viernes, noviembre 18, 2005

JORNADAS CULTURALES COLOMBIANAS EN BARCELONA

JORNADES CULTURALS COLOMBIANES
MOVIMENTS SOCIALS DE DONES A COLÒMBIA
Lloc: L’Antic Teatre. . C/ Verdaguer i Callis 12 .Tel i fax: 00 34 93 315 23 54. Metro: Urquinaona
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EL COLECTIVO MALOKA COLOMBIA INVITA EL PRÓXIMO MARTES 22 DE NOVIEMBRE A LAS 21H EN EL ANTIC TEATRE...


Proyección de la película MARIA CANO sobre la vida de esta lider socialista. Dirigida por Camila Loboguerrero, considerada como la primera mujer en Colombia que incursionó en la dirección del largometraje.

SINOPSIS:

Colombia años 20. El país recibe la indemnización por Panamá y se abre al crédito externo para emprender grandes obras de desarrollo. Crece la masa de trabajadores, aunque no mejoran sus condiciones, pues siguen sometidos a las implantadas desde la época colonial. El clima es más que propicio para las luchas reivindicativas y para el surgimiento de aguerridos líderes: María Cano fue una de las más destacadas. Su trabajo a favor de los obreros se dio también en pro de la mujer, enfrentó al gran poder, recorrió el país e incursionó en la literatura. Ella y sus compañeros hacen esta historia.

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* Presentación de la película a cargo de Elizabeth Uribe Pinilla quien participó con la izquierda y con Movimiento de Mujeres Colombiano y Latinoamericano. Master en Estudios Interdisciplinarios de la Mujer de Duoda de la Universidad de Barcelona. Formadora de formadores en Interculturalidad. Coordinadora de Formación en Interculruralidad y Género ! de DC (Desesenvolupament Comunitari)

miércoles, noviembre 16, 2005

Mis últimos amaneceres






El otro día alguien me preguntaba que si solamente me gustaban los amaneceres porque siempre los ponía en el blog... Prometo que estos serán los últimos que publico, -este año al menos. Estas fotos fueron hechas el 2 de noviembre en un lapso de 12 minutos (la primera a las 7:00). No hay más comentarios, los espero.
Martha Cecilia Cedeño Pérez

martes, noviembre 15, 2005

EN TIEMPOS DE FRUSTRACIÓN BIEN VALE UN POEMA DE WHITMAN

Foto: Juan Carlos Ruiz Vásquez

No son buenos tiempos casi para nada. La frustración se dibuja en los rostros de los paseantes, de los que se asoman a las ventanas y hasta de los que se empachan de compras en los grandes centros comerciales sobre todo ahora que estamos ad portas de una de las mayores fiestas consumistas del año. En la calle hay frustración y en las casas también. Todas y todos la padecemos de una u otra manera. Es nuestra compañera. Está siempre al lado recordándonos que la mayoría de los intentos se malogran, que nuestros propósitos casi siempre quedan sin efecto cuando se encuentran con la realidad... Es la misma que nos hace decir a menudo cosas como "tanto esfuerzo ¿para qué?" "¿Ha valido la pena?" "¿Y eso era todo?"

Y nos desencantamos de la política y los políticos, de los presuntos cambios, de la educación como base para la realización profesional, de la religión que enceguese y condena -y sus ministros pervertidos-; del estado de bonanza y bienestar de España y la Comunidad Europea -basta ver los desheredados que rebuscan en los contenedores de basura cerca de casa, y los disturbios de Francia para darse cuenta que en nuestras bellas y ascépticas ciudades es más que evidente la exclusión, la marginación, la segregación espacial y humana, y que hay gente que está pidiendo a gritos ser escuchada.

Pero también nos desencantamos de las amigas y los amigos (que no de la amistad, por fortuna), de las promesas, de las mujeres, de los hombres, de los amantes y las amantes, de las palabras al calor de los besos, de los anuncios de felicidad eterna y de otras cosas que vosotras/os y yo sabemos.

Alguien podría decir que sería bueno educar para la frustración, que se orientara más para la vida que para la supervivencia, más para disfrutar de esas pequeñas cosas haciendo lo que nos gusta, lo que nos llena, que para pretender salir de la miseria endémica; que se nos educara con una suficiente dosis de escepticismo para darnos cuenta, entre otros detalles, que llenarnos de títulos nos asegura tan sólo que se ha perdido el tiempo y llenarnos de cosas, el dinero; y llenarnos de trabajo (ser pluriempleada o empleado), la vida; y ser absolutamente buenos y buenas, el misterio; y ser cobardes, la pasión (¡pobre Heidegger!); y ser contenidos, el hechizo; y ser lineales, la aventura; y ser cómodos, el vértigo...

