miércoles, noviembre 23, 2005

UN CUENTO DE ANA ZULEIKA

El Mundo de Juan Claudio
Primera Parte

Ana Zuleika


En el mundo de Juan Claudio el pecado era una idea, una advertencia apenas, contenida en el Libro Sagrado ¡Amén!

Los locos -esos honestos suicidas- estaban prohibidos, el deseo era una cosa de películas, los vicios un recurso para la escritura de otros lados, por supuesto.

En el mundo de Juan Claudio había un solo prototipo humano: el de la falsificación institucionalizada.

Las primeras medidas eliminatorias de la naturaleza humana que Juan Claudio dio a conocer con un cartelón pegado a las puertas del que consideraba su mundo, fueron recibidas con cierta molestia, acompañada de una incomodidad destinada a ser susurrada en los espacios “seguros”, tomadas, por cierto, las precauciones necesarias.

Pronto, en el mundo de Juan Claudio todos se dieron cuenta de que la supervivencia pendía de dos hilos: el refinamiento de las apariencias y la paciencia ante la espera; estaba claro que en el mundo de Juan Claudio nada era eterno. Había que esperar, eso era todo. Y mientras, bailar con maestría al son de la tonada descolorida de Juan Claudio, quien no podía siquiera imaginar el sublime misterio de una danza colectiva que marca con exquisito detalle la sincronización de razones particulares sobre un mismo suelo.

De modo que del mundo de Juan Claudio se fueron los colores, los contrastes, y huyó sin aviso la hermosísima metáfora de la luz transformada en mil destellos espontáneos, irrepetibles.

Todos, capitanes, generales y soldados rasos aparecían en el mundo de Juan Claudio con el uniforme gris de la mediocridad, como marcaba el reglamento 53479-Bis, “el traje de la estandarización sin conflictos”, se ufanaba Juan Claudio en decir a quien debiera escucharlo la tarde en turno.

Afuera, en el mundo que no era el de Juan Claudio, las cosas eran bien distintas; y sólo fuera de su perímetro era posible la vida. Esa que corre riesgos, que comete errores y tonterías, que vibra de emoción y arrojo ante los retos cotidianos, a veces buscados, otros sorpresivos; unos bienvenidos, otros maldecidos. Retos ínfimos, no artificiales, acordes con la sinfonía universal, atemporal: normal.

Palabra ésta, “normal”, que Juan Claudio creía dominar con un don venido de Lo Alto, de lo perfecto, de lo correcto y lo conveniente.

Desconocía Juan Claudio que pudiera haber otro tipo de normalidad, de estética o de ética (palabras que de haber escuchado alguna vez, hubieran sonado a sus oídos a blasfemia condenatoria). Fuera de su mundo sin errores, por lo tanto, Juan Claudio no podía imaginar realidades otras, placeres otros, vida otra.

Para Juan Claudio, cualquier desbordamiento, la más mínima irregularidad amorfa, representaban un peligro, un tumor que había que extirpar públicamente, a poder ser. No fuera a suceder que esto fuera un cáncer que mágicamente trasmutara a virus incontrolable que hiciera perder el equilibrio perfecto de su tablero de ajedrez; que tanto trabajo, tanto empeño, y tanto liderazgo le había costado construir. La mano dura no era algo que se diera en árboles frutales. ¡No, señor! Había que ejercitarla, hacer de ella una máquina sin margen de error. La mano dura desgastaba, ¡cómo no! y Juan Claudio no iba a permitir que nada ni nadie estropeara su desvelo obsesivo de tantos años.

Así es que el mundo perfecto de Juan Claudio funcionaba de nueve a seis. Sin retrasos ni caídas en el sistema. Y los habitantes de ese mundo aprendieron a fingir, a resignarse a ser habitantes del juanclaudismo durante ocho horas al día. Y a vivir, respirar y vibrar en libertad fuera de él, con toda puntualidad, después de las seis de la tarde, de lunes a viernes.

Los habitantes del mundo de Juan Claudio crearon los más fascinantes mundos alternos; lejos, muy lejos del radio de ese otro universo de porcelana que se instalaba con esmero e insultante visibilidad en medio de la ciudad.
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