La mujer arrastra los pies y las palabras. Tiene el pelo largo y su piel luce una tersura inédita. Camina despacio. Abre la boca. Dos mecheros por un euro. Gime. Pasa por mi lado. Yo no fumo, pienso. El metro es una trampa en la que conviven cuerpos extraños. Olores a pies, sobacos y genitales sucios. Alientos de ajo y vino trasnochado. Miradas huidizas y secas. Pienso en la clase de cámara. Mi ejercicio fue el peor. Una luna perdida tras un zum tembloroso. Risas. A mi no me importa. ¡Qué calor! El metro apesta. Dos mecheros por un euro. Es la misma mujer del otro día; entonces llevaba una falda larga y unos zapatos abiertos. No tenía la cara de limosnera que luce hoy ¿De dónde será? Imagino que de Europa del Este. Una exhabitante de un lejano paraíso social. Recuerdos de otra historia. Víctima de nuevas historias. Dos mecheros por un euro. Tuviste dificultades técnicas para plasmar tu idea, me dice el profesor. El metro para, el olor no se aleja. Penetra los tejidos de este viernes de calles ajenas. No dejo que me joda esta noche caústica. Hoy no he leído los ensayos de la Media Luna, ayer terminé de ler el último texto. Habla de mí. Dos mecheros por un euro. Yo no fumo. Las palabras existen como el libro de los adioses. Can Serra. El metro se detiene. Se aleja. Veo un monstruo metálico cubierto de mierda.
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
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2 comentarios:
¡Qué realidad tan cierta y al mismo tiempo dolorosa que escribes! Es la que vivimos en cualquier ciudad grande. Un beso muy fuerte.
La palabras existen como balas en la canana: inútiles si no se usan, peligrosas cuando se emplean.
Saludos.
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