Que se nos dijera desde niños que el mundo bien puede ser una mierda pero que, sin embargo, quedan algunas cosas por las cuales vale la pena luchar, tal como se presiente en este hermoso poema del libro Hojas de Hierba de Walt Whitman:

2

Las casas y las habitaciones están llenas de fragancia,

los armarios cargados de fragancia,

Yo aspiro la fragancia, la reconozco y me gusta,

El aroma me embriagaría, pero no lo permitiré.

El aire no es un aroma, no huele a nada.

Desde el principio ha sido destinado para mi boca,

estoy enamorado de él.

Iré a la ribera junto al bosque, me quitaré el disfraz

y quedaré desnudo,

Me enloquece el deseo de que el aire toque todo mi cuerpo.

El vaho de mi aliento,

Ecos, ondulaciones, roncos susurros, raíz de

amaranto, hilo de seda, horca y vid.

Mi aspiración y mi espiración, el latido de mi pecho, el

paso de la sangre y del aire por mis pulmones,

El olor de las hojas verdes y de las hojas secas, y de

la ribera y de oscuras rocas marinas, y del heno

del granero,

El áspero sonido de las palabras en mi boca que se

pierden en los remolinos del viento,

Un beso fugaz, un abrazo, los pechos que se buscan,

El juego de luz y de sombra sobre los árboles y el

movimiento de la rama flexible,

El goce de estar solo en la agitación de las calles,

o por los campos o en la ladera de las colinas,

La sensación de la salud, la plenitud del medio día, mi

canto al levantarme de la cama y saludar al sol.

¿Has creído que mil hectáreas son muchas? ¿Has

creído que la tierra es mucha?

¿Te ha costado tanto aprender a leer?

¿Te enorgullece comprender el silencio de los poemas?

Quédate conmigo este día y esta noche y serás dueño

del origen de todos los poemas,

Serás dueño de los bienes de la tierra y del sol (aún

quedan millones de soles),

Ya no recibirás de segunda o de tercera mano las

cosas, ni mirarás por los ojos de los muertos, ni

te alimentarás de los espectros de los libros,

Tampoco mirarás por mis ojos, ni aceptarás lo que te

digo,

Oirás lo que te llega de todos lados y lo tamizarás.

Martha Cecilia Cedeño Pérez

sábado, noviembre 12, 2005

Incidencias de un trabajo de tesis

Estos días un poco aciagos he pensado en lo que ha significado para mí la elaboración de la tesis doctoral. En los vaivenes de un trabajo que inicié como tal hace más de 4 años y que está traspasado indefectiblemente por mis tempos personales, por mis miedos y mis pasiones, por las incertidumbres y las certezas, por los cambios y agitaciones que han sacudido mi vida durante este período.

Alguien debería escribir sobre todo lo que implica hacer una tesis doctoral. Elaborar una especie de diario pormenorizado donde se detallen los altibajos, las confusiones, las dudas, los entuertos, los cambios de ruta, las vueltas atrás... O, mejor, hacer un trabajo de investigación partiendo de una simple pregunta: ¿Cómo se llega al final de una tesis doctoral sin morir en el intento? -pregunta en absoluto novedosa, por cierto.

Seguramente se descubrirían muchas cosas. Porque hacer un trabajo de esa envergadura implica voluntad, una alta dosis de paciencia y resolución para llevar a cabo una labor que en la mayoría de los casos, en el mío al menos, se convierte en un acto de amor. Voluntad para sacar tiempo de otros tiempos ya fijados, el trabajo en y fuera de la casa, los hijos, el esposo/a, las obligaciones del día a día ; robarle tiempo al sueño y a los sueños… Pero en esas nuevas rutinas en las que la lectura, la escritura y la reflexión suelen primar también se pueden hallar elementos colaterales interesantes. El despertarse más temprano, por ejemplo, nos hace testigos de amaneceres espléndidos, de cielos despejados con algunas estrellas que se niegan a dejarse vencer por la contaminación; y si se trabaja por la noche el silencio se convierte en un cómplice perfecto para las divagaciones y para ojear de vez en cuando a través de la ventana y descubrir que en el edificio de al lado hay alguien que tampoco duerme (en mi caso personal debo confesar que una de las cosas que más me servían para despejarme, después de estar varias horas frente al ordenador, era mirar justo esa ventana donde muchas veces se perfilaba la figura de un hombre y la de otras personas. Supe un poco de sus movimientos: la música y el baile en el verano los delataba).

