lunes, febrero 20, 2006

SIN PERMISO PARA TRABAJAR

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él
!
(Del poema "Los dados eternos" de César Vallejo)

He estado toda la mañana buscando en internet información sobre la oficina de extranjería de esta ciudad. Necesito renovar mi permiso de residencia. Encuentro, efectivamente, las direcciones y el teléfono donde se puede hacer la gestión. Marco uno de los números que aparecen allí y después de mil intentos -el teléfono siempre suena ocupado- me contesta una mujer con una voz seca y cortante. Oficina de extranjeros ¿Qué quiere? Necesito saber cómo hago para renovar mi permiso... No me deja terminar puesto que me interrumpe abruptamente No es aquí, llame al teléfono 93...

Vuelvo a comenzar. Marco una y otra vez el número. Suena ocupado. Después de muchos intentos fallidos me contesta una robótica voz Ya-le-aten-de-re-mos-gra-cias-por-es-pe-rar. Suena una música horrible. Dos minutos, tres, cuatro Si, dígame. Necesito renovar mi tarjeta de residente... y le echo todo el rollo. Mire, su tarjeta no se puede renovar tal como la tiene porque no tiene usted trabajo, tiene que usted conseguirse un trabajo. Mire, señora llevo seis meses buscando trabajo, acabo de terminar mi tesis doctoral, y llevo 7 años en este país. Lo siento, me gustaría decirle otra cosa pero no la hay, si usted no tiene trabajo esa tarjeta no se renueva. ¿O sea que quedo como ilegal? Sí, así es. Me constesta con una seguridad aplastante. ¡No lo puedo creer! Acabo de terminar un doctorado, soy licenciada en filología y letras y quedo como ilegal. ¡Esto es una putada!.

La mujer se sorprende y se altera. Mire usted, le puede parecer como sea pero es la ley, no hay otra cosa le guste o no. ¿Qué puedo hacer entonces, señora? Le pregunté en un tono de voz casi quebrado por la rabia y por el llanto que sentía venir por la garganta. ¿Es usted casada? Si. ¿Y su marido tiene tarjeta de residencia y trabajo? Si. Es periodista y trabaja en La Vanguardia. "Periodista" repite la mujer como para sí misma. ¿Dice que tiene una hija que es española?. Si, le respondo firme poniendo rienda a mis sentidos a punto de derramarse en la pantalla del ordenador. Entonces puede usted renovar su permiso como residente pero No podrá usted trabajar. Ya, lo entiendo perfectamente, señora. Respondí en un tono amargo y áspero.

Mire, usted. Yo nací en este país, soy de aquí y lo he pasado muy mal para conseguir un trabajo. He tenido que hacer oficios inferiores a mi nivel de preparación, he estado dos años desempleada... a todos nos toca duro y usted no es menos que yo. Es más, usted tiene mucho más estudios que yo. Así que no se desespere. Siga usted buscando. Y mire, si tiene que vender frutas en la frutería de abajo pues lo hace, por algo hay que empezar. Luche, luche, no se deje vencer, mujer.

Y de repente mi rabia se desató en un torrente de llanto que no pude contener. La mujer me hablaba con voz cálida. Su tono acartonado había dado paso a cierto aire de ternura. Era una extraña que me hablaba al oído como si me conociera de mucho tiempo atrás. Sus palabras metálicas de informadora gubernamental habían desaparecido y al otro lado del teléfono había un ser humano. Alguien que desde esa fugacidad de un encuentro verbal fortuito y fugaz me contaba parte de su vida y me hablaba desde el corazón.

Yo permanecía callada porque el llanto no me dejaba hablar. Escuchaba a la mujer en silencio, intentando controlar mis emociones encontradas. Hacía un esfuerzo sobrehumano para que ella no se diera cuenta de que estaba llorando. Cuando terminó su discurso solidario me volvió a decir que no pasaba nada, que seguramente tendrá mi residencia y que siguiera buscando trabajo un año, dos, o el tiempo que fuera necesario.

Muy bien, señora, gracias por sus palabras. Pero no sufra, mujer. Que su situación es mucho mejor que la de miles de personas que se encuentran en este país. Ya verá cómo más temprano que tarde le saldrá un buen trabajo.
Martha Cecilia Cedeño Pérez
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