sábado, noviembre 12, 2005

Incidencias de un trabajo de tesis

Estos días un poco aciagos he pensado en lo que ha significado para mí la elaboración de la tesis doctoral. En los vaivenes de un trabajo que inicié como tal hace más de 4 años y que está traspasado indefectiblemente por mis tempos personales, por mis miedos y mis pasiones, por las incertidumbres y las certezas, por los cambios y agitaciones que han sacudido mi vida durante este período.

Alguien debería escribir sobre todo lo que implica hacer una tesis doctoral. Elaborar una especie de diario pormenorizado donde se detallen los altibajos, las confusiones, las dudas, los entuertos, los cambios de ruta, las vueltas atrás... O, mejor, hacer un trabajo de investigación partiendo de una simple pregunta: ¿Cómo se llega al final de una tesis doctoral sin morir en el intento? -pregunta en absoluto novedosa, por cierto.

Seguramente se descubrirían muchas cosas. Porque hacer un trabajo de esa envergadura implica voluntad, una alta dosis de paciencia y resolución para llevar a cabo una labor que en la mayoría de los casos, en el mío al menos, se convierte en un acto de amor. Voluntad para sacar tiempo de otros tiempos ya fijados, el trabajo en y fuera de la casa, los hijos, el esposo/a, las obligaciones del día a día ; robarle tiempo al sueño y a los sueños… Pero en esas nuevas rutinas en las que la lectura, la escritura y la reflexión suelen primar también se pueden hallar elementos colaterales interesantes. El despertarse más temprano, por ejemplo, nos hace testigos de amaneceres espléndidos, de cielos despejados con algunas estrellas que se niegan a dejarse vencer por la contaminación; y si se trabaja por la noche el silencio se convierte en un cómplice perfecto para las divagaciones y para ojear de vez en cuando a través de la ventana y descubrir que en el edificio de al lado hay alguien que tampoco duerme (en mi caso personal debo confesar que una de las cosas que más me servían para despejarme, después de estar varias horas frente al ordenador, era mirar justo esa ventana donde muchas veces se perfilaba la figura de un hombre y la de otras personas. Supe un poco de sus movimientos: la música y el baile en el verano los delataba).

Dejando de lado esas especulaciones está claro que con la voluntad viene la disciplina, el fijarse unos objetivos de trabajo definidos y disponer de unas franjas horarias es una buena estrategia para cumplir con los objetivos propuestos, esto es, terminar la tesis y salir indemnes. Pero decirlo es muy fácil. Cuesta habituarse a unos horarios, cuesta cumplirlos y no dejarse vencer por las obligaciones cotidianas, por el sueño, por la pereza, por el hastío, por la certeza aplastante de que en esencia no se está haciendo na-da-nue-vo, de que sólo estamos recorriendo un camino por el que otros con mayor o menor fortuna ya han pasado pues, como en la literatura, ya casi todo está dicho. Y por experiencia se que lo mejor para seguir avante es tener paciencia y resolución para encontrar nuevas conexiones en lecturas y temas trillados, para hallar esos hilos que nos permitan proseguir con la esperanza de que estamos contribuyendo en algo a la ampliación de conocimientos sobre una materia dada.

Tenemos la certeza entonces de que un trabajo de investigación también es una invención, una creación. Una especie de obra de arte hecha con lo que creemos mejor, con aquello que se aviene explícitamente a nuestro tema de estudio, con lo que nos ilumina para encontrar no una respuesta sino una de las tantas interpretaciones. Y, no obstante, cuando ya finalizamos nuestro trabajo y lo leemos de nuevo, nos damos cuenta de que todo pudo ser mejor, de que es una obra inacabada y que si volviésemos a hacerla obviaríamos muchas cosas y seguramente pondríamos otras… Pero ya es tarde: esa tesis ya se ha terminado, pues como en el amor hay que saber poner fin a tiempo.

