viernes, febrero 03, 2006

POEMAS DE JOAN KUNZ

A Joan Kunz le conocí en un taller de poesía organizado por Aula de Poesía de la Universidad de Barcelona. Finales de 2003 principios de 2004. De esa época recuerdo las tardes de lluvia, el viaje a París en tren -yo me sentía en el Expreso de Oriente- y las conversaciones con Joan cuando esperábamos el metro. Conversaciones salpicadas con textos leídos de uno y otro lado, con alusiones a poemas insospechados y a esa rara enfermedad que padecemos quienes nos diluimos en el mundo de las palabras -oficio inoficioso. Luego me dejaría leer sus versos profundos, cargados de un escepticismo delicioso y vital al mismo tiempo.

El taller acabó y de todo ello sólo quedó una comunicación esporádica con Joan (los saludos de finales de año, por ejemplo) y las invitaciones a sus lecturas de poemas - a las que por cierto no he asistido por uno u otro motivo.

Y luego le pedí que me permitiera publicar algunos de sus poemas en este blog. Joan aceptó y me envió un libro que me ha gustado muchisimo "Testigo de cargo" y una presentación elaborada por él mismo que reproduzo a continuación junto con algunos de sus poemas. Pero ¿quién es Joan Kunz? Leamos sus palabras:



Por Joan Kunz

Están ustedes asistiendo a un acto de venganza.

Sí, me explico: tengo la oficina cerca. Uno de los lugares donde suelo tomar café es aquí —se lo recomiendo, es realmente bueno—. Hará 8 años, entré, estaba leyendo este libro (“L’amic retrobat” — de Fred Uhlman), lo dejé sobre el mostrador, estaba a medias. Joan lo vio, cruzamos algunos comentarios —un libro espléndido— y haciendo el movimiento de servirme el café, me dijo: ¡Es una pena que al final lo fusilen! En ese momento ¿cómo decirlo? Ustedes pueden hacerse la idea de a quién vi yo frente al pelotón de fusilamiento, ¿no? Pues eso. El local estaba lleno, había demasiados testigos para improvisar una venganza, así que salí dispuesto a llenar mis noches urdiendo un plan. —De hecho, nos pasamos la vida haciendo planes, inventándonos, realizándonos, en definitiva, dándonos algún tipo de sustancia, de entidad, de sentido, para hacernos creíbles... para ser “algo”; para ser “alguien”—. Entré en El Corte Inglés, al pasar por la sección de Poesía tuve una idea. Llevaría mi venganza a su propia casa. Sería un libro, un libro del cual nadie pudiese explicar principio ni final, sin argumento, sin trama, con un solo personaje escondido tras una voz... donde cada página existiese en el puro instante de su lectura y después sólo quedase una sospecha, una intuición, un estremecimiento, una emoción... un libro que no admitiese la explicación ni el razonamiento. Así es la poesía.

Así que, me dejé caer el pelo, me afeité la barba, más tarde el bigote, adelgacé, me compré una pluma Montblanc —que por el precio pensé que los poemas saldrían solos—, una antología de poesía en la sección de Oportunidades, algunos paquetes de folios y empecé mi entrenamiento. Cuando ya tenía un buen número de poemas, cogí unos cuantos, los encuaderné y se los traje a Joan. Los leyó, y no sólo eso sino que, además, le gustaron. Para mí eso ya era suficiente venganza. Pero Joan, que se arriesga poniendo a la Literatura por delante del negocio, me ofreció vengarme con público... y aquí estoy, ¡vengándome!. Bien, bromas aparte. Me he permitido esta introducción porque creo que todos los que estamos aquí —ya sea como lectores, ya como autores, en muchos casos desde ambas facetas— sentimos la Literatura como un arte, y nos complace ese modo de comunicación por medio de la palabra que se establece en el ámbito de la ficción. Y aunque no fuese así, todos llevamos una vida a cuestas y asistimos como espectadores e interactuamos con otras vidas, que —no sé si estaremos de acuerdo— elevan la ficción a su rango más sublime, más envolvente, que es eso que llamamos realidad.

