sábado, noviembre 05, 2005

Espacio público: sugerencias y sentidos

"Paisaje Urbano" de Lina María Cedeño Pérez

Si el espacio público se concretiza en la ciudad y más específicamente en la calle, es pertinente enunciar ciertos rasgos que permitan dilucidar algunas de sus características volviendo a la viejas y discutidas dicotomías espacio/ territorio y público/ privado, que si bien no son inseparables si tienen connotaciones que les distinguen y afectan.

En primera medida, el espacio no es una realización en sí mismo sino que está constituido por prácticas, por representaciones simbólicas y discursos. Es un ámbito virtual que es posible ordenar de distinta manera y que a su vez es el lugar de la acción, de las relaciones sociales que ocurren en él; por ello está íntimamente ligado con la noción de lo público.

El territorio, al contrario, es un espacio normatizado, organizado, culturizado (1), sujeto a determinadas reglas sociales y, por ello, con cierto toque de exclusividad que a su vez incluye la idea de poder. Desde esta perspectiva el territorio es contrario a lo urbano puesto que éste se concibe como el conjunto de prácticas que se organizan en torno al movimiento e inestabilidad, y se acerca a la polis, como presupuesto de planificación, de organización y control de un territorio citadinos.

En términos generales mientras que el espacio “se ha cualificado y clasificado por nuestros recorridos y nuestras estancias, como un espacio de saberes, de rutinas que orientan las actividades que allí tienen lugar” (2), el territorio es un espacio marcado, organizado en cuyos límites la polis se ensancha con más vigor. Este lugar demarcado, organizado y vigilado no puede ofrecer las múltiples perspectivas que señala una noción de espacio en cuya esencia es justamente la de acoger tipos y usos simultáneos o sucesivos, acciones de toda índole.

Ahora bien, cuando se habla de espacio también se piensa en la dicotomía tan acentuada público/privado, díada que no está separada del conjunto de dicotomías que se han manejado durante mucho tiempo en las ciencias sociales; por ello es importante comprenderlas así sus límites cada día sean más borrosos en un mundo donde la globalización ha estandarizado los comportamientos, las nociones y los hábitos de quienes habitamos este planeta, a través de mecanismos como los medios de comunicación.

El campo semántico público-privado remite hoy a la diferenciación griega antigua de lo político/económico, de polis (la ciudad como comunidad o colectividad, proyecto de interés común, expresión del ser humano como ciudadano) y de Oikos (la casa, hogar de las actividades materiales, espacio del individuo como productor (3).

En términos generales se puede decir, entonces, que en lo público subyacen nociones que tienen que ver con lo visible, accesible, abierto: con la ciudad; y lo privado, con lo secreto, inaccesible, cerrado: con la casa. El primero se aproxima a la puesta en común, a los asuntos colectivos, y el segundo, se relaciona con lo propio, lo individual; pero también tiene otras connotaciones importantes relacionadas con la idea de las apariencias, de la falsedad (para lo público) y la verdad, la franqueza, para lo privado. Connotaciones que se pueden aplicar perfectamente al estudio de la calle como lugar de lo público en donde prima la apariencia, la máscara, las expresiones visibles que posibilitan la coexistencia entre los habitantes quienes ponen en práctica ciertos códigos rutinarios, ciertas convenciones y mecanismos para convivir de manera armónica en un espacio por esencia polifónico.

Así pues, pese a la ambigüedad que encierra lo público y lo privado, se puede resolver teniendo en cuenta el principio de accesibilidad, que nos remite a una noción práctica inscrita en los comportamientos, en la frecuentación, en las representaciones colectivas que en últimas determinan el carácter de un espacio.

Partiendo del hecho de que el espacio público no es simplemente un espacio libre, simple separación o prolongamiento del espacio privado de habitación, ni tampoco el espacio colectivo apropiable por una comunidad de vecindad y que se debe comprender como espacio de saberes y definirlo como espacio de visibilidades y enunciados, de conocimientos concurrentes o compartidos, que a su vez puede acoger simultánea o sucesivamente tipos de usos diferentes, es posible señalar entonces, que es en la apropiación práctica como éste cobra su sentido más pleno.

Apropiado y practicado el espacio público no es un lugar sino una organización de la coexistencia cuya única regla es la legibilidad en el extrañamiento mutuo mediante la puesta en común de un sistema de signos corporales y gestuales. Lo urbano aquí tiene que ver con el arte de vivir juntos, con las maneras de vivir en la ciudad, con el conjunto de prácticas sociales que por naturaleza son inestables y que a su vez consolidan vínculos débiles y precarios pero conectados entre sí. Es decir, se podría considerar la ciudad como una materialización de lo público en donde la diversidad de las acciones no viene únicamente de la variedad de los actores sino también de la multiplicidad de usos que cada individuo-actor da en su interacción con los espacios públicos.

Es entonces, en el espacio público en donde los individuos se encuentran permanentemente en presencia de otros, en donde son visibles como apariencias, como máscaras; Y su caminar es la ejecución de una danza comprensible, inteligible y creativa también. Allí, en la calle, se da la experiencia sensualizante del espacio: el movimiento, la sensualidad inmediata de los cuerpos, traspasado de turbulencias expresivas que llenan el espacio de percepciones, de acontecimientos de los cuales está hecho lo público, en un ámbito de inestabilidad y de fragmentariedad.

Así pues, los que deambulan por la calle no son personas sino unidades de locomoción y participación, como diría Goffman. Vehículos dotados de mecanismos visibles y disposiciones inteligibles para los otros que según éstas, asumen la orientación y los comportamientos pertinentes. Esas señales se manifiestan a través de la “externalización” o “glosa corporal” y se traduce en la forma como una persona “utiliza claramente los gestos corporales generales para que se puedan deducir otros aspectos, no apreciables de otro modo, de su situación... así, al conducir y al andar el individuo se conduce de tal modo que se puedan interpretar su dirección, su velocidad y la decisión que ha adoptado al rumbo que se propone seguir...” (4).

La calle como esencia de lo público y escenario de la agitación de la vida social, manifiesta a través de las acciones y prácticas de quienes con sus requiebros minimalistas la llenan de sentidos y figuraciones, es también la consolidación de lo urbano en un mundo en cuyo seno debemos movernos constantemente en un espacio público potencial, abierto a todos los puntos de vista. Por ello, siguiendo a Joseph, podría afirmarse también que una estética de la vida pública supone un doble desplazamiento fuera del edificio y fuera del recinto subjetivo, en un “entre-dos” que no es solamente abstracto, que puede ser definido como ecológico. Doble intervalo pues: al pliegue de las cosas y al corazón del acontecimiento (5).
Martha Cecilia Cedeño Pérez
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(1) GARCIA, José Luís. Antropología del Territorio. Taller de Edición Josefina Betancor, Madrid, 1976.
(2) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad. El espacio como lugar de la Acción. Universidad Nal. De Colombia: Medellín, 1999. Pág. 33
(3) MONNET, Jerome. "Espacios Públicos, comercio y vida Urbana en Francia, México y Estados Unidos". En: Alteridades 6 (11): pág. 11
(4) Ibid., pág.30
(5) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad, p. 58.
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