sábado, noviembre 12, 2005

Incidencias de un trabajo de tesis

Estos días un poco aciagos he pensado en lo que ha significado para mí la elaboración de la tesis doctoral. En los vaivenes de un trabajo que inicié como tal hace más de 4 años y que está traspasado indefectiblemente por mis tempos personales, por mis miedos y mis pasiones, por las incertidumbres y las certezas, por los cambios y agitaciones que han sacudido mi vida durante este período.

Alguien debería escribir sobre todo lo que implica hacer una tesis doctoral. Elaborar una especie de diario pormenorizado donde se detallen los altibajos, las confusiones, las dudas, los entuertos, los cambios de ruta, las vueltas atrás... O, mejor, hacer un trabajo de investigación partiendo de una simple pregunta: ¿Cómo se llega al final de una tesis doctoral sin morir en el intento? -pregunta en absoluto novedosa, por cierto.

Seguramente se descubrirían muchas cosas. Porque hacer un trabajo de esa envergadura implica voluntad, una alta dosis de paciencia y resolución para llevar a cabo una labor que en la mayoría de los casos, en el mío al menos, se convierte en un acto de amor. Voluntad para sacar tiempo de otros tiempos ya fijados, el trabajo en y fuera de la casa, los hijos, el esposo/a, las obligaciones del día a día ; robarle tiempo al sueño y a los sueños… Pero en esas nuevas rutinas en las que la lectura, la escritura y la reflexión suelen primar también se pueden hallar elementos colaterales interesantes. El despertarse más temprano, por ejemplo, nos hace testigos de amaneceres espléndidos, de cielos despejados con algunas estrellas que se niegan a dejarse vencer por la contaminación; y si se trabaja por la noche el silencio se convierte en un cómplice perfecto para las divagaciones y para ojear de vez en cuando a través de la ventana y descubrir que en el edificio de al lado hay alguien que tampoco duerme (en mi caso personal debo confesar que una de las cosas que más me servían para despejarme, después de estar varias horas frente al ordenador, era mirar justo esa ventana donde muchas veces se perfilaba la figura de un hombre y la de otras personas. Supe un poco de sus movimientos: la música y el baile en el verano los delataba).

Dejando de lado esas especulaciones está claro que con la voluntad viene la disciplina, el fijarse unos objetivos de trabajo definidos y disponer de unas franjas horarias es una buena estrategia para cumplir con los objetivos propuestos, esto es, terminar la tesis y salir indemnes. Pero decirlo es muy fácil. Cuesta habituarse a unos horarios, cuesta cumplirlos y no dejarse vencer por las obligaciones cotidianas, por el sueño, por la pereza, por el hastío, por la certeza aplastante de que en esencia no se está haciendo na-da-nue-vo, de que sólo estamos recorriendo un camino por el que otros con mayor o menor fortuna ya han pasado pues, como en la literatura, ya casi todo está dicho. Y por experiencia se que lo mejor para seguir avante es tener paciencia y resolución para encontrar nuevas conexiones en lecturas y temas trillados, para hallar esos hilos que nos permitan proseguir con la esperanza de que estamos contribuyendo en algo a la ampliación de conocimientos sobre una materia dada.

Tenemos la certeza entonces de que un trabajo de investigación también es una invención, una creación. Una especie de obra de arte hecha con lo que creemos mejor, con aquello que se aviene explícitamente a nuestro tema de estudio, con lo que nos ilumina para encontrar no una respuesta sino una de las tantas interpretaciones. Y, no obstante, cuando ya finalizamos nuestro trabajo y lo leemos de nuevo, nos damos cuenta de que todo pudo ser mejor, de que es una obra inacabada y que si volviésemos a hacerla obviaríamos muchas cosas y seguramente pondríamos otras… Pero ya es tarde: esa tesis ya se ha terminado, pues como en el amor hay que saber poner fin a tiempo.

¡Y cuántas cosas pasan cuando llega ese momento! Cuando Manuel Delgado, mi director de tesis, me dijo: “Martha, esto ya está”, sentí que me había quitado un peso de encima pero también que no había hecho nada. Y a la postre, experimenté además una especie de nostalgia porque veía que en efecto, ese acto de amor bastante largo por cierto, ya se había acabado.

Y la obra ya está ahí, quieta, muda, a la espera de que alguien la lea por enésima vez… Y en esas páginas está también parte de mi vida, un antes y un después, un sueño largamente acariciado, un tumulto de vivencias, de confusiones y conjunciones. Allí estoy yo mezclada en las palabras y sus contornos y en ese objeto que intenté abordar en principio sin éxito…

Fotografía y texto: Martha Cecilia Cedeño Pérez
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