¡Y cuántas cosas pasan cuando llega ese momento! Cuando Manuel Delgado, mi director de tesis, me dijo: “Martha, esto ya está”, sentí que me había quitado un peso de encima pero también que no había hecho nada. Y a la postre, experimenté además una especie de nostalgia porque veía que en efecto, ese acto de amor bastante largo por cierto, ya se había acabado.

Y la obra ya está ahí, quieta, muda, a la espera de que alguien la lea por enésima vez… Y en esas páginas está también parte de mi vida, un antes y un después, un sueño largamente acariciado, un tumulto de vivencias, de confusiones y conjunciones. Allí estoy yo mezclada en las palabras y sus contornos y en ese objeto que intenté abordar en principio sin éxito…

Fotografía y texto: Martha Cecilia Cedeño Pérez

domingo, noviembre 06, 2005

T.S. Eliot: the words strain, crack and sometimes breaks... ¿The words escape, Gabriela?

Poem of T. S. Eliot, Four Quartets

Burnt Norton
(1936)

V

Word move, music moves
Only in time: but that which is only living
Can only die. Words, after speech, reach
Into the silence. Only by the form, the pattern,
Can words or music reach
The stillness, as a Chinese jar still
Moves perpetually in its stillness.
Not the stillness of the violin, while the note lasts,
Not that only, but the co-existence,
Or say that the end precedes the beginning,
And the end and the beginning were always there
Before the beginning and after the end.
And all is always now. Words strain,
Crack and sometimes break, under the burden,
Under the tension, slip, slide, perish,
Decay with imprecision, will no stay place,
Will no stay still. Shrieking voices
Scolding, mocking, or merely chattering,
Always assail them. The world in the desert
Is most attacked by voices of temptation,
The crying shadow in the funeral dance,
The loud lament of the disconsolate chimera.


The detail of the patterns is movement,
As in the figure of the ten stairs.
Desire itself is movement
Not in itself desirable;
Love is itself unmoving,
Only the cause and end of movement,
Timeless, and undesiring
Except in the aspect of time
Caught in the form of limitation
Between un-being and being.
Sudden in a shaft of sunlight
Even while the dust moves
There rises the hidden laughter
Of children in the foliage
Quick now, here, now, always-
Ridiculous the waste sad time
Stretching before and after.

sábado, noviembre 05, 2005

Espacio público: sugerencias y sentidos

"Paisaje Urbano" de Lina María Cedeño Pérez

Si el espacio público se concretiza en la ciudad y más específicamente en la calle, es pertinente enunciar ciertos rasgos que permitan dilucidar algunas de sus características volviendo a la viejas y discutidas dicotomías espacio/ territorio y público/ privado, que si bien no son inseparables si tienen connotaciones que les distinguen y afectan.

En primera medida, el espacio no es una realización en sí mismo sino que está constituido por prácticas, por representaciones simbólicas y discursos. Es un ámbito virtual que es posible ordenar de distinta manera y que a su vez es el lugar de la acción, de las relaciones sociales que ocurren en él; por ello está íntimamente ligado con la noción de lo público.

El territorio, al contrario, es un espacio normatizado, organizado, culturizado (1), sujeto a determinadas reglas sociales y, por ello, con cierto toque de exclusividad que a su vez incluye la idea de poder. Desde esta perspectiva el territorio es contrario a lo urbano puesto que éste se concibe como el conjunto de prácticas que se organizan en torno al movimiento e inestabilidad, y se acerca a la polis, como presupuesto de planificación, de organización y control de un territorio citadinos.

En términos generales mientras que el espacio “se ha cualificado y clasificado por nuestros recorridos y nuestras estancias, como un espacio de saberes, de rutinas que orientan las actividades que allí tienen lugar” (2), el territorio es un espacio marcado, organizado en cuyos límites la polis se ensancha con más vigor. Este lugar demarcado, organizado y vigilado no puede ofrecer las múltiples perspectivas que señala una noción de espacio en cuya esencia es justamente la de acoger tipos y usos simultáneos o sucesivos, acciones de toda índole.

