viernes, marzo 31, 2006

Una mujer de madrugada

Desde hace 15 días hago una cosa que jamás había hecho: caminar de madrugada por las calles solitarias de la ciudad. Es una sensación al mismo tiempo agradable e inquietante. Agradable porque experimento una especie de libertad, de amplitud, de independencia, al conquistar un tiempo -la noche- y un espacio -la calle- que siempre ha sido problemático para las mujeres. Y de inquietud porque una mujer que camina sola a las dos y media de la madrugada es, cuando menos, inquietante, una figura liminal, fronteriza; un ser ambiguo que se mueve en ámbitos difusos. ¿Quién es esa? ¿Qué hace a esta hora de la madrugada? ¿Qué busca?

Es decir, nos pone en una situación doblemente problemática pues por una lado nos convertimos en el punto de mira de los otros ocupantes de la calle (hombres, por supuesto), que perversamente se abrochan el derecho de mirar sin contemplaciones, y por el otro, sentimos miedo porque se pueda vulnerar nuestra integridad física. Pero además porque muy en el fondo aún sentimos ese prejuicio atávico de estar navegando en aguas que no son las nuestras, de estar haciendo algo "fuera de lo común" e impensable en contextos como el latinoamericano por ejemplo.

En ciudades como Bogotá o Neiva (Colombia) caminar solitaria por un escenario nocturno es más que un acto de fé: es una locura. Allí la inseguridad física se acentúa no sólo por los "desórdenes" de una sociedad en donde priman aspectos preocupantes de violencia, sino porque la misma conformación, estructura, diseño de las urbes no está preparada para el tránsito de esos seres considerados "inferiores" o "vulnerables". No existen vías peatonales adecuadas para los tránsitos ni una iluminación que permita tener una visión amplia del espacio y sus potenciales habitantes por lo que siempre se está en la mira de los maleantes y pervertidos. Así que las mujeres, los niños, los minúsvalidos lo tienen bien dificil para poder desplazarse no solamente de noche, lo cual es entendible dadas las circunstancias expuestas arriba, sino de día, lo cual es todavía más preocupante.

Así que conquistar la calle nocturna se ha convertido para mí en un reto, un reto que no hubiese podido llevar a cabo si las circunstancias laborales no me lo hubiesen exigido, pues trabajo de las 8 de la noche a las 2 de la madrugada en una empresa de asesoría telefónica. Está muy cerca de casa y de día ir hasta allí se convierte en un paseo agradable y despreocupado, pero de noche la distancia se multiplica y es como si quedara a kilómetros. No hay un autobús nocturno que me vaya bien y pagar un taxi implica gastar la mitad de mi sueldo (en Barcelona las tarifas de taxis son costosísimas) y por otro lado, queda solamente a 20 minutos de casa caminando. Aquí se puede aplicar muy bien aquello de tan cerca pero tan lejos, sobre todo porque en el trayecto debo pasar por debajo del puente del ferrocarril y por un lado del parque de Les Planes, lugares que por su conformación dan un poco de miedo.

Pero la verdad, más que el temor a cruzar por esos lugares que en la práctica he descubierto hermosos y poco inseguros, lo que me hace experimentar cierta angustia es ese miedo que me acompaña desde mi adolescencia en Colombia en donde, como ya he sugerido, el tiempo y lugar de la noche es un cronotropo insalvable para las mujeres. Así que el miedo no está fuera sino dentro de mí. Temo a la oscuridad -que en verdad aquí no existe porque todo está muy bien iluminado-, a la hora -!dos y algo de la madrugada!-, a que alguien me persiga de repente, a que salga un fantasma del cementerio que está junto al parque y me asuste (es surrealista, lo se, pero permitirme ese exabrupto), a que alguien me confunda con una buscona, prostituta o algo parecido...

Todos estos temores inculcados en una socialización de la debilidad, del temor, de la vulnerabilidad y de la convicción de que la calle y la noche son, ante todo, para los hombres (aún recuerdo mi época de estudiante de literatura cuando empecé a descubrir la noche y sus trasuntos, faltó poco para que mi padre me echara de casa "una niña bien no llega a estas horas de la noche", me decía. Ah, y recuerdo el sonido de las ventanas de los vecinos cuando se abrían: los ojos de las señoras estaban a la expectativa para comentar al siguiente día que la chica de al frente andaba en malos pasos... si yo hubiese sido hombre todo eso, al contrario, demostraría mi virilidad, mi crecimiento personal y mi entereza como varón).

Esos temores, algunos infundados y otros no tanto, acompañan mis tránsitos matutinos; sin embargo, poco a poco los voy dejando atrás porque cada vez que salgo del trabajo y subo la Rambla Just Oliveras y agarro la Avenida Isabel Católica me acompaña la convicción de que estoy haciendo mío un espacio que ya me pertenece, y que no soy distinta de otra persona que deambula a esa hora de la madrugada. Cada vez tengo la convicción de que puedo caminar por donde me plazca, a la hora que sea; de que puedo admirar la noche y sus contornos: los árboles de la calle que tejen figuras, el claroscuro del parque con su fisonomía ambigua y fronteriza, la calle solitaria, diáfana por donde de vez en cuando se desplaza un coche; el cielo oscuro con algún lucero tozudo que se muestra pese a la contaminación; los edificios dormidos con sus ventanas en duermevela; el graznido de un pájaro; la mujer que deambula solitaria como yo; el hombre que sale con los ojos dormidos y me lo encuentro siempre en la esquina de casa...

Es la calle toda mía y esta ciudad que palpita y duerme al mismo tiempo. Y nunca me había sentido tan bien como ahora porque sé que puedo salir por donde me plazca con la seguridad suficiente de estar haciendo mío un espacio que por los siglos de los siglos se nos ha negado. !Qué viva la noche, la ciudad y sus contornos!
Martha Cecilia Cedeño Pérez
L'Hospitalet- Barcelona, 2006.
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