viernes, octubre 28, 2005

Una Novia Cadáver luminosa y vital

Asistimos anoche, en el marco de la vigésimo sexta versión de Artfutura 2005 Objetos vivos. Espacios sensibles, al preestreno de la película Novia cadáver -Corpse Bride- del director estadounidense Tim Burton, (Eduardo manostijeras, 1990; Batman Vuelve, 1992; Ed Wood, 1994; Mars Attacks!, 1996; Sleepy Hollow, 1999; El planeta de los simios, 2001; Big fish, 2003; Charlie y la fábrica de chocolate, 2005; también escribió y produjo el film de animación Pesadilla antes de navidad,1993), que hoy 28 de octubre será estrenada comercialmente en España.

Este film está basado en una leyenda ruso-judía y ha sido convertido en un producto comercial mediante una sofisticada animación de marionetas cuyo diseño ha sido realizado en Barcelona por el Estudio Grangel. Es una película de una gran calidad visual que está sustentada, técnicamente hablando, en una modernización del antiguo sistema Stop Motion, que consiste en que cada acción de las marionetas sin hilos se crea con pequeños movimientos que son fotografiados y luego reproducidos a la velocidad suficiente para dar la sensación de movimiento real. La película sorprende también porque, al contrario de lo que se piensa, no es una producción digital sino “hecha a mano”, como los films de antes. Además cuenta con las voces de Johnny Deep, uno de los actores fetiche de Burton, Helena Bonham-Carter y Emily Watson

La película se desarrolla en un oscuro pueblo europeo del siglo XIX y cuenta la historia de Víctor, un joven temeroso y en apariencia débil, que debe casarse por conveniencia con una mujer a la que ni siquiera conoce, Victoria, hija de un matrimonio arruinado. Pero algo sucede y el pobre Víctor, tímido, torpe y nervioso, de repente se encuentra en el colorista mundo de los muertos donde desposa por equivoción a la novia cadáver. Una novia que le persigue y ama con locura pero que al final opta por dejarlo en paz para que se case con Victoria, la mujer cuyo corazón sí late y a quien él ama.

Es en esencia una historia de amor con mucho de caricatura e ironía que muestra la paradoja entre un grisáceo mundo de arriba, de los vivos, y un colorido mundo de los muertos. Mientras los vivos maquinan, mienten y se esconden de sí mismos en la oscuridad de su hacer cotidiano, los muertos gozan, cantan y hacen castañear los huesos porque ya nada les preocupa. Ya saben que la vida no es más que un estado momentáneo y que al final todos no seremos más que polvo, y no precisamente polvo enamorado, como lo dijera Quevedo en aquel fantástico e imperecedero soneto. El confuso Víctor no entiende ese inesperado descenso a los infiernos, descenso que sin embargo, le hace consciente del sentimiento supremo del amor, un amor que cada vez está más lejos pero que sin embargo lo redimirá. Y allí en ese inframundo vitalista, tremenda paradoja, los muertos siguen en su rumba, esperando la llegada de nuevos miembros que los acompañen en esa naditud donde no obstante, existe la fiesta.

Es un film optimista que, sin escapar al estilo que Burton nos tiene acostumbrados, se convierte en un cuento romántico con algunos destellos de poesía que desmitifica la muerte mediante la burla, el humor, una puesta en escena y una fotografía sorprendentes y una banda sonora que tampoco deja indiferentes a quienes, al otro lado de la pantalla, aún nos encontramos en el casi siempre oscuro mundo de los vivos…
Martha Cecilia Cedeño Pérez
*La imagen que ilustra este artículo ha sido tomada de:
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Y como colofón, os ofrezco el poema de Franciso de Quevedo (Madrid ¿1580? - Villanueva de los Infantes, 1645), uno de los grandes representantes de las letras castellanas de todos los tiempos, al que me refería arriba:
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Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

miércoles, octubre 26, 2005

Es verdad, Benedetti siempre viene bien

De mi época de estudiante universitaria recuerdo los atardeceres rojos, las jornadas de protesta con saltos de muro, piedras y gases lacrimógenos; las risas en los pasillos, el teatro, las primeras historias de amor, las poesías de Gioconda Belli y las palabras de Benedetti que con el tiempo casi olvidé, pero que hoy recupero porque, como afirma mi amiga Gabriela de la Peña, siempre vienen bien...