Ahora bien, cuando se habla de espacio también se piensa en la dicotomía tan acentuada público/privado, díada que no está separada del conjunto de dicotomías que se han manejado durante mucho tiempo en las ciencias sociales; por ello es importante comprenderlas así sus límites cada día sean más borrosos en un mundo donde la globalización ha estandarizado los comportamientos, las nociones y los hábitos de quienes habitamos este planeta, a través de mecanismos como los medios de comunicación.

El campo semántico público-privado remite hoy a la diferenciación griega antigua de lo político/económico, de polis (la ciudad como comunidad o colectividad, proyecto de interés común, expresión del ser humano como ciudadano) y de Oikos (la casa, hogar de las actividades materiales, espacio del individuo como productor (3).

En términos generales se puede decir, entonces, que en lo público subyacen nociones que tienen que ver con lo visible, accesible, abierto: con la ciudad; y lo privado, con lo secreto, inaccesible, cerrado: con la casa. El primero se aproxima a la puesta en común, a los asuntos colectivos, y el segundo, se relaciona con lo propio, lo individual; pero también tiene otras connotaciones importantes relacionadas con la idea de las apariencias, de la falsedad (para lo público) y la verdad, la franqueza, para lo privado. Connotaciones que se pueden aplicar perfectamente al estudio de la calle como lugar de lo público en donde prima la apariencia, la máscara, las expresiones visibles que posibilitan la coexistencia entre los habitantes quienes ponen en práctica ciertos códigos rutinarios, ciertas convenciones y mecanismos para convivir de manera armónica en un espacio por esencia polifónico.

Así pues, pese a la ambigüedad que encierra lo público y lo privado, se puede resolver teniendo en cuenta el principio de accesibilidad, que nos remite a una noción práctica inscrita en los comportamientos, en la frecuentación, en las representaciones colectivas que en últimas determinan el carácter de un espacio.

Partiendo del hecho de que el espacio público no es simplemente un espacio libre, simple separación o prolongamiento del espacio privado de habitación, ni tampoco el espacio colectivo apropiable por una comunidad de vecindad y que se debe comprender como espacio de saberes y definirlo como espacio de visibilidades y enunciados, de conocimientos concurrentes o compartidos, que a su vez puede acoger simultánea o sucesivamente tipos de usos diferentes, es posible señalar entonces, que es en la apropiación práctica como éste cobra su sentido más pleno.

Apropiado y practicado el espacio público no es un lugar sino una organización de la coexistencia cuya única regla es la legibilidad en el extrañamiento mutuo mediante la puesta en común de un sistema de signos corporales y gestuales. Lo urbano aquí tiene que ver con el arte de vivir juntos, con las maneras de vivir en la ciudad, con el conjunto de prácticas sociales que por naturaleza son inestables y que a su vez consolidan vínculos débiles y precarios pero conectados entre sí. Es decir, se podría considerar la ciudad como una materialización de lo público en donde la diversidad de las acciones no viene únicamente de la variedad de los actores sino también de la multiplicidad de usos que cada individuo-actor da en su interacción con los espacios públicos.

Es entonces, en el espacio público en donde los individuos se encuentran permanentemente en presencia de otros, en donde son visibles como apariencias, como máscaras; Y su caminar es la ejecución de una danza comprensible, inteligible y creativa también. Allí, en la calle, se da la experiencia sensualizante del espacio: el movimiento, la sensualidad inmediata de los cuerpos, traspasado de turbulencias expresivas que llenan el espacio de percepciones, de acontecimientos de los cuales está hecho lo público, en un ámbito de inestabilidad y de fragmentariedad.

Así pues, los que deambulan por la calle no son personas sino unidades de locomoción y participación, como diría Goffman. Vehículos dotados de mecanismos visibles y disposiciones inteligibles para los otros que según éstas, asumen la orientación y los comportamientos pertinentes. Esas señales se manifiestan a través de la “externalización” o “glosa corporal” y se traduce en la forma como una persona “utiliza claramente los gestos corporales generales para que se puedan deducir otros aspectos, no apreciables de otro modo, de su situación... así, al conducir y al andar el individuo se conduce de tal modo que se puedan interpretar su dirección, su velocidad y la decisión que ha adoptado al rumbo que se propone seguir...” (4).