Dejando de lado esas especulaciones está claro que con la voluntad viene la disciplina, el fijarse unos objetivos de trabajo definidos y disponer de unas franjas horarias es una buena estrategia para cumplir con los objetivos propuestos, esto es, terminar la tesis y salir indemnes. Pero decirlo es muy fácil. Cuesta habituarse a unos horarios, cuesta cumplirlos y no dejarse vencer por las obligaciones cotidianas, por el sueño, por la pereza, por el hastío, por la certeza aplastante de que en esencia no se está haciendo na-da-nue-vo, de que sólo estamos recorriendo un camino por el que otros con mayor o menor fortuna ya han pasado pues, como en la literatura, ya casi todo está dicho. Y por experiencia se que lo mejor para seguir avante es tener paciencia y resolución para encontrar nuevas conexiones en lecturas y temas trillados, para hallar esos hilos que nos permitan proseguir con la esperanza de que estamos contribuyendo en algo a la ampliación de conocimientos sobre una materia dada.

Tenemos la certeza entonces de que un trabajo de investigación también es una invención, una creación. Una especie de obra de arte hecha con lo que creemos mejor, con aquello que se aviene explícitamente a nuestro tema de estudio, con lo que nos ilumina para encontrar no una respuesta sino una de las tantas interpretaciones. Y, no obstante, cuando ya finalizamos nuestro trabajo y lo leemos de nuevo, nos damos cuenta de que todo pudo ser mejor, de que es una obra inacabada y que si volviésemos a hacerla obviaríamos muchas cosas y seguramente pondríamos otras… Pero ya es tarde: esa tesis ya se ha terminado, pues como en el amor hay que saber poner fin a tiempo.

¡Y cuántas cosas pasan cuando llega ese momento! Cuando Manuel Delgado, mi director de tesis, me dijo: “Martha, esto ya está”, sentí que me había quitado un peso de encima pero también que no había hecho nada. Y a la postre, experimenté además una especie de nostalgia porque veía que en efecto, ese acto de amor bastante largo por cierto, ya se había acabado.

Y la obra ya está ahí, quieta, muda, a la espera de que alguien la lea por enésima vez… Y en esas páginas está también parte de mi vida, un antes y un después, un sueño largamente acariciado, un tumulto de vivencias, de confusiones y conjunciones. Allí estoy yo mezclada en las palabras y sus contornos y en ese objeto que intenté abordar en principio sin éxito…

Fotografía y texto: Martha Cecilia Cedeño Pérez

domingo, noviembre 06, 2005

T.S. Eliot: the words strain, crack and sometimes breaks... ¿The words escape, Gabriela?

Poem of T. S. Eliot, Four Quartets

Burnt Norton
(1936)

V

Word move, music moves
Only in time: but that which is only living
Can only die. Words, after speech, reach
Into the silence. Only by the form, the pattern,
Can words or music reach
The stillness, as a Chinese jar still
Moves perpetually in its stillness.
Not the stillness of the violin, while the note lasts,
Not that only, but the co-existence,
Or say that the end precedes the beginning,
And the end and the beginning were always there
Before the beginning and after the end.
And all is always now. Words strain,
Crack and sometimes break, under the burden,
Under the tension, slip, slide, perish,
Decay with imprecision, will no stay place,
Will no stay still. Shrieking voices
Scolding, mocking, or merely chattering,
Always assail them. The world in the desert
Is most attacked by voices of temptation,
The crying shadow in the funeral dance,
The loud lament of the disconsolate chimera.


The detail of the patterns is movement,
As in the figure of the ten stairs.
Desire itself is movement
Not in itself desirable;
Love is itself unmoving,
Only the cause and end of movement,
Timeless, and undesiring
Except in the aspect of time
Caught in the form of limitation
Between un-being and being.
Sudden in a shaft of sunlight
Even while the dust moves
There rises the hidden laughter
Of children in the foliage
Quick now, here, now, always-
Ridiculous the waste sad time
Stretching before and after.

sábado, noviembre 05, 2005

Espacio público: sugerencias y sentidos

"Paisaje Urbano" de Lina María Cedeño Pérez

Si el espacio público se concretiza en la ciudad y más específicamente en la calle, es pertinente enunciar ciertos rasgos que permitan dilucidar algunas de sus características volviendo a la viejas y discutidas dicotomías espacio/ territorio y público/ privado, que si bien no son inseparables si tienen connotaciones que les distinguen y afectan.