Táctica y estrategia
Mario Benedetti


Mi táctica es
mirarte
aprender cómo sos
quererte como sos


mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible


mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en voz


mi táctica es ser
franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos


mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple


mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin
me necesites.

lunes, octubre 24, 2005

ERA CHILLURCO. Un cuento de Melquisedec Torres Ortíz


Tiene nombre de profeta y en cierta medida lo es. Aunque, como reza el refrán, ha tenido que marchar del “terruño”, de la provincia, para poder ser escuchado y demostrar que, además de juventud, tiene talento y ganas de comerse el mundo. Y sí, a Melquisedec, como al personaje bíblico, le gustan las palabras, pero sobre todo le gustan las preguntas. Así que a su profesión de periodista le añade un componente más: el de creador de historias. Historias que hablan de Pitalito, Chillurco, pueblos que se convierten en metáfora porque recuerdan cualquier pueblo: uno Andaluz cercado de olivares, uno castellano rodeado de arideces, o esos pueblos latinoamericanos y colombianos perdidos en la montaña y casi siempre alejados de la mano de Dios, como diría mi abuela. Y allí en sus cuentos está la sinrazón, la cotidianidad, la violencia, los olores y paisajes de la nostalgia...
Pero lo mejor de Melqui (como le decimos en familia) es que no ha perdido la capacidad de asombro, ni de crítica, ni de sentar una postura, pese a estar muy cerca –físicamente hablando- a personas cuyas posiciones se mueven hacia la derecha… Así que desde el micrófono de la Cadena Radial Super o desde su pluma perspicaz, este hombre sigue urdiendo en las palabras que a veces incomodan a unos pero que casi siempre dejan pensando a todos y a todas.


Era Chillurco(1)
Melquisedec Torres Ortíz

“Chillurco, a 4 kilómetros”, rezaba el aviso vial en la ruta nacional de Pitalito a San Agustín. (2)Parecía cerca -es cerca- pero la desastrosa carretera destapada alargaba el camino con increíble molestia. Así la ví la última vez que subí a los 1.700 metros sobre el nivel del mar de esa vereda natal, – “hoy hará unos 10 años” me dijo el tío Gustavo la semana pasada – pedazo campesino que los políticos conservadores convirtieron en flamante ente territorial –inspección de policía que llamaban antes– para amarrar los doscientos votos ya cautivos de goditos radicales como mi bisabuela Nemesia. En Chillurco los liberales eran tres o cuatro, los López, especie extraña apenas aceptada con indisimulada desconfianza, rezago vívido de La Violencia(3).

Diez años después de otros tantos sin subir por sus faldas de verde emoción en las mañanas y azul misterio en sus atardeceres, mis recuerdos chillurqueños no son más que nublados espejismos en la memoria infantil que nos ataca con el dulce sabor de la nostalgia, a la que le discutimos en aquellos espacios que la mente dedica a mortificarnos la vida con el pasado.

Empero, son las vivencias que pusieron huella indeleble en lo que tengo por existencia. Y así la memoria vuela a aquel momento sentado en un montículo lloriqueando, solitario, tras comprobar que el pantalón corto que mi papá Luis Carlos había traído desde el pueblo, no me quedaba. Quizá tenía 6 años de edad, comenzando la escuela, por lo que la negativa emoción se conectaba con no poder ir al salón de clases estrenando.