La calle como esencia de lo público y escenario de la agitación de la vida social, manifiesta a través de las acciones y prácticas de quienes con sus requiebros minimalistas la llenan de sentidos y figuraciones, es también la consolidación de lo urbano en un mundo en cuyo seno debemos movernos constantemente en un espacio público potencial, abierto a todos los puntos de vista. Por ello, siguiendo a Joseph, podría afirmarse también que una estética de la vida pública supone un doble desplazamiento fuera del edificio y fuera del recinto subjetivo, en un “entre-dos” que no es solamente abstracto, que puede ser definido como ecológico. Doble intervalo pues: al pliegue de las cosas y al corazón del acontecimiento (5).
Martha Cecilia Cedeño Pérez
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(1) GARCIA, José Luís. Antropología del Territorio. Taller de Edición Josefina Betancor, Madrid, 1976.
(2) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad. El espacio como lugar de la Acción. Universidad Nal. De Colombia: Medellín, 1999. Pág. 33
(3) MONNET, Jerome. "Espacios Públicos, comercio y vida Urbana en Francia, México y Estados Unidos". En: Alteridades 6 (11): pág. 11
(4) Ibid., pág.30
(5) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad, p. 58.

martes, noviembre 01, 2005

Otro amanecer de otoño



Me encantan los amaneceres tanto como las puestas de sol. El cielo teñido de colores intensos y el perfil de las montañas o los edificios rompiendo el horizonte, o la línea oscura del mar que apenas se presiente. Y he contemplado algunos maravillosos.
Amanecer en la Ciudad de la Habana desde el Hotel Neptuno, julio de 1995: extasis en rojos y amarillos en la mar y en el cielo; horizonte claro e infinito, olor a salitre y flamboyanes; brisa-risa que se filtra por la ventana mientras la ciudad duerme.
Atardecer en Neiva, Huila, Colombia, septiembre de 1997: ¿Puede haber acaso más intensidad en un cielo que se oculta en las montañas? Y desde el balcón de la casa paterna, aquella del maíz en flor, los suelos rojos y la abuela sentada en el marco de la puerta escribía:

Nubes rojas
con cintas de oro y plata
el gris es una rosa violenta
vigía de la tarde que pasa.
La tarde viste su cuerpo
con un crepúsculo de fuego.

Amanecer en L'Hospitalet-Barcelona, octubre de 2005. De vez en cuando la ciudad no es más que un artilugio frágil, hoguera de las vanidades que se opaca cuando el sol se levanta entre los edificios y el cielo de otoño se convierte, milagrosamente, en un poema de colores. Poema efímero que sólo unas cuantas afortunadas y afortunados leemos. La imagen de arriba es una simple muestra de ello.
Fotografía: Amanecer en gris y oro. Por Martha Cecilia Cedeño Pérez (martes 25 octubre, 7:12 am)

viernes, octubre 28, 2005

Una Novia Cadáver luminosa y vital

Asistimos anoche, en el marco de la vigésimo sexta versión de Artfutura 2005 Objetos vivos. Espacios sensibles, al preestreno de la película Novia cadáver -Corpse Bride- del director estadounidense Tim Burton, (Eduardo manostijeras, 1990; Batman Vuelve, 1992; Ed Wood, 1994; Mars Attacks!, 1996; Sleepy Hollow, 1999; El planeta de los simios, 2001; Big fish, 2003; Charlie y la fábrica de chocolate, 2005; también escribió y produjo el film de animación Pesadilla antes de navidad,1993), que hoy 28 de octubre será estrenada comercialmente en España.

