jueves, septiembre 27, 2012

Tres poemas de Antonio María Flórez

Ayer, en una de esas coincidencias magníficas de la vida, me encontré con el poeta hispanoamericano Antonio María Flórez, a quien había visto por última vez en Barcelona hace dos años. Fue uno de esos momentos increíbles en que confirmas efectivamente, aquel lugar común de que el mundo es un pañuelo. Y después de los abrazos y las respectivas preguntas,   me regaló uno de sus últimos libros Corazón de piedra (littera Poesía, 2011). Y me invitó a la presentación de su último poemario  Bajo tus pies la ciudad (De  la luna libros, 2012), que estoy ansiosa de leer. Sobre éste hay un excelente trabajo de Emilia Oliva, que se puede leer en el siguiente link:

De Corazón de piedra:

MÁS ALLÁ 
             
                      Eso que intuyes
más allá de las sombras,
de ese mar que resuena
en la noche inagotable 
de los sueños,
            es la esperanza.
                                      -¿Apesar de la fiebre?
A pesar.




LA INEFABLE VERDAD

       Es invierno y sobre la colina
hay un hombre agobiado de paisaje.
En su corazón la llama del amor
se encoge. Puños de silencio.
Una mujer se difumina en la bruma
y un niño se aferra a sus manos, crece.

    Por el aire,
la piedra y la ceniza,
las nubes deshilachadas ,
                           la herrumbre,
el humo y las estrellas en derrota.

     Sombras y extravíos.
Ruinas grises  en vez de sueños.

     Es infamante aprender
a golpes de metal, a mazazos,
   cómo se nos tuerce el destino,
cómo se nos muere aquello que anhelamos.

    Así, incombustible,
gira el planeta en su órbita infernal
y fugazmente intuimos en su elipse
la inefable verdad del universo.

De Bajo tus pies la ciudad:

Cintura de agua, crepúsculo de arena,
algunas barcas dormitan la luz
de los pescadores ausentes
que beben en el puerto
su sueño de mujeres y licor;
entre ellos tu, abstraído en la nada,
no alcanzas a escucharme.
Después tu memoria
caerá  en un charco
y dirás que Itaca
es un lejano puerto
al que nunca se puede llegar.

martes, septiembre 25, 2012

DES DEL DESERT

El lunes 1 de octubre mi amigo Josep Anton Soldevila  presentará su libro Des del desert  (in-Verso edicions de poesia) en el Ateneu Barcelonès.  Es una pena no poder estar allí para disfrutar de sus versos serenos y profundos, de sus palabras siempre plenas y renovadas.  Aquí os dejo la invitación:







lunes, septiembre 03, 2012

Noche de hotel

A las 13:00 horas  me registro en el hotel Ambalá, situado en el centro de la ciudad. Un lugar sin grandes espavientos pero bastante cómodo (y nada barato, por cierto). "Doctora, su habitación es la 805",  dice la chica de la recepción mientras me entrega la llave correspondiente. No es la primera vez que me hospedo aquí, así que ya conozco el camino.  
En el cuarto, espacioso y pleno de luz gracias a una pared-ventana en cuyo costado hay una puerta que da paso a una terraza desde donde se observa una parte de la ciudad y una montaña exhuberante,  hay una cama doble vestida con una manta de algodón de color azul profundo,  dos mesitas de noche con sus respectivas lámparas, un televisor de pantalla plana sujeto a la pared, un escritorio y un armario  de madera...  En suma un conjunto básico y bien dispuesto sin mayores artificios ni pinturas mal copiadas ni decoración estridente, todo a juego con las paredes de un blanco impoluto.
Después de una ducha  caliente, bajo al restaurante y más tarde tomo un taxi a la universidad.   ¡Me espera una sesión de cuatro horas con mis estudiantes de tercer semestre de la maestría en literatura! 
A las 21:30 estoy de regreso. Me  despojo de todo aquello que me incomoda y me tiendo en la cama para disfrutar de la sensación que produce ocupar fugazmente un "no-lugar" tan impersonal pero habitado de alguna manera, por otros pasos ajenos y cercanos.  
 Las sábanas huelen a lavanda.
No puedo conciliar el sueño pese al cansancio o quizá por ello. Y cuando estoy justo en las fronteras del duermevela siento que el colchón de la cama ondula un poco. "He sido yo misma, seguro he cambiado de posición", pienso. Me relajo, estiro las piernas y cierro lo ojos. No muevo ni un músculo de mi cuerpo entonces tengo la nítida sensación de que alguien o algo se ha puesto suavemente sobre la cama. Y justo en ese instante las perchas metálicas suenan dentro del armario empotrado.  Enciendo la lámpara y casi sin darme cuenta, abro las puertas del armario. Veo tres perchas vacías que se mueven y junto a ellas otra, en donde está colgada mi camisa blanca que me pondré mañana, totalmente inmóvil. Quito las perchas vacías y las arrojo  al fondo del armario.
Vuelvo a la cama y entonces me pregunto ¿por qué diablos se han movido las perchas? Mi cabeza trabaja en argumentos racionales, incluso llego a pensar que ha habido un pequeño temblor. ¡Pero solo se movían tres perchas y el armario estaba cerrado igual que la ventana, así que no habían corrientes de aire!  Y en ese momento experimento un miedo pleno.  Enciendo todas las luces y la televisión. Mis sentidos están aguzados.
A las cuatro de la mañana me quedo dormida y a las seis suena el despertador. Tengo clases a las 8:00 am pero antes miro los diarios digitales: no ha habido ningún movimiento telúrico en Ibagué y zonas aledañas...

domingo, agosto 12, 2012


DESMEMORIA

¿Es mi fatum la huella de tus manos?
Desde la caverna escucho
tus palabras
náufragas en la última noche
de septiembre.