En primera medida, el espacio no es una realización en sí mismo sino que está constituido por prácticas, por representaciones simbólicas y discursos. Es un ámbito virtual que es posible ordenar de distinta manera y que a su vez es el lugar de la acción, de las relaciones sociales que ocurren en él; por ello está íntimamente ligado con la noción de lo público.

El territorio, al contrario, es un espacio normatizado, organizado, culturizado (1), sujeto a determinadas reglas sociales y, por ello, con cierto toque de exclusividad que a su vez incluye la idea de poder. Desde esta perspectiva el territorio es contrario a lo urbano puesto que éste se concibe como el conjunto de prácticas que se organizan en torno al movimiento e inestabilidad, y se acerca a la polis, como presupuesto de planificación, de organización y control de un territorio citadinos.

En términos generales mientras que el espacio “se ha cualificado y clasificado por nuestros recorridos y nuestras estancias, como un espacio de saberes, de rutinas que orientan las actividades que allí tienen lugar” (2), el territorio es un espacio marcado, organizado en cuyos límites la polis se ensancha con más vigor. Este lugar demarcado, organizado y vigilado no puede ofrecer las múltiples perspectivas que señala una noción de espacio en cuya esencia es justamente la de acoger tipos y usos simultáneos o sucesivos, acciones de toda índole.

Ahora bien, cuando se habla de espacio también se piensa en la dicotomía tan acentuada público/privado, díada que no está separada del conjunto de dicotomías que se han manejado durante mucho tiempo en las ciencias sociales; por ello es importante comprenderlas así sus límites cada día sean más borrosos en un mundo donde la globalización ha estandarizado los comportamientos, las nociones y los hábitos de quienes habitamos este planeta, a través de mecanismos como los medios de comunicación.

El campo semántico público-privado remite hoy a la diferenciación griega antigua de lo político/económico, de polis (la ciudad como comunidad o colectividad, proyecto de interés común, expresión del ser humano como ciudadano) y de Oikos (la casa, hogar de las actividades materiales, espacio del individuo como productor (3).

En términos generales se puede decir, entonces, que en lo público subyacen nociones que tienen que ver con lo visible, accesible, abierto: con la ciudad; y lo privado, con lo secreto, inaccesible, cerrado: con la casa. El primero se aproxima a la puesta en común, a los asuntos colectivos, y el segundo, se relaciona con lo propio, lo individual; pero también tiene otras connotaciones importantes relacionadas con la idea de las apariencias, de la falsedad (para lo público) y la verdad, la franqueza, para lo privado. Connotaciones que se pueden aplicar perfectamente al estudio de la calle como lugar de lo público en donde prima la apariencia, la máscara, las expresiones visibles que posibilitan la coexistencia entre los habitantes quienes ponen en práctica ciertos códigos rutinarios, ciertas convenciones y mecanismos para convivir de manera armónica en un espacio por esencia polifónico.

Así pues, pese a la ambigüedad que encierra lo público y lo privado, se puede resolver teniendo en cuenta el principio de accesibilidad, que nos remite a una noción práctica inscrita en los comportamientos, en la frecuentación, en las representaciones colectivas que en últimas determinan el carácter de un espacio.

Partiendo del hecho de que el espacio público no es simplemente un espacio libre, simple separación o prolongamiento del espacio privado de habitación, ni tampoco el espacio colectivo apropiable por una comunidad de vecindad y que se debe comprender como espacio de saberes y definirlo como espacio de visibilidades y enunciados, de conocimientos concurrentes o compartidos, que a su vez puede acoger simultánea o sucesivamente tipos de usos diferentes, es posible señalar entonces, que es en la apropiación práctica como éste cobra su sentido más pleno.

Apropiado y practicado el espacio público no es un lugar sino una organización de la coexistencia cuya única regla es la legibilidad en el extrañamiento mutuo mediante la puesta en común de un sistema de signos corporales y gestuales. Lo urbano aquí tiene que ver con el arte de vivir juntos, con las maneras de vivir en la ciudad, con el conjunto de prácticas sociales que por naturaleza son inestables y que a su vez consolidan vínculos débiles y precarios pero conectados entre sí. Es decir, se podría considerar la ciudad como una materialización de lo público en donde la diversidad de las acciones no viene únicamente de la variedad de los actores sino también de la multiplicidad de usos que cada individuo-actor da en su interacción con los espacios públicos.