Este film está basado en una leyenda ruso-judía y ha sido convertido en un producto comercial mediante una sofisticada animación de marionetas cuyo diseño ha sido realizado en Barcelona por el Estudio Grangel. Es una película de una gran calidad visual que está sustentada, técnicamente hablando, en una modernización del antiguo sistema Stop Motion, que consiste en que cada acción de las marionetas sin hilos se crea con pequeños movimientos que son fotografiados y luego reproducidos a la velocidad suficiente para dar la sensación de movimiento real. La película sorprende también porque, al contrario de lo que se piensa, no es una producción digital sino “hecha a mano”, como los films de antes. Además cuenta con las voces de Johnny Deep, uno de los actores fetiche de Burton, Helena Bonham-Carter y Emily Watson

La película se desarrolla en un oscuro pueblo europeo del siglo XIX y cuenta la historia de Víctor, un joven temeroso y en apariencia débil, que debe casarse por conveniencia con una mujer a la que ni siquiera conoce, Victoria, hija de un matrimonio arruinado. Pero algo sucede y el pobre Víctor, tímido, torpe y nervioso, de repente se encuentra en el colorista mundo de los muertos donde desposa por equivoción a la novia cadáver. Una novia que le persigue y ama con locura pero que al final opta por dejarlo en paz para que se case con Victoria, la mujer cuyo corazón sí late y a quien él ama.

Es en esencia una historia de amor con mucho de caricatura e ironía que muestra la paradoja entre un grisáceo mundo de arriba, de los vivos, y un colorido mundo de los muertos. Mientras los vivos maquinan, mienten y se esconden de sí mismos en la oscuridad de su hacer cotidiano, los muertos gozan, cantan y hacen castañear los huesos porque ya nada les preocupa. Ya saben que la vida no es más que un estado momentáneo y que al final todos no seremos más que polvo, y no precisamente polvo enamorado, como lo dijera Quevedo en aquel fantástico e imperecedero soneto. El confuso Víctor no entiende ese inesperado descenso a los infiernos, descenso que sin embargo, le hace consciente del sentimiento supremo del amor, un amor que cada vez está más lejos pero que sin embargo lo redimirá. Y allí en ese inframundo vitalista, tremenda paradoja, los muertos siguen en su rumba, esperando la llegada de nuevos miembros que los acompañen en esa naditud donde no obstante, existe la fiesta.

Es un film optimista que, sin escapar al estilo que Burton nos tiene acostumbrados, se convierte en un cuento romántico con algunos destellos de poesía que desmitifica la muerte mediante la burla, el humor, una puesta en escena y una fotografía sorprendentes y una banda sonora que tampoco deja indiferentes a quienes, al otro lado de la pantalla, aún nos encontramos en el casi siempre oscuro mundo de los vivos…
Martha Cecilia Cedeño Pérez
*La imagen que ilustra este artículo ha sido tomada de:
.......................
.
Y como colofón, os ofrezco el poema de Franciso de Quevedo (Madrid ¿1580? - Villanueva de los Infantes, 1645), uno de los grandes representantes de las letras castellanas de todos los tiempos, al que me refería arriba:
.
.
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

miércoles, octubre 26, 2005

Es verdad, Benedetti siempre viene bien

De mi época de estudiante universitaria recuerdo los atardeceres rojos, las jornadas de protesta con saltos de muro, piedras y gases lacrimógenos; las risas en los pasillos, el teatro, las primeras historias de amor, las poesías de Gioconda Belli y las palabras de Benedetti que con el tiempo casi olvidé, pero que hoy recupero porque, como afirma mi amiga Gabriela de la Peña, siempre vienen bien...