Pobres no éramos, quizá sí de un nunca clasificado estrato medio rural. Con cuatro productivas fincas en las que brotaban el café en su bonanza de precios de los años setenta, caña de azúcar y su molienda, fríjol, tomate, plátano, maíz y yuca, más la pesca en el majestuoso, cercano y chocolatoso río Magdalena, y cacerías de temporada de armadillos, guaras y chuchas o zarigüeyas(4), la autosuficiencia alimentaria y los abundantes ingresos cafeteros brindaban prosperidad. Ah, además de una modesta pero bien administrada ganadería. Claro que don Luis Carlos solía hacer gala de una irritante austeridad que ya quisiera uno en los servidores públicos, carácter que entrañaba que, pese a ser patrón de decenas de trabajadores en las cosechas cafeteras o la molienda, tuviésemos un estilo de vida apenas superior al de los peones.

No lo culpo, lo admiro; él nació en cama de estera, apenas sostenida por duras tablas, sin padre que respondiera por su futuro y, al lado de Mamá Otilia, enfrentando desde los impúberes siete años la vida agreste.

Tal cuadro de orfandad paterna no era ajeno al árbol genealógico de los Torres y Rojas de que descendemos. Mamá Nemesia, la bisabuela ultragoda (5) que mantuvo su trono matriarcal, aún bajo el suplicio de los últimos años atada a la tan vieja como ella cama, culpa de enfermedades de las que nadie decía el nombre; sólo aquel genérico dictamen de improvisados legistas comunales escuché a mis 14 años mientras sus cinco sobrevivientes hijos, veintinueve nietos, veintidós bisnietos, tres tataranietos y un recién nacido chozne le despedíamos en ritual tribal de plañideras, tinto y aguardiente en el velorio, y tamales y envueltos en el novenario: “murió de vieja, la mató la edad”.

Esa Nemesia, la de blancos cabellos por lo añejos, enfrentó con valor inverosímil, de mujer de comienzos de siglo XX, aquella condición de madre soltera cuyos hijos el código civil napoleónico calificaba sin miramientos como de punible y dañado ayuntamiento. A la que, blandiendo la penal Biblia del Antiguo Testamento, y sin código napoleónico a la mano, un cura medieval e inquisitorial expulsó del templo al que acudió – parturienta - en busca del mismo perdón que por más graves faltas concedió el Nazareno a la Magdalena.

Inevitable desviación de mi génesis, y apenas menor drama el de Mamá Otilia pariendo a Luis Carlos, fruto del primer y miserable hombre de su vida, y a Héctor de su segundo e igual miserable macho. Ambos, canallas, huyeron de su natural compromiso y en esas mi papá asumió el rol que no ha abandonado sesenta años después: hombre de la casa y padre de su hermano menor.

Y Luis Carlos, habiendo acumulado su pequeña fortuna desde la nada, a esa nada volvió tras despreciar, cansado ya del lomo expuesto tantas jornadas al sol y al agua, la vida pastoril y silvicultora. Su primer necio acto comercial – de modernización en aquel instante – fue vender La Golondrina, la finca de la caña y la molienda y el café y del río Guarapas a pocos metros de su incestuosa unión con el Magdalena, y comprar con esos cuatrocientos mil pesos el más grande y hermoso carro que veían mis ojos, esos cuyo mundo no abarcaba más allá del extenso Valle de Laboyos(6), una chiva engallada.

Seguiría el traslado con los nueve hijos y Lilia al pueblo, a mis casi siete años y a mitad del primer año escolar, la enajenación de los otros predios El Cabuyo y El Lucio... y finalmente – primero a un mala paga y luego a otro del que no supimos cuándo pagó - las siete productivas hectáreas cafeteras y de pancoger(7), sede de aquella casa de bahareque desde la que nos extasiábamos hacia el oriente con el llano y plano y largo valle laboyano, y hacia el occidente con montañas de jade celestial y aguas cual enorme guarapo de cañaduzal(8) del ya mentado Yuma(9), esa en la que crecimos ocho de los nueve hermanos. Llegaría, ya instalados en el pueblo, la fraudulenta permuta que por otra chiva más nueva le hiciera un lobo con piel de amigo. Mi papá casi quedó manicruzado, pero él, que nunca ha saboreado el insulso sabor de vivir desocupado, se inventó el primero de cientos de oficios que lo han mantenido madrugando. Pobre, sí, pero jamás inoficioso. Y también se fueron las modestas casas embargadas y perdidas por deudas adquiridas en negocios de intentos desesperados de Luis Carlos para torcerle el cuello a la desgracia económica.