Es entonces, en el espacio público en donde los individuos se encuentran permanentemente en presencia de otros, en donde son visibles como apariencias, como máscaras; Y su caminar es la ejecución de una danza comprensible, inteligible y creativa también. Allí, en la calle, se da la experiencia sensualizante del espacio: el movimiento, la sensualidad inmediata de los cuerpos, traspasado de turbulencias expresivas que llenan el espacio de percepciones, de acontecimientos de los cuales está hecho lo público, en un ámbito de inestabilidad y de fragmentariedad.

Así pues, los que deambulan por la calle no son personas sino unidades de locomoción y participación, como diría Goffman. Vehículos dotados de mecanismos visibles y disposiciones inteligibles para los otros que según éstas, asumen la orientación y los comportamientos pertinentes. Esas señales se manifiestan a través de la “externalización” o “glosa corporal” y se traduce en la forma como una persona “utiliza claramente los gestos corporales generales para que se puedan deducir otros aspectos, no apreciables de otro modo, de su situación... así, al conducir y al andar el individuo se conduce de tal modo que se puedan interpretar su dirección, su velocidad y la decisión que ha adoptado al rumbo que se propone seguir...” (4).

La calle como esencia de lo público y escenario de la agitación de la vida social, manifiesta a través de las acciones y prácticas de quienes con sus requiebros minimalistas la llenan de sentidos y figuraciones, es también la consolidación de lo urbano en un mundo en cuyo seno debemos movernos constantemente en un espacio público potencial, abierto a todos los puntos de vista. Por ello, siguiendo a Joseph, podría afirmarse también que una estética de la vida pública supone un doble desplazamiento fuera del edificio y fuera del recinto subjetivo, en un “entre-dos” que no es solamente abstracto, que puede ser definido como ecológico. Doble intervalo pues: al pliegue de las cosas y al corazón del acontecimiento (5).
Martha Cecilia Cedeño Pérez
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(1) GARCIA, José Luís. Antropología del Territorio. Taller de Edición Josefina Betancor, Madrid, 1976.
(2) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad. El espacio como lugar de la Acción. Universidad Nal. De Colombia: Medellín, 1999. Pág. 33
(3) MONNET, Jerome. "Espacios Públicos, comercio y vida Urbana en Francia, México y Estados Unidos". En: Alteridades 6 (11): pág. 11
(4) Ibid., pág.30
(5) JOSEPH, Isaac. Retomar la Ciudad, p. 58.

martes, noviembre 01, 2005

Otro amanecer de otoño



Me encantan los amaneceres tanto como las puestas de sol. El cielo teñido de colores intensos y el perfil de las montañas o los edificios rompiendo el horizonte, o la línea oscura del mar que apenas se presiente. Y he contemplado algunos maravillosos.
Amanecer en la Ciudad de la Habana desde el Hotel Neptuno, julio de 1995: extasis en rojos y amarillos en la mar y en el cielo; horizonte claro e infinito, olor a salitre y flamboyanes; brisa-risa que se filtra por la ventana mientras la ciudad duerme.
Atardecer en Neiva, Huila, Colombia, septiembre de 1997: ¿Puede haber acaso más intensidad en un cielo que se oculta en las montañas? Y desde el balcón de la casa paterna, aquella del maíz en flor, los suelos rojos y la abuela sentada en el marco de la puerta escribía:

Nubes rojas
con cintas de oro y plata
el gris es una rosa violenta
vigía de la tarde que pasa.
La tarde viste su cuerpo
con un crepúsculo de fuego.

Amanecer en L'Hospitalet-Barcelona, octubre de 2005. De vez en cuando la ciudad no es más que un artilugio frágil, hoguera de las vanidades que se opaca cuando el sol se levanta entre los edificios y el cielo de otoño se convierte, milagrosamente, en un poema de colores. Poema efímero que sólo unas cuantas afortunadas y afortunados leemos. La imagen de arriba es una simple muestra de ello.
Fotografía: Amanecer en gris y oro. Por Martha Cecilia Cedeño Pérez (martes 25 octubre, 7:12 am)

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...