Táctica y estrategia
Mario Benedetti


Mi táctica es
mirarte
aprender cómo sos
quererte como sos


mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible


mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en voz


mi táctica es ser
franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos


mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple


mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin
me necesites.

lunes, octubre 24, 2005

ERA CHILLURCO. Un cuento de Melquisedec Torres Ortíz


Tiene nombre de profeta y en cierta medida lo es. Aunque, como reza el refrán, ha tenido que marchar del “terruño”, de la provincia, para poder ser escuchado y demostrar que, además de juventud, tiene talento y ganas de comerse el mundo. Y sí, a Melquisedec, como al personaje bíblico, le gustan las palabras, pero sobre todo le gustan las preguntas. Así que a su profesión de periodista le añade un componente más: el de creador de historias. Historias que hablan de Pitalito, Chillurco, pueblos que se convierten en metáfora porque recuerdan cualquier pueblo: uno Andaluz cercado de olivares, uno castellano rodeado de arideces, o esos pueblos latinoamericanos y colombianos perdidos en la montaña y casi siempre alejados de la mano de Dios, como diría mi abuela. Y allí en sus cuentos está la sinrazón, la cotidianidad, la violencia, los olores y paisajes de la nostalgia...
Pero lo mejor de Melqui (como le decimos en familia) es que no ha perdido la capacidad de asombro, ni de crítica, ni de sentar una postura, pese a estar muy cerca –físicamente hablando- a personas cuyas posiciones se mueven hacia la derecha… Así que desde el micrófono de la Cadena Radial Super o desde su pluma perspicaz, este hombre sigue urdiendo en las palabras que a veces incomodan a unos pero que casi siempre dejan pensando a todos y a todas.


Era Chillurco(1)
Melquisedec Torres Ortíz

“Chillurco, a 4 kilómetros”, rezaba el aviso vial en la ruta nacional de Pitalito a San Agustín. (2)Parecía cerca -es cerca- pero la desastrosa carretera destapada alargaba el camino con increíble molestia. Así la ví la última vez que subí a los 1.700 metros sobre el nivel del mar de esa vereda natal, – “hoy hará unos 10 años” me dijo el tío Gustavo la semana pasada – pedazo campesino que los políticos conservadores convirtieron en flamante ente territorial –inspección de policía que llamaban antes– para amarrar los doscientos votos ya cautivos de goditos radicales como mi bisabuela Nemesia. En Chillurco los liberales eran tres o cuatro, los López, especie extraña apenas aceptada con indisimulada desconfianza, rezago vívido de La Violencia(3).

Diez años después de otros tantos sin subir por sus faldas de verde emoción en las mañanas y azul misterio en sus atardeceres, mis recuerdos chillurqueños no son más que nublados espejismos en la memoria infantil que nos ataca con el dulce sabor de la nostalgia, a la que le discutimos en aquellos espacios que la mente dedica a mortificarnos la vida con el pasado.

Empero, son las vivencias que pusieron huella indeleble en lo que tengo por existencia. Y así la memoria vuela a aquel momento sentado en un montículo lloriqueando, solitario, tras comprobar que el pantalón corto que mi papá Luis Carlos había traído desde el pueblo, no me quedaba. Quizá tenía 6 años de edad, comenzando la escuela, por lo que la negativa emoción se conectaba con no poder ir al salón de clases estrenando.

Pobres no éramos, quizá sí de un nunca clasificado estrato medio rural. Con cuatro productivas fincas en las que brotaban el café en su bonanza de precios de los años setenta, caña de azúcar y su molienda, fríjol, tomate, plátano, maíz y yuca, más la pesca en el majestuoso, cercano y chocolatoso río Magdalena, y cacerías de temporada de armadillos, guaras y chuchas o zarigüeyas(4), la autosuficiencia alimentaria y los abundantes ingresos cafeteros brindaban prosperidad. Ah, además de una modesta pero bien administrada ganadería. Claro que don Luis Carlos solía hacer gala de una irritante austeridad que ya quisiera uno en los servidores públicos, carácter que entrañaba que, pese a ser patrón de decenas de trabajadores en las cosechas cafeteras o la molienda, tuviésemos un estilo de vida apenas superior al de los peones.

No lo culpo, lo admiro; él nació en cama de estera, apenas sostenida por duras tablas, sin padre que respondiera por su futuro y, al lado de Mamá Otilia, enfrentando desde los impúberes siete años la vida agreste.