Palpo sin  temor
los ojos espesos del olvido.

De Versos en Claroscuro, in-Verso, Barcelona, 2012

viernes, julio 13, 2012

Recorrido en buseta

A las 15:30 Neiva arde. El sol, inclemente, reverberea en las calles y en las hojas de los árboles. No hay ni un alma en las aceras, ni una gota de aire en los tejados. ¡Mierda! digo, mientras salgo de casa de malhumor. Coja la buseta no. 4 en la calle de arriba, dice mi padre. Camino con el sol en la espalda. Siento que mi cabello aún húmedo -acabo de ducharme por segunda vez en este día-, se empieza a calentar sin consideración. Una moto con dos ocupantes pasa por mi lado y casi me roza. Pienso en todas las palabrotas   ibéricas que ya no puedo borrar de mi cabeza.  Espero cinco minutos en una acera (aquí no hay paradas estipuladas y la gente hace señales a los autobuses y busetas donde le da la gana). Veo la buseta no. 4 pintada de azul. Levanto la mano. Para. Pago 1300 pesos. Ojeo el interior. Sólo lleva tres ocupantes: dos hombres y una mujer. Busco un asiento estratégico en el que el sol no me encuentre. El vehículo parte por calles tantas veces repetidas. Y yo empiezo a observarlas mientras los recuerdos acuden a mi mente. La memoria se ensancha en cada esquina, en cada cada recodo, en cada barrio. Por aquí vive Lucía, pienso. Hogar infantil Santa Isabel y veo a mi hermana Mariela con  cuatro años. Lleva un vestido azul y está aferrada a la verja metálica,  llorando: tata no me deje. La buseta continúa. El sudor empieza a desgajarse por la espalda. ¡Joder!  Estos barrios no cambian. Sector de malandrines, casas repetidas y empobrecidas. Delincuentes. Desheredados. ¡He pasado tantas veces por estos lares!  El puente. El río.  ¿Más limpio? Observo unas garzas blancas y el agua más clara y en las orillas basuras. Arriba de todo, hace 20 años el río hacía un charco precioso: Pozo Azul. Allí nos bañamos muchas veces cuando éramos adolescentes. Pero ahora... Los semáforos tardan una eternidad en cambiar. ¡Y este calor terrible!  Ahora sube hacia un sector que antaño era el lugar de la burguesía neivana. Observo la iglesia  y me veo vestida de novia... Gira.  Pasa por una avenida y muy cerca de ahí recuerdo mi primer lugar de trabajo como  profesora universitaria. Sigue recto y pasa por la antigua Zona Rosa. Amores. Rockola. Cerveza. Bailes. Flores. Comidas. Promesas de felicidades fugaces. Carrera Quinta. Río Las Ceibas. Calles, calles y más calles anodinas, atravesadas por gente modesta de rostros morenos de sol. 
Lugares conocidos y distantes. Magnánimos en el intersticio de la memoria, vulgares ahora que los recorro con este calor de los mil demonios a punto de deshacerme.  Lugares olvidados, recordados, tergiversados. Lugares signados por la inercia, la quietud y la distancia. 
¡Mierda: cómo pasa el tiempo!

miércoles, julio 11, 2012

Escribir...

Llevo muchos días sin escribir una línea. Hace un mes lo atribuía al estrés de mi vida en Barcelona, a la situación de desesperanza que se vive en España, al hecho de realizar un trabajo precario, a la ansiedad que produce los preparativos del viaje... Excusas y más excusas para tapar la realidad. 
Me encuentro seca de palabras. Allá y aquí.
Ya son tres semanas en el trópico en las que he desconectado de tal manera, que no he tenido voluntad ni para actualizar este blog como debería ser.  Ni para sentarme a escribir un verso.  Nada.  Y me siento culpable por ello. 
Por suerte, leo. Y leo mucho porque porque estoy preparando un curso sobre ciudad y literatura que dictaré para una maestría en la ciudad de Ibagué. ¡Es lo único que me salva!  
Así que ahora, en medio de una canícula atroz (en la ciudad de Neiva a mediodía fácilmente se puede alcanzar los 40 grados),  me dedico a leer novelas colombianas. He comenzado por Sin remedio de Antonio Caballero. Y me ha encantado. He redescubierto una obra magnífica, que he podido degustar en la biblioteca del barrio de mis padres  que ¡tiene aire acondicionado!. La siguiente novela es ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo, que leeré en las madrugadas cuando todavía e vaho caliente no se ha adueñado de las ventanas, de los salones, de los patios, de los cuerpos. El momento propicio para dejarme llevar por las palabras.
Cuando pase esta alegría por el calor de la familia primera, por el magnífico encuentro con lo conocido, seguramente volveré a escribir. Espero hacerlo. Mi segunda novela ronda sin cesar las madrugadas.
Mientras tanto sigo con la lectura...

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...