Chillurco, vocablo quechua que me marcó con hierro candente en la memoria eterna de los sueños idos. No podría ser distinto, puesto que allí - frente a las montañas que la cultura Ullumbe pulió para heredad de la humanidad y cerca de las aguas del gran río que dividen al Valle de Laboyos y el de Isnos – una vieja partera, en noche de tormenta, sacó mi cabeza al mundo.

Chillurco me suena y me sabe y lo veo en vivo y en sueños. Me suena a la fascinación de una lluvia a la que el campesino no huye cuando ha sido respetuoso de sus laderas y sumiso a la bondad de la naturaleza. Vieja sabiduría para decir que así, los aguaceros no son la maldición del dios enardecido sino el ciclo normal del verano e invierno. Eso sí, consultando el almanaque Bristol(10).

Sonidos me llegan de un viejo altavoz –corneta les decíamos los chillurqueños– instalado en lo alto de la casa de los pastusos Gómez, vecinos nuestros, abajo.

Me sabe a café tostado en la estufa(11) de leña de Mamá Otilia o en la de mamá Lilia. La primera, abuela paterna, la segunda mi madre, de Aguadas, una vereda más cercana al pueblo, a Pitalito, y conquistada por mi papá tras arriesgadas jornadas – no para un enamorado - a caballo o a pie desde Chillurco.

Me suena –horrible ruido– a machetes de fino acero blandidos uno contra otro en feroz batalla personal de los Meneses contra los Torres o contra los mismos Meneses. Mejor uso se les daba en las rocerías; de allí el ¡Chillurqueño!, estigmatizante apelativo que nos gritaban en el pueblo producto de esas afiladas peinillas.

Chillurco fue el olor a pan de trigo o maíz, vueltos sopa en caliente aguapanela(12).

Me sabe -veinticinco años atrás- a un dulzón olor y sabor a guayaba; me huele a una indescriptible piromanía escondida cuando veía arder los secos pastos del camino y los chamizos que estorbaban la cosecha.

Chillurco era.
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(1) Poblado situado en el Municipio de Pitalito, Huila, sur de Colombia.
(2) Ciudades pequeñas ubicadas en el sur del departamento del Huila, Colombia.
(3) Período de la historia colombiana que se desata con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y va hasta los primeros años de la década de los años 60, cuando los partidos políticos mayoritarios llegan a un acuerdo para sucederse el poder. Esta especie de guerra civil enfrentó a liberales y conservadores en una violencia sin cuartel, cuyas consecuencias aún son evidentes pues en aquella época surge las FARC, uno de los grupos guerrilleros más antiguos del país cuyo accionar aún se siente en la vida cotidiana de la república de Colombia.
(4) Animales de caza menor, propios de esa región de Colombia.
(5) Ultraconservadora, de derechas, vamos…
(6) Nombre del valle donde está situado la ciudad de Pitalito, Huila, Colombia
(7) Cultivos de productos como yuca (tubérculo americano), maíz, plátano, para el autoabastecimiento familiar.
(8) Cultivo de caña de azúcar
(9) Nombre con el que los indígenas prehispánicos de esa región de Colombia nombraban al Río Magdalena
(10) Almanaque muy tradicional especialmente en las áreas campesinas que además de informar sobre los santos, las fiestas patrias y profanas también iluminaba a los campesinos sobre las fases de la luna, los eclipses y sobre elementos metereológicos incipientes que señalaban los meses de siembra y recogida de los cultivos. En todas las casas de entonces había uno de esos almanaques que, nunca mejor dicho, marcaban el calendario de los días para muchos colombianos cuando la televisión no llegaba a todas partes y los pronósticos del tiempo se hacían a ojo.
(11) Cocina o fogón de leña
(12) Bebida dulce y muy energética que se hace con la panela, producto de la caña de azúcar (al agua se le agrega un trozo de panela y se pone a hervir). Para elaborar la panela se pasa la caña de azúcar por un molino para extraer su jugo que luego se pone a cocer en grandes ollas y a una temperatura constante hasta que la miel esté en su punto. Posteriormente se echa en moldes cuadrados o redondos hasta cuando cuaje y se conviertan en calóricos bloques dulces, alimento de las clases sociales menos favorecidas.
Me parece conveniente hacer esta especie de glosario porque algunos de los vocablos empleados por Melquisedec son muy propios del castellano americano y más concretamente de aquel que se habla en la región del sur de Colombia. Martha Cecilia Cedeño Pérez

