin pensarlo dos veces empezó a quemar las hojas de palma seca que tenía en la otra mano. La imagen era terrible y bella a la vez: la cara aún joven de la abuela iluminada por el fuego recién encendido parecía la de una estatua de cera y sus ojos felinos chispeaban de manera extraña. Y por un instante el trapo que llevaba en la cabeza se transformó en un haz de luz. Pensaba que en cualquier momento la abuela toda sería engullida por éste y se convirtiría en un ser luminoso que acabaría de manera fulminante con la tormenta.
Al cabo de un tiempo infinito volvió el silencio. Supimos que todo había acabado. Pero el miedo aún permanece. Desde entonces sé que somos seres frágiles y vulnerables ante la magnífica y terrible voz de la naturaleza.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...