Tal cuadro de orfandad paterna no era ajeno al árbol genealógico de los Torres y Rojas de que descendemos. Mamá Nemesia, la bisabuela ultragoda (5) que mantuvo su trono matriarcal, aún bajo el suplicio de los últimos años atada a la tan vieja como ella cama, culpa de enfermedades de las que nadie decía el nombre; sólo aquel genérico dictamen de improvisados legistas comunales escuché a mis 14 años mientras sus cinco sobrevivientes hijos, veintinueve nietos, veintidós bisnietos, tres tataranietos y un recién nacido chozne le despedíamos en ritual tribal de plañideras, tinto y aguardiente en el velorio, y tamales y envueltos en el novenario: “murió de vieja, la mató la edad”.

Esa Nemesia, la de blancos cabellos por lo añejos, enfrentó con valor inverosímil, de mujer de comienzos de siglo XX, aquella condición de madre soltera cuyos hijos el código civil napoleónico calificaba sin miramientos como de punible y dañado ayuntamiento. A la que, blandiendo la penal Biblia del Antiguo Testamento, y sin código napoleónico a la mano, un cura medieval e inquisitorial expulsó del templo al que acudió – parturienta - en busca del mismo perdón que por más graves faltas concedió el Nazareno a la Magdalena.

Inevitable desviación de mi génesis, y apenas menor drama el de Mamá Otilia pariendo a Luis Carlos, fruto del primer y miserable hombre de su vida, y a Héctor de su segundo e igual miserable macho. Ambos, canallas, huyeron de su natural compromiso y en esas mi papá asumió el rol que no ha abandonado sesenta años después: hombre de la casa y padre de su hermano menor.

Y Luis Carlos, habiendo acumulado su pequeña fortuna desde la nada, a esa nada volvió tras despreciar, cansado ya del lomo expuesto tantas jornadas al sol y al agua, la vida pastoril y silvicultora. Su primer necio acto comercial – de modernización en aquel instante – fue vender La Golondrina, la finca de la caña y la molienda y el café y del río Guarapas a pocos metros de su incestuosa unión con el Magdalena, y comprar con esos cuatrocientos mil pesos el más grande y hermoso carro que veían mis ojos, esos cuyo mundo no abarcaba más allá del extenso Valle de Laboyos(6), una chiva engallada.

Seguiría el traslado con los nueve hijos y Lilia al pueblo, a mis casi siete años y a mitad del primer año escolar, la enajenación de los otros predios El Cabuyo y El Lucio... y finalmente – primero a un mala paga y luego a otro del que no supimos cuándo pagó - las siete productivas hectáreas cafeteras y de pancoger(7), sede de aquella casa de bahareque desde la que nos extasiábamos hacia el oriente con el llano y plano y largo valle laboyano, y hacia el occidente con montañas de jade celestial y aguas cual enorme guarapo de cañaduzal(8) del ya mentado Yuma(9), esa en la que crecimos ocho de los nueve hermanos. Llegaría, ya instalados en el pueblo, la fraudulenta permuta que por otra chiva más nueva le hiciera un lobo con piel de amigo. Mi papá casi quedó manicruzado, pero él, que nunca ha saboreado el insulso sabor de vivir desocupado, se inventó el primero de cientos de oficios que lo han mantenido madrugando. Pobre, sí, pero jamás inoficioso. Y también se fueron las modestas casas embargadas y perdidas por deudas adquiridas en negocios de intentos desesperados de Luis Carlos para torcerle el cuello a la desgracia económica.

Chillurco, vocablo quechua que me marcó con hierro candente en la memoria eterna de los sueños idos. No podría ser distinto, puesto que allí - frente a las montañas que la cultura Ullumbe pulió para heredad de la humanidad y cerca de las aguas del gran río que dividen al Valle de Laboyos y el de Isnos – una vieja partera, en noche de tormenta, sacó mi cabeza al mundo.