Así como el cuento y la novela —entre otros géneros— bucean en esa realidad para crear universos ficticios, con mayor o menor grado de credibilidad, por medio del concepto y del acto; la poesía —o la mayor parte de la poesía de todos los tiempos— y sobre todo la poesía contemporánea, bucea en esa ficción suprema que es la realidad para poner en evidencia lo que ocultan sus profundidades, usando para ello la emoción. En palabras de José Hierro, “la poesía da testimonio del ser del hombre”. Y puesto que cada poeta al hombre que tiene más cerca es a él mismo, el poeta da testimonio desde su vida, desde su mirada, desde su sensibilidad, etc... de la realidad que le ha tocado vivir. Decía Gil de Biedma que “...la poesía es lo que experimenta el lector frente a un poema y no lo que hace el poeta cuando escribe el poema...”. Estoy radicalmente de acuerdo. Y yo añadiría que sólo me siento poeta mientras estoy escribiendo un poema. Así pues, aquí tenemos a un tipo vengativo que va a leer poemas con la esperanza de transmitirles algún tipo de emoción y que al salir, o mañana o dentro de unos días, conserven la sensación —tal vez inefable— de que no han venido a perder el tiempo.


Mi poesía es una poesía del fracaso, del desarraigo. No en un sentido público, sino un fracaso existencial. Esa suerte de fraude que ya desde que vemos la primera luz nos hace berrear desconsoladamente. Creo que de la locura nos salva la ironía y de la muerte en vida –del hastío vital— nos salva el amor; no sólo ese amor que huele a sexo, sino otras formas más sutiles y menos perniciosas, como la amistad, la amabilidad, la ternura, el afecto, el cariño, etc... empezando por el amor y el respeto a uno mismo.


La poesía me abrió la puerta

a M.C.M

Un poema, mi bella aurora,
es el inesperado encuentro
entre el fugaz destello de una verdad oculta
y el tosco balbuceo del poeta
—asombro ante el misterio revelado—
recogiendo palabras al vuelo
dispuestas en un espacio y un tiempo
que nunca volverán a repetirse.

La poesía es como la belleza,
ephimera, radiante mariposa;
después sólo nos persigue el recuerdo,
la ardiente lucidez, la quemazón
de haberlo comprendido todo —o nada—
y ya no ser capaz de mirar atrás
—se impone entonces un silencio sordo;
será quizá en otro espacio y otro tiempo,
de nuevo la verdad de otro misterio—.

Hoy no buscaba nada, no esperaba
ni siquiera el rumor del primer verso.
Pero has aparecido tú, alma blanca,
con la tierra encendida en la luz de tus ojos,
las aristas del mundo deshaciéndose
en el arco carmín de tu sonrisa,
en tu piel la blancura de una paz imposible.

Tu voz ha hecho más dulce la derrota:
y por eso mi asombro al comprobar
que hoy la poesía me abrió la puerta.

Eslabón perdido
I
Desde mi presente hasta tu presente
el poema lo hacemos
entre tú y yo,
tu pasado y mi futuro.

Yo escribo en la lápida
del tiempo que tú resucitas.

II

El ser y el tiempo
son como agua y aceite.

Moneda y lanzamiento.
¿Cara o cruz? ¡Qué importa!

Lo que cuenta es la apuesta.

III

La obra de arte
es una burla
al correoso presente.

La caída del tiempo:
ese no-mundo eterno
perpetuo
inextinguible;
eslabón perdido
en la cadena de los instantes.

Espacio del espanto
donde se dan
tantas vidas como muertes,
que nos unen
a ti
y a mí.

IV

El círculo se cierra
tantas veces
como la voz
nacida del silencio
esculpe en la piedra del aire
las palabras.

Arqueología del alma.


Joan Kunz, Testigo de cargo, Barcelona, 2005.
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