Ciudad, incivismo y desorden


De un tiempo aquí, el supuesto “incivismo” que parece reinar en las calles de Barcelona se ha convertido en un tema reiterativo en las páginas de los principales periódicos locales y en los discursos de urbanistas y administradores de la ciudad. Les preocupa la degradación de algunos sectores a causa de las conductas poco cívicas de la gente: el desorden de los jóvenes en las fiestas, los inmigrantes y mendigos que duermen en las aceras o los bancos, los que orinan en los rincones de la calle, las “mujeres de mala vida” que permanecen en las esquinas… Les preocupa profundamente esa Barcelona sucia, inmunda, poco mostrable que nada tiene que ver con su imagen cosmopolita del Forum de las Culturas, es decir, con esa ciudad aséptica, ordenada, feliz y tranquila que tanta gracia hace a los dueños del poder… Como lo enuncia, con mucho valor civil, Manuel Delgado Ruiz en el siguiente artículo publicado en el diario El País (9 de septiembre de 2005).


El desorden
Manuel Delgado R.
Antropólogo - Universitat de Barcelona

El civismo es hoy uno de los discursos políticos centrales de nuestras autoridades políticas y mediáticas. Su deterioro ha sido el asunto central del último pleno municipal en Barcelona y de todo tipo de pronunciamientos en las últimas semanas. El civismo concibe la vida social como un colosal proscenio de y para el consenso, en que ciudadanos libres e iguales acuerdan convivir amablemente cumpliendo un conjunto de preceptos abstractos de buena conducta. El escenario predilecto de ese limbo es un espacio público no menos ideal, en que una clase media universal se dedica al ejercicio de las buenas prácticas de urbanidad. En ese espacio modélico no se prevé la posibilidad de que irrumpa el conflicto, puesto que en la calle y la plaza se presupone la realización de la utopía de una superación absoluta de las diferencias de clase y las contradicciones sociales por la vía de la aceptación común de un saber comportarse que iguala.


Barcelona es un ejemplo de cómo, a la que te descuidas, el sueño de un espacio urbano desconflictivizado, por el que pulula un ejército de voluntarios ávidos por colaborar, se derrumba en cuanto aparecen los signos externos de una sociedad cuya materia prima es la desigualdad y el fracaso. Y es porque lo real no se resigna a permanecer secuestrado que nuestros espacios públicos no pueden ser un cordial ballet de ciclistas sonrientes, recogedores de caquitas de perro y pulcros paseantes incapaces de tirar una colilla al suelo. ¿Quiénes son los responsables de que se frustre esa expectativa de ejemplaridad? Parece que esas bolsas crecientes de ingobernablidad se nutren de las nuevas "clases peligrosas", aquellas que el nuevo higienismo social, como el del siglo XIX, clama por ver neutralizadas, expulsadas o sometidas a toda costa: los jóvenes, los inmigrantes, los drogadictos, las prostitutas, los mendigos y esa nueva clase obrera que constituyen los trabajadores extranjeros y sus familias.