Chillurco me suena y me sabe y lo veo en vivo y en sueños. Me suena a la fascinación de una lluvia a la que el campesino no huye cuando ha sido respetuoso de sus laderas y sumiso a la bondad de la naturaleza. Vieja sabiduría para decir que así, los aguaceros no son la maldición del dios enardecido sino el ciclo normal del verano e invierno. Eso sí, consultando el almanaque Bristol(10).

Sonidos me llegan de un viejo altavoz –corneta les decíamos los chillurqueños– instalado en lo alto de la casa de los pastusos Gómez, vecinos nuestros, abajo.

Me sabe a café tostado en la estufa(11) de leña de Mamá Otilia o en la de mamá Lilia. La primera, abuela paterna, la segunda mi madre, de Aguadas, una vereda más cercana al pueblo, a Pitalito, y conquistada por mi papá tras arriesgadas jornadas – no para un enamorado - a caballo o a pie desde Chillurco.

Me suena –horrible ruido– a machetes de fino acero blandidos uno contra otro en feroz batalla personal de los Meneses contra los Torres o contra los mismos Meneses. Mejor uso se les daba en las rocerías; de allí el ¡Chillurqueño!, estigmatizante apelativo que nos gritaban en el pueblo producto de esas afiladas peinillas.

Chillurco fue el olor a pan de trigo o maíz, vueltos sopa en caliente aguapanela(12).

Me sabe -veinticinco años atrás- a un dulzón olor y sabor a guayaba; me huele a una indescriptible piromanía escondida cuando veía arder los secos pastos del camino y los chamizos que estorbaban la cosecha.

Chillurco era.
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(1) Poblado situado en el Municipio de Pitalito, Huila, sur de Colombia.
(2) Ciudades pequeñas ubicadas en el sur del departamento del Huila, Colombia.
(3) Período de la historia colombiana que se desata con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y va hasta los primeros años de la década de los años 60, cuando los partidos políticos mayoritarios llegan a un acuerdo para sucederse el poder. Esta especie de guerra civil enfrentó a liberales y conservadores en una violencia sin cuartel, cuyas consecuencias aún son evidentes pues en aquella época surge las FARC, uno de los grupos guerrilleros más antiguos del país cuyo accionar aún se siente en la vida cotidiana de la república de Colombia.
(4) Animales de caza menor, propios de esa región de Colombia.
(5) Ultraconservadora, de derechas, vamos…
(6) Nombre del valle donde está situado la ciudad de Pitalito, Huila, Colombia
(7) Cultivos de productos como yuca (tubérculo americano), maíz, plátano, para el autoabastecimiento familiar.
(8) Cultivo de caña de azúcar
(9) Nombre con el que los indígenas prehispánicos de esa región de Colombia nombraban al Río Magdalena
(10) Almanaque muy tradicional especialmente en las áreas campesinas que además de informar sobre los santos, las fiestas patrias y profanas también iluminaba a los campesinos sobre las fases de la luna, los eclipses y sobre elementos metereológicos incipientes que señalaban los meses de siembra y recogida de los cultivos. En todas las casas de entonces había uno de esos almanaques que, nunca mejor dicho, marcaban el calendario de los días para muchos colombianos cuando la televisión no llegaba a todas partes y los pronósticos del tiempo se hacían a ojo.
(11) Cocina o fogón de leña
(12) Bebida dulce y muy energética que se hace con la panela, producto de la caña de azúcar (al agua se le agrega un trozo de panela y se pone a hervir). Para elaborar la panela se pasa la caña de azúcar por un molino para extraer su jugo que luego se pone a cocer en grandes ollas y a una temperatura constante hasta que la miel esté en su punto. Posteriormente se echa en moldes cuadrados o redondos hasta cuando cuaje y se conviertan en calóricos bloques dulces, alimento de las clases sociales menos favorecidas.
Me parece conveniente hacer esta especie de glosario porque algunos de los vocablos empleados por Melquisedec son muy propios del castellano americano y más concretamente de aquel que se habla en la región del sur de Colombia. Martha Cecilia Cedeño Pérez

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...