Sobre los inmigrantes como factor de suciedad nada que añadir a lo obvio: es pura xenofobia. En cuanto a las prostitutas, tampoco nada novedoso, puesto que son viejos personajes de las pesadillas de quienes quisieran que Barcelona fuera una ciudad ordenada y obediente. Con los indigentes y drogadictos formarían ese submundo de lo que en algunas ciudades latinoamericanas llaman "desechables", aquéllos contra los que se está animando a actuar con fines profilácticos, si hace falta como vemos que ocurre de vez en cuando con las acciones de cabezas rapadas.

En cuanto a los jóvenes, tampoco queda claro a quién corresponde atribuir responsabilidades incívicas. Se habla de extranjeros borrachos, por ejemplo, que se identifican como nuevos nómadas -los travellers- o turistas pobres, aunque es posible que a su lado encontremos a un buen número de estudiantes universitarios de casa bien que han acudido por miles a una ciudad publicitada internacionalmente como un colosal e ininterrumpido espectáculo al aire libre. Por cierto, es curioso que haya quejas al respecto del consumo juvenil de alcohol en público en una ciudad como Barcelona, en que el botellón no alcanza ni de lejos las dimensiones que conocen otras ciudades españolas como Madrid.

Luego tenemos el capítulo de fiestas descontroladas. Hace tiempo que los espacios festivos han demostrado su fracaso en orden a constituirse en ámbitos felices de cohesión social, y alguien debería recordar los graves desórdenes que conocieron las fiestas de Gràcia hace 30 años, el resultado de los cuales fueron 20 detenidos y un herido como consecuencia de los disparos al aire de la policía. Y es que la fiesta es lo que siempre ha sido, un territorio en que la condición crónicamente problemática de la vida social encuentra una oportunidad en que expresarse. En ese campo se confunden varias cuestiones. Por una parte, la del consumo masivo de alcohol, que no se ataja porque en gran medida depende de él la financiación de esas fiestas. Lo que ocurre es que luego se acabará sosteniendo que los desmanes los han provocado jóvenes borrachos de cerveza vendida por los "lateros" paquistaníes y no por la que les han servido los "buenos ciudadanos" que atendían las barras legales. En cuanto a la implicación de grupos alternativos, es un argumento perfecto para el hostigamiento policial contra la disidencia política radical. Igual no es casual que la asignación de culpa a movimientos sociales anticapitalistas en altercados como los de Gràcia precediera en unos días a un informe en que los Mossos d'Esquadra daban cuenta de la localización en Barcelona de activistas entre cuyos "crímenes" figuraba la difusión de ideas anarquistas y antisistema.

En resumen, lo que se da en llamar incivismo no es otra cosa que la afloración de realidades sociales que se niegan a ponerse entre paréntesis para que se vea confirmada la ilusión de que el desorden social ha sido derrotado por la "buena educación". Y es que, como sostenía aquí Josep Ramoneda en un sentido parecido, si uno lee lo que escribieron hace no mucho en estas mismas páginas Oriol Bohigas (27 de julio) y Félix de Azúa (11 de agosto) sobre el pozo de podredumbre en que se había convertido Barcelona, se llega a la conclusión de que lo que molesta a nuestros intelectuales burgueses no es la miseria o la marginación, sino tener que verla.

Mención aparte merece la invocación al término vandalismo para aludir a una nebulosa de conductas en la que manifestaciones de cultura urbana como son los grafitos se mezclan con formas de gamberrismo en las que una visión más profunda debería reconocer elementos de rabia y rencor contra ciertos aspectos del mundo. Todo acto de violencia es un acto de comunicación, cuyas causas no pueden ser atribuidas de manera simple a una patología psíquica o social. Y recuérdese: explicar no es justificar.

Por otra parte, y al respecto, cabría reconocer el descomunal abismo que, en cuanto a efectos, separa la llamada violencia urbana de la violencia urbanística. El 15 de julio, Bernat Puigtobella publicaba en EL PAÍS un merecido elogio a Destrucción de Barcelona (Mudito & Co.), de Juanjo Lahuerta, un libro que no trata precisamente del aumento de las conductas incívicas, sino de la devastación de que ha sido víctima Barcelona en los últimos años a manos del diseño urbano. Porque, si una papelera quemada es un "acto de vandalismo", ¿qué calificación convendría a esos barrios populares desahuciados en masa y destruidos por las excavadoras, a ese centro histórico despanzurrado para construir aparcamientos o a ése borrado para siempre de los restos y los rastros de lo que un día fue una de las ciudades más apasionantes y apasionadas de Europa?
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La fotografía de arriba me la ha enviado Gabriela de la Peña y es una imagen nebulosa de Barcelona -al fondo- desde uno de los cerros que la vigilan, allí, en la periferia.

sábado, octubre 22, 2005

Poema de Gabriela de la Peña, perfecto para un domingo gris...

Te echo de menos

Gabriela de la Peña Astorga
gabrieladelapena@hotmail.com
16 de octubre 2005; Saltillo, Coah.
Inédito


te echo de menos
este domingo
que cae
gris y aplastante
como sentencia de invierno


te echo de menos
ante la decidida luz de una vela
que me recuerda
otra ya consumida
en una sala pequeña
que ya no es tuya ni mía


te echo de menos
con la lluvia tímida
que anuncia una noche fría
en la que intentaré acercarte en mis sueños.

http://cronicasdemarcopolo.blogspot.com/

viernes, octubre 21, 2005

John Lenchester y El puerto de los aromas en la librería Catalònia


En la histórica librería Catalònia, que posiblemente tenga los días contados a causa del mobbing inmobiliario del que es víctima, fue presentado el pasado 20 de octubre el libro El puerto de los aromas de John Lanchester, ganador con esta obra del VI Premio de Narrativa de los Libreros (Premi Llibreter 2005), publicada en España por Editorial Anagrama y editada ya en catalán por Edicions 62 bajo el título El Port de les Aromes.

Lanchester (Hamburgo, 1962) es considerado como uno de los nuevos narradores ingleses más exitosos. Dentro de sus títulos se pueden destacar En deuda con el placer, obra con la que debutó en la narrativa, y El Señor Phillips.

El puerto de los aromas es una historia polifónica que cuenta la vida de personajes disímiles. Tom Stewart, un joven inglés que en 1935 deja un futuro estable para tomar un barco que le llevará a Hong Kong; María, una joven monja china que Tom conoce en esa travesía y que le enseñará cantonés; Dawn Stone, una periodista londinense que se instala en Hong Kong y de Matthew Ho, un niño refugiado que se convierte en empresario en el puerto de los aromas, que es lo que significa Hong Kong en chino. Y alrededor de estos personajes, la ciudad que cobra vida en una prosa contundente y minuciosa a través de la cual el autor va desvelando su atormentada historia reciente. Así dibuja una ciudad mítica que palpita en las palabras y que deja de ser mero marco de las acciones para convertirse casi en la protagonista principal de la historia.

Martha Cecilia Cedeño Pérez

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Llegar a la Catalònia para ver a un escritor como J. Lanchester es como mínimo sugerente. Así que acompañada por mi hija Luna del Mar que tiene 5 años nos acercamos hasta allí. Eran las 7 de la tarde y el autor estaba firmando algunos libros. "Es un escritor muy importante". Le dije a la nena cuando me preguntó quién era ese hombre alto, un tanto serio y de porte dintinguido. Y ¿Qué hace un escritor, mama? "Inventa historias", le respondí convencida. Y entonces le dije que era el momento de hacerle unas fotos. En efecto, hice dos o tres fotos y de repente ella me dice: "Ahora déjame a mi". Y entonces tomó la cámara, enfocó e hizo la foto que está arriba. Las pocas personas que estaban allí la observaban entre curiosas y divertidas. Ella simplemente sonrío mientras corría hacia la sección de libros infantiles. "¿Me lees un cuento, mami?". Me dijo, al mismo tiempo que agarraba uno de los libros expuestos.

Imagen: John Lenchester, firmando El port de les Aromes en la librería Catalònia, fotografiado por Luna del Mar Ruiz Cedeño. Barcelona, 20 de octubre de 2005.

jueves, octubre 20, 2005

Publicación en una Revista cuya historia llega a su fin

Historias de entretén y miento (Consejo Estatal Editorial de Coahuila)

En medio de unos días un tanto aciagos, la noticia de la publicación de algunos de mis poemas en esa revista mexicana eleva los sentidos y aúpa la convicción de que, pese a la sinrazón y ordinariez del mundo, no todo está perdido para quienes aún seguimos con la idea, estúpida y poco práctica dirían algunos y algunas, de que las palabras redimen aunque no den dividendos económicos.

Y nos confirman también que todavía hay personas como Jaime Torres, a quién no conozco, que se la juegan por editar una revista donde se tejen historias y versos. Revista que, según dice Gabriela de la Peña en su blog, desaparecerá después de 15 años de llenar un espacio con las voces de hombres y mujeres cuyas vidas parecen estar hiladas en las palabras. Es una lástima pero también una realidad en los tiempos que corren: hacer revistas culturales no es productivo. Que desaparezca una revista no es tan trágico; sí lo es que quiebre una fábrica o que explote la burbuja inmobiliaria o que las acciones bajen en la bolsa o que la selección del fútbol del país no vaya al mundial…

Así que a las ilusas/os, utópicas/os y soñadoras/es de siempre sólo nos queda una cosa: la búsqueda de la palabra desnuda que nos permita contar y contarnos, resistir e insistir en un oficio callado y casi clandestino que desempeñamos en las horas más inverosímiles. Porque el mundo nos exige trabajar para poder subsistir, la mayoría de las veces en oficios que no nos apetece o que no tienen nada que ver con lo que nos gusta o hemos estudiado (¡vaya condición más miserable!)… Así que mientras alguien no descubra nuestro talento, si es que lo hay, sólo seremos aprendices en la sombra, autoras y autores a ratos; seres liminales que padecen esa enfermedad de la escritura.

Mi amiga Gabriela de la Peña reseña en su blog este número de la revista "Historias de entretén y miento" (Consejo Estatal Editorial de Coahuila).
Este número es algo especial, de verdad (y va de nuevo mi agradecimiento a Yaz Ramírez, por haberme acercado a esta revista, que ha sido una experiencia total para mí).Comparto en él, espacio con gente que ha sido muy importante en mi vida: Martha Cecilia Cedeño Pérez, quien no necesita mayor presentación, pues forma parte indiscutible de este blog y de mi lucha desde un afortunado invierno de 1999; Dulce María Arvizo, mi hermana de Chihuahua; sendas compañeras de vida. También están Rafael Rivero Palomares y Alfonso Solís Abraham, que hace un par de meses estuvieron en mi aula de "Comunicación Efectiva"; Oscar Guajardo Garza, autor del "Onto tonto", que acompañé en este blog junto a una foto de Marquino y con quien pude compartir salón en aquella sesión inolvidable con Eduardo Parra en el Icocult. Gente a la que quiero y admiro tanto... todos ellos, compañeros del tormento-placer de la escritura...
Mi rana muda (la del cuento de este número de "Historias de entretén y miento") no está sola; se hace acompañar de estas voces variopintas, que tienen también historias de tripas y sudores detrás de cada una de ellas.
!Gracias Jaime por publicar esos modestos versos, por dejar escuchar mi voz allí donde el mundo también es, como dice C. Alegría en uno de sus libros, ancho y ajeno! Y también Gracias a tí, Gabi, por creer en mi y llevar mis poemas hasta Jaime.
Martha Cecilia Cedeño Pérez

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...